Oía gritos y me llegaban ecos. Ecos lo suficientemente difusos como para no poder determinar el origen de la llamada. Estuve tiempo y tiempo caminando a ciegas y casi a solas, o completamente a solas en cierto modo, mientras trataba de hallar el epicentro de esa desesperación que me arañaba.

– ¿Qué son esas voces? ¿Qué esos gritosy de dónde vienen? – Durante mucho más que algunos días conviví con la duda sin llegar a comprender lo trascendental de ella.

Fue ayer cuando todo vino claro. Escuché la voz mientras leía, no había eco y los gritos, ahora convertidos en susurro, eran límpidos y se colaron en mí como agua de manantial. Era desde adentro; era yo quien se llamaba; quien se había perdido.

Pero ya tengo de nuevo el camino a casa y, además, el vertiginoso viaje. Falta el edificio que no me haga olvidar. Es necesaria la efigie. Que cree y que crea. Que vuelva a escribir. No era tan difícil verlo, pero desde luego no me ha sido fácil reparar en ello.

Porque no estaba en mí, supongo.

Mejor cuando no espero el disparo.

No hay duda, a mi parecer. Salgo mucho mejor parado cuando no espero el disparo. Eso de tener que mantener la pose para no defraudar, para estar a la altura del instante, es algo que me crispa. Me hace sentir vulnerable, pensar que, joder, así no es cómo debería ir todo este asunto.

Vaya negocio. Saber que todas las miradas, o que alguna de muchas, está clavándose en ti para saber, o intentarlo, qué piensas en ese mismísimo instante. Se me cansan los músculos hasta de la cara al intentar aguantar la posición, mirando fijamente yo también, manteniendo los ojos bien fijos en quien no va a dudar en atrapar mi alma hasta que le plazca. Hasta que el recuerdo sea demasiado aburrido y decida desecharlo almacenándolo en donde quiera que le apetezca hacerlo.

Un almanaque de memorias, a saber.

El caso, como digo, es que prefiero no esperarlo, ignorar que va a ocurrir o, al menos, saber que no soy parte consciente del radio de interferencia del plan que esté siendo urdido, lo que sea, creo que se me entiende y no es cuestión de paranoia. Es cuestión de naturalidad.

Así de sencillo… No me gusta aguantar en esa quietud suspendida antes del click final y la luz blanca que ciega. Prefiero que me sorprenda, que no lo espere… El disparo, el sonido del obturador, la foto por sorpresa.

Credo.

Era tarde, otoño si no recuerdo mal. Tal vez la hora rondase la que ahora se podría reflejar en estas líneas si copiase el dictado del reloj. Pero no voy a hacerlo. Cuestión de creerme o no, cuestión de libertad. Como la que disfruté durante aquella breve charla de, aproximadamente, una hora. A lo mejor un poquito más. Se me hizo muy corta, me resultó realmente intensa, puramente viva.

Cuando regresé a casa vi que me estaba esperando. Qué iba a hacer si no aguardar a ver mis pies adelantar a mi propio cuerpo para llegar hasta ella. Hacía rato que no nos veíamos, desde por la mañana, pero no habíamos dejado de estar juntos en todo ese período.

Al verla no pude reprimir una sonrisa pero no fui hasta ella inmediatamente. Me detuve para quitarme la chaqueta y me dirigí a la izquierda del salón donde reposaba el equipo de música, vigilando desde una extraña pero útil estantería poblada de libros tan utilizados y mayores algunos que incluso crujían al abrirse. El equipo de música, en realidad, era algo más que eso, pero lo utilizábamos principalmente para ese menester. Cargué los datos de una memoria portátil en el reproductor. No lo dudé, Tool, Schism, y el propio equipo se encargó de generar una lista de canciones acordes al estilo y estado de ánimo sugeridos por la primera.

Me devolvió la sonrisa de tal modo que pensé que la luna se había colado en casa. Pero afortunadamente no fue así, ya que de haberlo sido habría sido privado del tacto caliente y grato de la carne de la que era ya, desde hacía años, mi mujer. Muchos años. No tantos. En sus ojos vi lo que quería.

