Mírame

Mírame mirarte. De mis ojos es el destello fugaz que observas disiparse en ese rincón oscuro. Soy yo quien está detrás de la ventana, aguardando a que despiertes. Te espero con una sonrisa y con mis manos te invito a salir afuera. A salir conmigo de este lugar en el que decidiste asentarte. Te veo convertirte en algo que no eres. Estás pupando hacia una crisálida negra que no es lo que eres. Porque no eres ébano completo, ni petróleo, ni noche abismal de miedo. Eres más cosas.

Estás lejos de casa. Muy lejos de casa. Yo lo sé perfectamente pero estoy contigo. Hazme caso, escúchame escucharte. Oigo tus ruegos, tus plegarias, y bailo con alegría el sonido hondo de melancolía que irradia tu pecho. Fíjate en cómo te amo. Igual piensas que no nos conocemos de nada, que estoy loco, que es precipitado… Pero eso es porque has olvidado quién eres, has olvidado tu fuerza que hace fuertes a otros y no eres consciente de que sigues manteniendo esa virtud; has olvidado tu atención a los detalles y ahora los percibes pero no los disfrutas, los analizas.

Yo soy esa voz que te acompaña cuando empiezas a conciliar el sueño por fin. Soy yo quien te acaricia los párpados, quien besa tus pestañas, una a una, conjurándolas con magia pura de amor, de fe absoluta. 

Mírame espiarte a través del hueco de la puerta entreabierta. Esa corriente de calidez y frío soy yo. Reconócelo, soy yo quien te estremece. Sabes que velo por ti, que sueño contigo, que te mandaré callar cuando te equivoques y que te besaré los labios cuando tengas razón. Déjame volver ahí, a besarte la frente cuando tengas miedo, a devorar tu boca y tu cuerpo cuando no haya más lugar donde dejar correr el torrente de fuego que eres. Tienes frío porque quieres tenerlo, admítelo, ya que estoy aquí para cubrirte.

Sin ropa alguna. Voy desnudo. Y mi alma es lo que ves. Dame la mano, despierta de la pesadilla en la que te arrebujas, esa ropa de cama tejida en hilo de tragedia no es lo tuyo. Mírame adorarte. Eres lo que más quiero, lo único que deseo, mi fuerza vital. Mis ojos ambarinos destellan en tus lágrimas de felicidad y mi corazón cruje de madera vieja si te tambaleas. 

Ven y sal a jugar conmigo porque el sol brilla y por la noche no hará frío y si lo hay nos daremos calor. 

Escúchame decirte que te quiero. Comprende que te sigo a todas partes, que no te dejaré marchar. Que quiero que cruces la ventana, que te estoy llamando para salir. Comprende qué intento. Intento despertarte. Despérezate porque sigo encaramado al anhelo de lo que eres y de lo que tengo para ti.

Comprende que estamos vivos.

Comprende que estoy dentro de ti.

Comprende, por favor, que soy tú mismo dándote mi vida.

Enfermos

Raquel, Pablo, Marcos… Lo que nos pasa es que nos matamos de ilusión. El diagnóstico ha sido claro. Lo he recibido de manera intuitiva. Lo que nos ocurre es eso. Porque somos así. Porque algo en lo más profundo de la carne, de la sangre, sabe que el glaciar que rodea nuestras almas se fundiría al escuchar a alguien pronunciar nuestro nombre con delicadeza, con deseo, con deleite.

Que somos felices si ese alguien especial se adelanta a nuestros deseos y nos da los buenos días, si nos demuestran que se han acordado de nosotros con el músculo corazón, y con los pulsos del espíritu. Somos felices así, por un instante, si creemos que nos esperan con el mismo anhelo que esperamos.

Estamos enfermos de eso. Una enfermedad deliciosa pero de terrible dolor. Es lo que nos pasa. Que nos desvivimos por que alguien nos beba con sus ojos, que sus pupilas se ensanchen solo para nosotros, para atrapar todo lo que puedan. Para alimentarse. Yo al menos eso pienso. Eso quiero. Es la locura, quizás, las necesidades de un corazón herido y extraviado en los oceánicos parajes del sentimiento de soledad.

