Lo que escribo son fantasías, deseos, anhelos. Casi siempre se trata de eso. Al escribirlos se convierten en un fuego vital que lo abarca todo, que ilumina e irradia calor, y cuando dejo constancia del último punto su poder se atenúa, aguardando a que lo lea. Una vez lo termino de leer se convierte en ceniza, el calor se disipa en el ambiente, y todo lo escrito se transforma en ecos de silencio.
Del fuego vital queda una brasa incandescente. La envuelvo con mi mano y la aprieto fuerte contra la palma.
Dejo que se grabe en mí. Conservo el poco calor que le queda.
Y entono el sonido distante y perdido de lo escrito y lo deseado. Que se acaba perdiendo en el silencio.