Hay demasiados caminos en esta isla. Me viene bien para el insomnio. Me gusta caminar por este sitio porque las enfermedades se disipan. Lo común desaparece y se generan constantemente nuevas posibilidades. Pero siempre hay imágenes que aunque ya no hieren sí duelen. En la vida los envites más poderosos se sufren todos a la vez y, de ese modo, se enmascaran con una fuerza que no es real pero sí lo parece. Es fácil caer en la tristeza y pensar que añoras a alguien. 

Es fácil añorar a alguien, pero da lo mismo. En este sitio el rumor del agua envuelve el pasado en un manto de lejanía. Los recuerdos quedan insertos en burbujas y mirar atrás no sirve de nada. Y mirar hacia adentro prueba que ya no mana sangre de los viejos cortes del alma. Duele, a veces, pero no hiere. Nunca. 

Hay casas en ruinas. Viejas cabañas que aguardan misterios que quizás nunca vaya a ser capaz de resolver. Piedras sobre piedras cuyo origen y conocimiento ignoro, pero están ahí. Como muchas sensaciones, como casi todos los sentimientos. En esta isla estoy completamente solo, es el último recorrido que se me presenta y tengo que hacerlo bien, completarlo, para comprenderme. Sé de antemano cuál será la conclusión, pero ignoro sus formas de presentarse. 

Sé que te habría querido para toda la vida y te quería pero tú no a mí, y por eso prefiero quererme a mí para siempre. 

Somos tierras ignotas el uno del otro cuando hubo un tiempo en el cual el Sol bañaba a la vez nuestras costas. Bien, ya no importa, porque en esta isla tengo la oportunidad de encontrarme. Y por hoy esta cueva es un buen sitio para pasar la noche.

Path

El tiempo se me va escapando. Es una de esas tardes. La promesa de horas de ociosidad, de dedicarme tiempo y relajarme, se convierten en una cita a solas con mis pensamientos. A solas del mundo. Todo queda al margen y me derramo. Se hace todo demasiado enorme, o demasiado pequeño, y no soy capaz de guardar una proporción saludable. Buscarme un pasatiempo, hacer ejercicio, nada. Me quedo apático, sin sentimientos, solo pensando. Y llego a extremos raros incluso para mí mismo.

Pongo música. Buena música para descansar y contemplo a mi perro. Duerme plácidamente, ajeno, y de vez en cuando sueña. Debería hacer eso. Tumbarme a su lado, en mi cama, mientras la música suena. Mientras yo sueño. Solo quiero ver, comprender. Deshacerme en otra sustancia más voluble pero más completa. Aprovechar el tiempo, saberle encontrar el valor. 

Encontrar mi camino. El talento que se supone que todos tenemos y que yo aún no he descubierto. 

Me meto en el berenjenal de preguntarme ¿quién soy? ¿Qué soy? ¿Qué sé hacer? ¿Qué puedo hacer? Y todas esas preguntas se pierden en ecos silenciosos que rebotan hasta lo más ignoto de mi propio cerebro. Estoy perdido. Estamos perdidos, yo y mis yos. Nosotros. Qué interesante. Pero… Creo que todo va enfocado hacia el amor. El amor a hacer algo, el amor entregado a alguien. Obtener un sentido, aunque sea lejano al sentido real de las cosas y la realidad.

Sentir la euforia de decir: estoy vivo y lo he demostrado.

Yo no elegí este lugar

Pero fue aquí donde cayó mi sangre. Aquí fue donde mi padre luchó contra sus demonios para demostrarle su amor a mi madre; aquí fue donde mi madre vio la luz de mi padre. Aquí comprendí que él, mi viejo, no se hizo una estrella para guardarme hasta que creciera sino que tuvo que pagar sus errores, lo de los demonios. Aquí aprendí que hay pactos que no se olvidan. Así comprendí la marcha de mi padre; así aprendí a valorar la lucha de mi madre. 

Aquí me mintieron por primera vez y aquí falté a la verdad en incontables ocasiones. Aquí vi y dije “te quiero” por primera vez, y aquí recuerdo que me dijeron “yo a ti ya no”. En esta tierra el corazón se me ha parado y ha vuelto a andar; aquí probé las lágrimas de los dos sabores más intensos y también he conocido las intermedias. Aquí me he emocionado, en la tierra que no elegí pero en la que me he hecho hombre. 
Y en este país he conocido la calle, la sensación de libertad, y sus rincones oscuros. Las maldades ajenas y las propias, mis luces y mis numerosas sombras. 

