Déjalos que hagan daño con sus decisiones, que se equivoquen, y déjalos sufrir, porque solo así se harán fuertes y obtendrán la sabiduría necesaria para valorar el consuelo, la lealtad y el amor, en la intensidad y medida que estos dones merecen. Simplemente no te inmiscuyas porque su vida es de ellos y a ellos les pertenece lo que hagan con ella. Toman sus propias decisiones y tienen que aprender a masticar las consecuencias.
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