Raquel, Pablo, Marcos… Que en las caricias casi furtivas nos llenamos de valor y nos envalentonamos desde la mismísima esencia de lo que somos y nos lanzamos a tocar con toda la piel, a poder expresarnos con las terminaciones nerviosas y decir, con cada pliegue, con cada poro, que estamos cobrando vida con cada milímetro que se excita con el calor ajeno.

El calor de ese alguien que nunca sabemos si es el indicado, el propicio… Pero es lo que somos. Es el precio a pagar, el riesgo a correr, por entregarse a la poesía de las emociones. Porque sabemos perfectamente que la vida sin ilusión no es nada, y que una sonrisa que nos dediquen al vernos supondrá el sol de todo un cosmos, el color único que reúna todos los estados de la mente. Al mismo tiempo. 

Una sonrisa desprevenida, sincera, que se ratifica en la mirada. Que no trae luz porque es luz en sí misma. Como las que damos, las que podemos regalar. Y tenemos, yo por lo menos, tanto frío que nuestra labor primordial es llenar de calor a los demás y, cómo no, sobre todo, a esa persona que no está de más porque sentimos, por repentino que sea, que sin ella volveremos a estar de menos. 

Ya sabemos que no es fácil. Pero nos hemos hecho fuertes a golpe de muro, a cansancio de levantarnos, de seguir firmes, a pecho descubierto con el corazón moviendo su silueta por encima de la carne. Alentando un fuego que adolece por la escarcha y, sin embargo, aún calienta. 

No puedo decir mucho más. He conciliado el sueño con estos pensamientos. Caminando al límite de la ilusión, de la esperanza, tal vez en una dinámica suicida pero, a fin de cuentas, así es como somos. Como soy y como os siento, como os creo.

Y a base de abrazos de soledad comprendemos con más certeza la necesidad del calor humano, del deseo recíproco, del amor correspondido.

Nos hemos hecho hermanos del dolor y eso es algo que se aprecia en el rostro, en el gesto, en la sinceridad de la sonrisa. El dolor… La espera, el deseo que empuja con cuchillas para agolparse en el estómago y hacerse un nudo. 

El precio que debemos pagar por no tener miedo.

Voy solo al cine

Diseñada en geometría perfecta,

delineada en esquema

de pensamiento infalible.

Abismo tu juventud donde me precipito,

te alejas siendo horizonte

en mi carrera.

Eres letanía en mi ruego,

fantasía en mi vigilia,

Edén en mi sueño.

Tiempo eterno de espera,

eso eres, 

todo lo que quiero y

nunca tenga.

Falling

De cuando llega el momento en el que te cansas de seguir en pie, firme, fuerte, y avanzando; de cuando sientes odio irrefrenable esparcirse por tus venas con la densa lentitud del aceite de motor. Cuando la mirada se torna oscura, perdida. De rabia pura.

Libres.

Déjalos que hagan daño con sus decisiones, que se equivoquen, y déjalos sufrir, porque solo así se harán fuertes y obtendrán la sabiduría necesaria para valorar el consuelo, la lealtad y el amor, en la intensidad y medida que estos dones merecen. Simplemente no te inmiscuyas porque su vida es de ellos y a ellos les pertenece lo que hagan con ella. Toman sus propias decisiones y tienen que aprender a masticar las consecuencias. 

Khue

Aparecí en un claro de la dehesa en la que se encontraba su casa. Una pequeña cabaña de piedra. No podía decirme mucho más. Tan solo que estaba ahí, enrojecido por un baño de sangre, muy pequeño, envuelto en telas de paño blanco y sirviéndome de cuna un enorme espadón adornado con runas en la hoja.