He visto el odio y he intentado profesar el amor. Y los nombres de mis amigos de la infancia descansan en las páginas del recuerdo de la primaria, y algunos aún quedan, y otros permanecen en las paredes del edificio que fue levantado ahí, también ahí, sin que le preguntasen a ni uno solo de los ladrillos si de verdad quería que ese fuese su emplazamiento. Hablo de la tierra misma, de la raíz, de la fuerza misma del pecho, del arado, del sudor.

De la risa que ha llenado estas calles, del miedo, del eco cuando he ido a la carrera. He sufrido el silencio de la angustia. He tenido el calor de los abrazos. He besado en recovecos de esta ciudad que ni siquiera sabía que existían. Tal vez no tenga sentido nada de lo que digo pero aquí es donde fue a parar la potencia de lo que puedo ser y, por fin, el acto de esa potencia se manifiesta. Nací en España, y en España me he hecho hombre.

En la cultura del trabajo, del esfuerzo, del carácter que impone el cierzo. Soy hermano de patria de genios como Cervantes, como María Zambrano o Miguel Servet. Y ojalá Goya pudiera pintar las emociones que trato de escribir aquí para que os resultara más fácil verlas. No espero que comprendáis lo que digo pero me gustaría que apartarais el odio irracional, la conveniencia, y valoraseis lo que el amor es y no lo despreciéis porque no es lo que queréis que sea.

Aquí aprendí a ir en bici, a jugar al fútbol en la plaza, a dar paseos y fortalecer mis piernas de niño cuando en casa la enfermedad de padre era más dura. Aquí he errado al gritar a mi madre y he aprendido del error de hacerlo; me he enfrentado a mis amigos y los he perdonado. Da igual lo que pase después porque todo esto es parte de mí y del lugar en el que he crecido. Un lugar en el que no nos ha faltado de nada, un lugar que nos ha dado oportunidades a partes iguales. 

Un lugar digno y noble que ha caído en malas manos… Que, seguramente, como yo, no ha elegido reposar en ese sitio en donde ahora se tambalea. 

Pero esas cosas no se eligen, ocurren, y es nuestro deber recuperar esa dignidad. Me entristezco cuando pensáis que España es solo fútbol y televisión porque es doloroso ver cómo los hijos hacen en sus padres la desexistencia. Pero, qué más da. Si cuando se quiere ver negro solo se ve negro, si cuando se quiere justificar el odio todo resulta ofensa. 

Aquí he conocido lo que significa amor, dolor, familia, lealtad. Y ha sido aquí como podría haber sido cualquier otro sitio del mundo, pero ha sido en España. Y me duele vuestro desprecio en lo más hondo, vuestra injusticia, porque parecemos el único país que no se respeta a sí mismo. Aquí he aprendido a ver, a conocer, a saber que se premia el esfuerzo y se castiga la pereza. Que la curiosidad por descubrir tiene posibilidad de ser saciada tantas veces como sea necesario. 

He aprendido… Sobre todo eso. Aquí he aprendido.

Puedo ser ciudadano del mundo igual que un árbol puede ser trasplantado. Y del mismo modo que el árbol siempre me sentiré mejor donde mis raíces hicieron suelo por primera vez, desde la misma semilla. 

Qué

¿Qué había en mis frutos que desde que los probaste ya no vienes a mis ramas, no me cantas, y solo estás de paso? – preguntó el cerezo al pájaro. El pájaro se volvió, acicaló sus plumas, y alzó el vuelo. El árbol permaneció ahí, quieto, viendo cómo el pájaro se alejaba.

Mírame

Mírame mirarte. De mis ojos es el destello fugaz que observas disiparse en ese rincón oscuro. Soy yo quien está detrás de la ventana, aguardando a que despiertes. Te espero con una sonrisa y con mis manos te invito a salir afuera. A salir conmigo de este lugar en el que decidiste asentarte. Te veo convertirte en algo que no eres. Estás pupando hacia una crisálida negra que no es lo que eres. Porque no eres ébano completo, ni petróleo, ni noche abismal de miedo. Eres más cosas.

