El último centímetro.

El otro día estaba rodeado de gente y quise salir corriendo. Deseé poder volar, largarme. En lo más literal del término, en lo más simple. Tan solo salir, correr, saltar y dejarme caer durante metros, y metros, y más metros para, en el último centímetro antes del impacto, corregir el rumbo, remontar la caída y alzar el vuelo. Quise hacerlo. Volar noche a través hasta encontrar dónde el Sol estaba construyendo su morada y quedarme a vivir ahí, unas horas más, viéndolo trabajar sobre el mundo estremeciéndose trémulo bajo su mano eterna de calor. De vida.

También he querido hacerlo hoy. También he querido irme volando, solo, completamente solo y a mi marcha. Puede que de manera egoísta, lo que está claro que la clave era sobrevivir. Alejarme. Alejarme del frío también yendo en busca del Sol.

Pero he tenido suerte. De la nada me he visto inundado por su luz. Tan súbitamente, mucho más rápido que un parpadeo, que he sentido que me faltaba el aire. El Sol ha bañado todo mi cuerpo y ha prendido mi alma. Algo dentro de mí gritaba sonrisas de paz y alegría, de puro júbilo. 

Ahora recuerdo esa sensación. Y soy capaz de ver que en ese instante me he sentido feliz. 

Por eso mismo, pase lo que pase, siempre habrá algo que me saque de la melancolía, de la nostalgia y la tristeza. Algo real como la luz blanca y antigua del Sol. Que me haga sentir vivo. Que, por un momento, me inyecte calor en las venas del alma y solo me dé tiempo a pensar, con el corazón atrapado en el suspenso de un latido, “eh, esto está siendo increíble”.

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