 Se sorprendió de ver que un niño tan pequeño pudiese estar vinculado a un arma tan grande. Se inquietó, me dijo, al verme bañado en sangre y preguntó cómo habría llegado hasta ahí. Me contó que más que sorprenderse de encontrarme ahí se sorprendió de encontrarme sin más, porque ya me había visto en sueños.

 Me confesó que había escuchado una voz que le hablaba. Percibí su miedo, en cierto sentido, a lo que yo pudiera pensar de ella. Vivía sola por una razón, alejada de la ciudad, subsistiendo por sí misma. No había tenido suerte en las relaciones con las personas y decidió dedicarse a la reflexión y la meditación.

 Vivió en soledad. Durante ciclos completos de luna y sol. El tiempo pasó por ella pero sin rozarla, no envejecía. La tierra mutaba a su alrededor pero ella era la roca de la montaña, el agua del cauce del río, la savia en los árboles.

 Cambiando constantemente pero sin envejecer de forma aparente.

 Me dijo que debía esperarme. Y se sobresaltó cuando me tuvo; y se sintió aliviada.

 No tenía leche en el pecho, pero la tierra pareció decidida a ayudarla. No tuve problemas. No enfermé, no crecí débil. Todo lo contrario.

 Sentía cómo evolucionaba. Cómo mi cuerpo se fortalecía y cómo mi espíritu se desarrollaba. Las enseñanzas de la mujer a la que acabé llamando madre me llevaron al camino de lo correcto, a apreciar las pequeñas cosas. A no ser ambicioso ni caer en la codicia que corrompió a hombres mucho más sabios que yo en tiempos inmemoriales.

 Y obedecí porque hallé coherencia y conocimiento en sus palabras. Hallé ternura. Me habló de lo que escuchaba en el viento, de lo que le decía el agua, el suelo, y me leía los versos escritos en las estrellas.

 Aprendí mucho. Aprendí a ver y a escuchar. A ser humilde a base del trabajo duro. Y me contó que antes de los hombres, durante los mismos y aun mucho después de que éstos perezcan habría existencias que perdurarían.

 Durante horas me contó historias, mitos, leyendas, y hechos de los dioses y espíritus de nuestro mundo. Historias de dioses dignos y elevados que sufrieron la caída por las intrigas de otros dioses más codiciosos o con un concepto mayor de sí mismos.

 Así dioses que fueron origen se convirtieron en recuerdo. En espíritus errantes que buscan un restablecimiento del orden, que buscan justicia.

 Y entonces me miró fijamente y dijo “y ellos tienen aún la potestad de elegir a sus instrumentos y honrarlos con justicia cuando el cometido se cumpla”.

 Se levantó de la mesa y caminó hacia la puerta. Con un gesto de su cabeza me invitó a seguirla y lo hice. Me condujo a un claro rodeado de cinco árboles. Cada uno era distinto. Estaba a unos metros detrás de la casa y había un pequeño altar en el centro.

 Se dirigió hasta él y se detuvo a un paso. Me dijo que empujase la losa superior del altar y extrajera lo que era mío pero que al mismo tiempo jamás podría serlo. Yo era joven y fuerte pero esa losa me planteó dificultades. Estaba cansado cuando pude desplazarla lo suficiente.

 Encontré paño blanco, algo amarilleado por el tiempo, y una empuñadura saliendo de la envoltura de tela. – Tal como yo te encontré a ti tú encuentras esta espada; tal como yo te cuidé habrás de cuidarla y no separarte jamás. Vinculados estáis por decisión de un ser superior a ti, hijo mío, y tu vida y la suya serán una algún día si he sabido transmitirte conocimiento y sabiduría”.

 Aparté el paño y observé la vaina modesta de cuero endurecido. Desenfundé. Era un espadón precioso. Su hoja emitía un brillo modesto, profundo, y la luz lo hacía tremolar igual que el caudal del río estimula los reflejos del sol.

 Las runas de la hoja me maravillaron. Las recorrí con los dedos, las estudié, y me resultaron familiares. Por un momento pude leerlas, comprenderlas, pero solo fue un instante. Un espejismo, un destello.