Estás lejos de casa. Muy lejos de casa. Yo lo sé perfectamente pero estoy contigo. Hazme caso, escúchame escucharte. Oigo tus ruegos, tus plegarias, y bailo con alegría el sonido hondo de melancolía que irradia tu pecho. Fíjate en cómo te amo. Igual piensas que no nos conocemos de nada, que estoy loco, que es precipitado… Pero eso es porque has olvidado quién eres, has olvidado tu fuerza que hace fuertes a otros y no eres consciente de que sigues manteniendo esa virtud; has olvidado tu atención a los detalles y ahora los percibes pero no los disfrutas, los analizas.

Yo soy esa voz que te acompaña cuando empiezas a conciliar el sueño por fin. Soy yo quien te acaricia los párpados, quien besa tus pestañas, una a una, conjurándolas con magia pura de amor, de fe absoluta. 

Mírame espiarte a través del hueco de la puerta entreabierta. Esa corriente de calidez y frío soy yo. Reconócelo, soy yo quien te estremece. Sabes que velo por ti, que sueño contigo, que te mandaré callar cuando te equivoques y que te besaré los labios cuando tengas razón. Déjame volver ahí, a besarte la frente cuando tengas miedo, a devorar tu boca y tu cuerpo cuando no haya más lugar donde dejar correr el torrente de fuego que eres. Tienes frío porque quieres tenerlo, admítelo, ya que estoy aquí para cubrirte.

Sin ropa alguna. Voy desnudo. Y mi alma es lo que ves. Dame la mano, despierta de la pesadilla en la que te arrebujas, esa ropa de cama tejida en hilo de tragedia no es lo tuyo. Mírame adorarte. Eres lo que más quiero, lo único que deseo, mi fuerza vital. Mis ojos ambarinos destellan en tus lágrimas de felicidad y mi corazón cruje de madera vieja si te tambaleas. 

Ven y sal a jugar conmigo porque el sol brilla y por la noche no hará frío y si lo hay nos daremos calor. 

Escúchame decirte que te quiero. Comprende que te sigo a todas partes, que no te dejaré marchar. Que quiero que cruces la ventana, que te estoy llamando para salir. Comprende qué intento. Intento despertarte. Despérezate porque sigo encaramado al anhelo de lo que eres y de lo que tengo para ti.

Comprende que estamos vivos.

Comprende que estoy dentro de ti.

Comprende, por favor, que soy tú mismo dándote mi vida.

Enfermos

Raquel, Pablo, Marcos… Lo que nos pasa es que nos matamos de ilusión. El diagnóstico ha sido claro. Lo he recibido de manera intuitiva. Lo que nos ocurre es eso. Porque somos así. Porque algo en lo más profundo de la carne, de la sangre, sabe que el glaciar que rodea nuestras almas se fundiría al escuchar a alguien pronunciar nuestro nombre con delicadeza, con deseo, con deleite.

Que somos felices si ese alguien especial se adelanta a nuestros deseos y nos da los buenos días, si nos demuestran que se han acordado de nosotros con el músculo corazón, y con los pulsos del espíritu. Somos felices así, por un instante, si creemos que nos esperan con el mismo anhelo que esperamos.

Estamos enfermos de eso. Una enfermedad deliciosa pero de terrible dolor. Es lo que nos pasa. Que nos desvivimos por que alguien nos beba con sus ojos, que sus pupilas se ensanchen solo para nosotros, para atrapar todo lo que puedan. Para alimentarse. Yo al menos eso pienso. Eso quiero. Es la locura, quizás, las necesidades de un corazón herido y extraviado en los oceánicos parajes del sentimiento de soledad.

Raquel, Pablo, Marcos… Que en las caricias casi furtivas nos llenamos de valor y nos envalentonamos desde la mismísima esencia de lo que somos y nos lanzamos a tocar con toda la piel, a poder expresarnos con las terminaciones nerviosas y decir, con cada pliegue, con cada poro, que estamos cobrando vida con cada milímetro que se excita con el calor ajeno.

El calor de ese alguien que nunca sabemos si es el indicado, el propicio… Pero es lo que somos. Es el precio a pagar, el riesgo a correr, por entregarse a la poesía de las emociones. Porque sabemos perfectamente que la vida sin ilusión no es nada, y que una sonrisa que nos dediquen al vernos supondrá el sol de todo un cosmos, el color único que reúna todos los estados de la mente. Al mismo tiempo. 

Una sonrisa desprevenida, sincera, que se ratifica en la mirada. Que no trae luz porque es luz en sí misma. Como las que damos, las que podemos regalar. Y tenemos, yo por lo menos, tanto frío que nuestra labor primordial es llenar de calor a los demás y, cómo no, sobre todo, a esa persona que no está de más porque sentimos, por repentino que sea, que sin ella volveremos a estar de menos. 