 Pasé horas probando su equilibrio, observando la maravilla de su forma, de su movimiento. Era grácil y delicada pese a su robustez. Parecía… Parecía tener vida, voluntad propia, y sentía su ímpetu en mi sangre.

 “Está viva, hijo. El ser que depositó el alma en ella fue quien te trajo a mí. Es un ser antiguo, un ser traicionado por otros seres de bajo honor. El tiempo no conoce el límite de su existencia ni de su forma. Es eterno, es justo, y es práctico; su nombre es ritual y su uso indiscriminado es terror y destrucción. Es sangre desperdiciada. Cuídala como yo te he cuidado y crece con ella. Entrénate a diario, practica, y márchate en el preciso instante en el que sientas que debes hacerlo. No temas, pues estaré en ti como tú has sido parte de mí; como seremos parte de esa bella hoja”.

 Hice lo que mi madre me dijo. Practiqué, crecí con el espadón y sentí que mi vínculo hacia él se hacía más fuerte. Mi madre me contó lo que el ser le dijo sobre mí, cómo me había encontrado, dónde, y qué hizo para salvarme.

 No sentí ansias de venganza cuando me relató la masacre que sufrió mi pueblo pues yo era demasiado pequeño; no sentí ansia de sangre cuando mi madre me dijo que es el antiguo dios de la guerra quien habita mi espadón. Solo sentí lástima, pena, por todas las almas y la sangre derramada inútilmente por batallas y guerras que no aspiraban a destino mayor sino a simplemente poseer más.

 Mi madre derramó una lágrima cuando dije aquello, puso una mano en mi rostro y dijo: “eres sabio, hijo mío. Estás preparado para marchar. Ponle un nombre a tu espada”.

 Y la llamé Ceniza porque todos los hombres seremos devorados por el fuego del tiempo y solo los dioses permanecerán sobre nosotros y más allá y solo las almas dignas podrán contemplar sin quemarse dicho fuego pues los dioses las habrán tenido en consideración para compartir su lugar con ellas.

 Mi madre sonrió y yo lloré con ella. La hoja se iluminó y pude leer las tres runas: Erenia Gi Ethet

-  ¿Qué significa, madre? – pregunté.

- No lo sé, hijo. Es algo que tendréis que descubrir.   

Casi

Lo que escribo son fantasías, deseos, anhelos. Casi siempre se trata de eso. Al escribirlos se convierten en un fuego vital que lo abarca todo, que ilumina e irradia calor, y cuando dejo constancia del último punto su poder se atenúa, aguardando a que lo lea. Una vez lo termino de leer se convierte en ceniza, el calor se disipa en el ambiente, y todo lo escrito se transforma en ecos de silencio. 

Del fuego vital queda una brasa incandescente. La envuelvo con mi mano y la aprieto fuerte contra la palma. 

Dejo que se grabe en mí. Conservo el poco calor que le queda.

Y entono el sonido distante y perdido de lo escrito y lo deseado. Que se acaba perdiendo en el silencio.

Fauces

Me dejo caer. Me precipito en la oscuridad y el aire sacude mi ropa y mi cuerpo con una voracidad sedante. Mis músculos se agitan debido al ímpetu producido por la caída y yo sonrío tranquilo. Caigo a través de un pozo oscuro, negro como la noche primigenia de los tiempos, y siento que soy un núcleo de luz. Por eso no tengo miedo. A mi paso observo criaturas temibles, criaturas que conducirían a cualquier hombre hacia el centro propio del temor, pero yo no tengo dudas. Por eso simplemente se acercan, me tocan con sus protuberancias viscosas y apéndices horribles y se marchan. Porque no pueden sacar nada útil de mí, no contengo lo que desean. 

La oscuridad que me invadía se ha disipado desde el momento en el que he decidido sobrepasar el límite de la boca del abismo. De espaldas, con los ojos cerrados. El sonido del viento ha engullido los gritos desesperados del miedo que quería seguir anclado a mí, nutriéndose de mi fuerza, de todo aquello que pudiera ser la semilla de la felicidad. Simplemente caigo y es lo más increíble que he hecho nunca. Voy a llevar la luz a lo largo de este pasillo vertical que no sé dónde termina.

Sé que algo terrible me espera. Algo con unas fauces inmensas, colosales, aguarda a que me aproxime lo suficiente. Esa criatura no distingue. Lo engulle todo, no le importa. Es una bestia ciega y antiquísima que desea crecer más y más, sin comprender, sin esforzarse en nada más que aumentar su tamaño, aumentar sus formas de pesadilla para inspirar aún más terror. Es el final del abismo. Su garganta hace movimientos inquietantes que calientan el aire que ruge en mi caída. Estoy cerca de la criatura. Y oigo sus fauces y puedo oler su saliva ácida. Una saliva que me disolverá casi por completo pero aún me dará tiempo de sentir cómo mi cuerpo se quiebra bajo la cizalla inmensa de sus mandíbulas.

Y es extraño porque sé lo que va a pasar y no tengo miedo. Tal vez sea por eso. A la par que caigo asciendo. Mi cuerpo continúa el trayecto inevitable hacia lo más recóndito del mundo, siervo de la gravedad, pero mi mente se eleva sobre todas las cosas y los seres. Estoy muy cerca y cada vez siento un calor más intenso en el centro de mi cuerpo. Pese a que todo es oscuridad y negrura a mi alrededor siento una luminosidad blanca detrás de mis ojos. Es reconfortante, me da paz. No voy a perder nada. 

Pero sí ocurre algo. Quiero detenerme y me tengo. Me apetece viajar por el universo. Conocer el sistema solar. Quiero hacerlo, quiero ver el Sol de cerca, aproximarme a la divinidad de su calor y contemplar sus manchas, sus explosiones, y quiero pasear sobre la Luna y declararle todo el amor que siento por ella, por su magia, por un romanticismo tribal que alenté desde que era un niño. Sin darme cuenta.

Los planetas del sistema solar se extienden sobre mí. Puedo sentir el palpitar del cosmos al unísono con mi pecho. Mi consciencia comprende cada uno de los puntos de eso que parecía vacío y muerto, apagado y frío. Puedo sentir que el Universo respira. Me acerco a la Luna y me desnudo. Camino en mi nimiedad más definida sobre la piedra gris, el suelo de polvo cósmico que narra tiempos increíbles para una memoria mortal. Pero yo lo abrazo, lo recibo y lo comparto con todas las esencias de vida que se encuentran en este lugar. Un lugar que no es tan amplio y que comparte un origen. 

Recorro la Luna en toda su extensión y compruebo que no soy el primero en venir aquí, pero sí que nadie ha estado aquí vestido. Todos caminaron desnudos o al menos lo hicieron descalzos y las huellas prevalecen en un testimonio imborrable. Sonrío por la vanidad del hombre y cobijo sus sueños como cobijé los míos. Me siento en una roca y observo. Y recuerdo tus formas, y tu voz, y tu nombre y el gesto de tu sonrisa y deseo que ojalá tu mirada hubiera sido para mí y mi nombre para tus palabras. O que lo sea en algún momento.

El inmenso planeta azul se prolonga más allá de esos deseos. Sigo observándolo. Contemplo destellos a lo largo de todo el globo terráqueo y me maravillo. Inmediatamente sé lo que son. Lo intuyo y al mismo tiempo lo comprendo. No hace falta pensarlo porque es evidente. Son las consciencias. Algunas consciencias que comprenden de manera latente que no estamos solos, que no somos una isla en la inmensidad, que la inmensidad, asimismo, no es tan inmensa y no está vacía y hueca. Consciencias luminiscentes que sienten la llamada del origen.