Ya sabemos que no es fácil. Pero nos hemos hecho fuertes a golpe de muro, a cansancio de levantarnos, de seguir firmes, a pecho descubierto con el corazón moviendo su silueta por encima de la carne. Alentando un fuego que adolece por la escarcha y, sin embargo, aún calienta. 

No puedo decir mucho más. He conciliado el sueño con estos pensamientos. Caminando al límite de la ilusión, de la esperanza, tal vez en una dinámica suicida pero, a fin de cuentas, así es como somos. Como soy y como os siento, como os creo.

Y a base de abrazos de soledad comprendemos con más certeza la necesidad del calor humano, del deseo recíproco, del amor correspondido.

Nos hemos hecho hermanos del dolor y eso es algo que se aprecia en el rostro, en el gesto, en la sinceridad de la sonrisa. El dolor… La espera, el deseo que empuja con cuchillas para agolparse en el estómago y hacerse un nudo. 

El precio que debemos pagar por no tener miedo.

Voy solo al cine

Diseñada en geometría perfecta,

delineada en esquema

de pensamiento infalible.

Abismo tu juventud donde me precipito,

te alejas siendo horizonte

en mi carrera.

Eres letanía en mi ruego,

fantasía en mi vigilia,

Edén en mi sueño.

Tiempo eterno de espera,

eso eres, 

todo lo que quiero y

nunca tenga.

Falling

De cuando llega el momento en el que te cansas de seguir en pie, firme, fuerte, y avanzando; de cuando sientes odio irrefrenable esparcirse por tus venas con la densa lentitud del aceite de motor. Cuando la mirada se torna oscura, perdida. De rabia pura.

Libres.

Déjalos que hagan daño con sus decisiones, que se equivoquen, y déjalos sufrir, porque solo así se harán fuertes y obtendrán la sabiduría necesaria para valorar el consuelo, la lealtad y el amor, en la intensidad y medida que estos dones merecen. Simplemente no te inmiscuyas porque su vida es de ellos y a ellos les pertenece lo que hagan con ella. Toman sus propias decisiones y tienen que aprender a masticar las consecuencias. 

Khue

Aparecí en un claro de la dehesa en la que se encontraba su casa. Una pequeña cabaña de piedra. No podía decirme mucho más. Tan solo que estaba ahí, enrojecido por un baño de sangre, muy pequeño, envuelto en telas de paño blanco y sirviéndome de cuna un enorme espadón adornado con runas en la hoja.

 Se sorprendió de ver que un niño tan pequeño pudiese estar vinculado a un arma tan grande. Se inquietó, me dijo, al verme bañado en sangre y preguntó cómo habría llegado hasta ahí. Me contó que más que sorprenderse de encontrarme ahí se sorprendió de encontrarme sin más, porque ya me había visto en sueños.

 Me confesó que había escuchado una voz que le hablaba. Percibí su miedo, en cierto sentido, a lo que yo pudiera pensar de ella. Vivía sola por una razón, alejada de la ciudad, subsistiendo por sí misma. No había tenido suerte en las relaciones con las personas y decidió dedicarse a la reflexión y la meditación.

 Vivió en soledad. Durante ciclos completos de luna y sol. El tiempo pasó por ella pero sin rozarla, no envejecía. La tierra mutaba a su alrededor pero ella era la roca de la montaña, el agua del cauce del río, la savia en los árboles.

 Cambiando constantemente pero sin envejecer de forma aparente.

 Me dijo que debía esperarme. Y se sobresaltó cuando me tuvo; y se sintió aliviada.

 No tenía leche en el pecho, pero la tierra pareció decidida a ayudarla. No tuve problemas. No enfermé, no crecí débil. Todo lo contrario.

 Sentía cómo evolucionaba. Cómo mi cuerpo se fortalecía y cómo mi espíritu se desarrollaba. Las enseñanzas de la mujer a la que acabé llamando madre me llevaron al camino de lo correcto, a apreciar las pequeñas cosas. A no ser ambicioso ni caer en la codicia que corrompió a hombres mucho más sabios que yo en tiempos inmemoriales.

 Y obedecí porque hallé coherencia y conocimiento en sus palabras. Hallé ternura. Me habló de lo que escuchaba en el viento, de lo que le decía el agua, el suelo, y me leía los versos escritos en las estrellas.