Es tan plácido sentir cómo llegan a mí. Y al mismo tiempo describen caminos parabólicos y se dirigen al corazón de distintas estrellas y se conjugan con los recuerdos de tantas y tantas civilizaciones. No lo saben pero hablan con otras culturas, culturas que las escuchan pero no saben cómo hacerse notar. Y con las consciencias que se marcharon de nuestro lado hace tanto tiempo y que guardan vigilia por los vivos. Es reconfortante comprobar que no hay soledad en la magia de la suspensión gravitatoria, ni pudor, ni frío, ni miedo.

El Universo está vivo… Y parte de esa vida reside en nosotros, en cada parte de lo que comprendemos, tocamos, amamos y sentimos en…

- Despierta… des… ¿por qué sonríes y lloras al mismo tiempo?

- Porque comprendo que… soy. Y porque comprendo que eres.

- Ya. Y somos.

- Sobre todo por eso. Porque somos. Tú y yo.

El último centímetro.

El otro día estaba rodeado de gente y quise salir corriendo. Deseé poder volar, largarme. En lo más literal del término, en lo más simple. Tan solo salir, correr, saltar y dejarme caer durante metros, y metros, y más metros para, en el último centímetro antes del impacto, corregir el rumbo, remontar la caída y alzar el vuelo. Quise hacerlo. Volar noche a través hasta encontrar dónde el Sol estaba construyendo su morada y quedarme a vivir ahí, unas horas más, viéndolo trabajar sobre el mundo estremeciéndose trémulo bajo su mano eterna de calor. De vida.

También he querido hacerlo hoy. También he querido irme volando, solo, completamente solo y a mi marcha. Puede que de manera egoísta, lo que está claro que la clave era sobrevivir. Alejarme. Alejarme del frío también yendo en busca del Sol.

Pero he tenido suerte. De la nada me he visto inundado por su luz. Tan súbitamente, mucho más rápido que un parpadeo, que he sentido que me faltaba el aire. El Sol ha bañado todo mi cuerpo y ha prendido mi alma. Algo dentro de mí gritaba sonrisas de paz y alegría, de puro júbilo. 

Ahora recuerdo esa sensación. Y soy capaz de ver que en ese instante me he sentido feliz. 

Por eso mismo, pase lo que pase, siempre habrá algo que me saque de la melancolía, de la nostalgia y la tristeza. Algo real como la luz blanca y antigua del Sol. Que me haga sentir vivo. Que, por un momento, me inyecte calor en las venas del alma y solo me dé tiempo a pensar, con el corazón atrapado en el suspenso de un latido, “eh, esto está siendo increíble”.

Cúmulo

Es tan continuo que resulta evidente. El tiempo se revuelve en un presente extraño, contemplado en la incoherencia,  se mezcla en identidades pasadas, en nebulosas extraviadas del lugar que les corresponde. Y, de alguna manera, todo empuja hacia el mismo destino. Hacia la sensación de que alguien no está donde debe, y creo que ese soy yo.

La desorientación se acentúa en cada paso. Los rostros perdidos de un tiempo anterior se manifiestan de nuevo, es una especie… de oportunismo extraño, de retorno forzado al lugar que decidieron abandonar por voluntad propia.

Y del mismo modo eso me hace creer que yo debería hacer lo mismo que debieran hacer ellos: salir. Encontrar un lugar nuevo, un lugar nuevo dentro de mí mismo y respecto a los demás. Aceptar la soledad, durante el tiempo que sea, y pactar una tregua conmigo mismo y el universo.

Porque es obvio que no estoy haciendo las cosas bien. Quiero decir que… Estoy empeñado en encajar todo esto como un castigo y no tiene por qué serlo. Tal vez sea una lección. Una lección del tipo “te jodieron, te quedaste sin amor, y ahora tienes que ser paciente y tener huevos de aceptar todo el tiempo que sea necesario estar solo”. Algo así, como si me lo hubiera buscado yo. 

Como si en su día no hubiese luchado suficiente. Pero las cosas son así, nunca se ha luchado suficiente, nunca. O eso parece. Yo qué sé. Igual es que estoy demasiado cansado y tengo el problema de ser incapaz de desconectar. De abandonarme a lo que sea aunque sea la misma tragedia, por ejemplo.

El caso es que el espejo revela una verdad incómoda. No tengo buen aspecto, no estoy en un buen momento, y ya he delegado en demasiadas personas. Ahora ellas merecen descanso también. Ya no tiene sentido continuar desgranando la pataleta sobre lo que no me gusta o lo que no me parece justo.

Digamos que la conclusión es que toca joderse, tener paciencia (esa divina virtud que no es que haya perdido sino que nunca tuve), y todas esas historias. Supongo que lo mejor que puedo hacer es empezar a hacer ejercicio de nuevo, reventarme físicamente y ocupar mis pensamientos en el dolor muscular, las agujetas y el fuego quemando el alquitrán de mis pulmones (otra mala decisión la de ponerme a fumar). 

Lo de hacer ejercicio suena bien. Como a darme una nueva oportunidad de lograr algo; como el reto de exponerme a un nuevo fracaso. No lo acabo de tener claro pero creo que solo a base del dolor más esencial seré capaz de empezar a encajar el dolor del espíritu, la incomodidad de un alma que se debate en los límites de mi cuerpo. Que no cabe, que no está a gusto, que simplemente quiere salir pero no puede y yo solo la oigo gritar.

Y molesta. Y duele. Y también asusta.

Pero ya lo arreglaremos a base de sudor. Y seguro que alguna lágrima se escapa por el esfuerzo, que nunca está de más. Ya me estoy imaginando, con cada bocanada de aire para continuar, masticar mi soledad y decirle “mira adónde te mando, hija de la gran puta, que ahora no te quiero ni te necesito. Que aunque me obligaran a tenerte al lado yo no quiero”. O algo por el estilo. 

Pero el nivel de agresividad supongo que será similar porque estoy demasiado doblado sobre mí mismo. Como el papel que lo doblas demasiadas veces sobre sí mismo que acaba no dando más de sí y se convierte en una parte minúscula, rígida, y terriblemente dura. Algo totalmente alejado, distante, y perdido de lo que era en un principio: una extensión prístina y blanca en la que crear los mejores designios, deliciosos trazos, o renglones terroríficos. Cualquier cosa, pero cualquier cosa con la posibilidad de estremecer el alma.

Ahora mismo soy ese papel doblado sobre sí mismo hasta el límite. Me tengo que desatascar, escuchar el crujido voraz de mis articulaciones, el quejido de los músculos, y afrontar la búsqueda de mi fuerza de voluntad que de esta sí que tuve. Que he tenido, que tengo… Aunque le haya buscado aliados adictivos y peligrosos.

Igual he tenido una epifanía a nivel inconsciente y aún no lo recuerdo. Lo ignoro por completo. Solo sé que estoy… en cierto modo enfadado y muy, muy dolido, pero no hay nada que pueda hacer por librarme de ello mediante la retórica. Tengo que encararlo directamente. 

La gente que acabó por enviarme aquí tiene su método de progreso. Tengo la sensación de que soy el pollo más estúpido del corral, el remolino eterno en el mismo cruce del río, el mismo árbol en el estrato inferior del bosque. 

Ahora mismo soy un cúmulo de dolor buscando la suerte de encontrar amor, cariño, una mirada amable y una sonrisa delicada que me destense, que me extienda, que convierta dicho cúmulo de dolor en una extensión armoniosa de calma, de paz, de ilusión.

Pero está demostrado que por ahora eso no está a mi alcance; que no debe ocurrirme todavía. Así que solo puedo ser yo quien destruya esta existencia cumular y me convierta en algo más parecido a lo que me gustaría ser. Lo cierto es que no sé cómo quiero ser pero sí sé que no quiero ser lo que soy… Así que cualquier forma distinta será una evolución. 

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