 Aprendí mucho. Aprendí a ver y a escuchar. A ser humilde a base del trabajo duro. Y me contó que antes de los hombres, durante los mismos y aun mucho después de que éstos perezcan habría existencias que perdurarían.

 Durante horas me contó historias, mitos, leyendas, y hechos de los dioses y espíritus de nuestro mundo. Historias de dioses dignos y elevados que sufrieron la caída por las intrigas de otros dioses más codiciosos o con un concepto mayor de sí mismos.

 Así dioses que fueron origen se convirtieron en recuerdo. En espíritus errantes que buscan un restablecimiento del orden, que buscan justicia.

 Y entonces me miró fijamente y dijo “y ellos tienen aún la potestad de elegir a sus instrumentos y honrarlos con justicia cuando el cometido se cumpla”.

 Se levantó de la mesa y caminó hacia la puerta. Con un gesto de su cabeza me invitó a seguirla y lo hice. Me condujo a un claro rodeado de cinco árboles. Cada uno era distinto. Estaba a unos metros detrás de la casa y había un pequeño altar en el centro.

 Se dirigió hasta él y se detuvo a un paso. Me dijo que empujase la losa superior del altar y extrajera lo que era mío pero que al mismo tiempo jamás podría serlo. Yo era joven y fuerte pero esa losa me planteó dificultades. Estaba cansado cuando pude desplazarla lo suficiente.

 Encontré paño blanco, algo amarilleado por el tiempo, y una empuñadura saliendo de la envoltura de tela. – Tal como yo te encontré a ti tú encuentras esta espada; tal como yo te cuidé habrás de cuidarla y no separarte jamás. Vinculados estáis por decisión de un ser superior a ti, hijo mío, y tu vida y la suya serán una algún día si he sabido transmitirte conocimiento y sabiduría”.

 Aparté el paño y observé la vaina modesta de cuero endurecido. Desenfundé. Era un espadón precioso. Su hoja emitía un brillo modesto, profundo, y la luz lo hacía tremolar igual que el caudal del río estimula los reflejos del sol.

 Las runas de la hoja me maravillaron. Las recorrí con los dedos, las estudié, y me resultaron familiares. Por un momento pude leerlas, comprenderlas, pero solo fue un instante. Un espejismo, un destello.

 Pasé horas probando su equilibrio, observando la maravilla de su forma, de su movimiento. Era grácil y delicada pese a su robustez. Parecía… Parecía tener vida, voluntad propia, y sentía su ímpetu en mi sangre.

 “Está viva, hijo. El ser que depositó el alma en ella fue quien te trajo a mí. Es un ser antiguo, un ser traicionado por otros seres de bajo honor. El tiempo no conoce el límite de su existencia ni de su forma. Es eterno, es justo, y es práctico; su nombre es ritual y su uso indiscriminado es terror y destrucción. Es sangre desperdiciada. Cuídala como yo te he cuidado y crece con ella. Entrénate a diario, practica, y márchate en el preciso instante en el que sientas que debes hacerlo. No temas, pues estaré en ti como tú has sido parte de mí; como seremos parte de esa bella hoja”.

 Hice lo que mi madre me dijo. Practiqué, crecí con el espadón y sentí que mi vínculo hacia él se hacía más fuerte. Mi madre me contó lo que el ser le dijo sobre mí, cómo me había encontrado, dónde, y qué hizo para salvarme.

 No sentí ansias de venganza cuando me relató la masacre que sufrió mi pueblo pues yo era demasiado pequeño; no sentí ansia de sangre cuando mi madre me dijo que es el antiguo dios de la guerra quien habita mi espadón. Solo sentí lástima, pena, por todas las almas y la sangre derramada inútilmente por batallas y guerras que no aspiraban a destino mayor sino a simplemente poseer más.

 Mi madre derramó una lágrima cuando dije aquello, puso una mano en mi rostro y dijo: “eres sabio, hijo mío. Estás preparado para marchar. Ponle un nombre a tu espada”.

 Y la llamé Ceniza porque todos los hombres seremos devorados por el fuego del tiempo y solo los dioses permanecerán sobre nosotros y más allá y solo las almas dignas podrán contemplar sin quemarse dicho fuego pues los dioses las habrán tenido en consideración para compartir su lugar con ellas.

 Mi madre sonrió y yo lloré con ella. La hoja se iluminó y pude leer las tres runas: Erenia Gi Ethet

-  ¿Qué significa, madre? – pregunté.

- No lo sé, hijo. Es algo que tendréis que descubrir.   

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