-Así que te intriga saber de qué hemos hablado,  ¿eh? – encogió los hombros como dejando la elección a mi entera libertad, pero no iba en serio. No cuando ondeaba la tela de su ligero pijama por entre las formas de su cuerpo. Yo no iba a plantear batalla, no quería, y aun habiendo querido habría perdido igualmente.  – ¿Qué quieres saber?

Sabía perfectamente que las conversaciones con el Eje eran absolutamente privadas, pero tanto Él como yo, sabíamos que mi mente era para ella, al igual que para mí la suya. No había secretos, y el Eje supo aceptarlo. Prefirió arriesgar su intimidad, incluso su orgullo, a verse abrazado por el silencio absoluto y la hiriente y gélida soledad que cocina el dolor y la angustia hasta hacer fermentar el odio en las almas.

– Quiero saber aquello que estés dispuesto a contar – mi sangre se convertía en lava a cada paso, y mis músculos se magmatizaban con cada precipicio que encontraba en su sonrisa. Podría colgarme de sus labios y dejarme caer sin importarme morir aplastado por sus dientes y su lengua. – Dime…

Como ya he dicho no había plan de ataque, ni tampoco de defensa.

– El Eje quería saber cómo empujar la imagen de Aquel hacia el hogar espiritual de todos los hombres. – El Eje, perdón por no haberlo explicado antes, era el líder político-espiritual de Neópolis, y Neópolis era una estructuración urbanística tecnologista y mecanizada que, tras haber contemplado cómo el trabajo podía ser realizado en su compleción por máquinas mucho más precisas que los hombres, decidió emprender una senda de evolución espiritual. Lamentablemente, como suele ocurrir, algunos decidieron que dejar a toda una ciudad que eligiese libremente qué camino seguir sería el inicio del caos. Bien, como predije y como ahora el Eje lamenta, se equivocaron.

Esto desencadenó, como no podía ser de otro modo, revueltas del pensamiento, del derecho inalienable del libre albedrío y de la ejecución personal basado en la autoconsciencia e identidad propias de cada uno. Pese a ser muy pasional nunca dejó de ser algo lógico. Sin embargo, a pesar de ciertas disidencias, se eligió a un gobernante que en realidad no era gobernante porque todo en Neópolis se basaba en la Libertad pero que, siendo sinceros, sí lo era porque seguía unas pautas de control de los que se hallaban en las sombras, de aquellos a los que la Libertad ajena les producía sarpullido.

El Eje no era estúpido, sabía bien qué era lo que había pero no desacreditaba por completo a los otros. Digamos que estaba en una posición comprometida y, a mi parecer, ciertamente angustiosa. Algo así como el que cría bisones pero solo puede subsistir si hace un pacto con una multinacional textil de pieles. Ahí es donde, más o menos, yo intervengo. Cuando el dolor de verlos morir se le hace insoportable a la vez que su auténtica, y públicamente disfrazada, condición humana. Porque el Eje tiene familia. Somo pocos los que lo sabemos, pero ya somos demasiados.

En cualquier caso, por condiciones fortuitas que, tal vez, relate en alguna otra ocasión si tengo oportunidad de ello, a veces tengo el placer de ser llamado a una audiencia amistosa, absolutamente no oficial, con el Eje. Entonces, hablamos, sin buscar ninguna aplicación sobre el pueblo. No es ese el objetivo, el objetivo es buscar esa aplicación sobre el propio Eje. De ahí venía, de ahí ella me estaba esperando.

– A veces le ocurre. ¿Crees que se está haciendo mayor? – inquirió, con un tono jocoso pero ligeramente malvado.

– Es apenas unos diez años mayor que yo. ¿Qué esperas que te responda? Aún es demasiado pronto para admitir ciertas, cosas, pequeña.

– Entiendo… Bueno – dijo, siguiéndome al sofá y colocándose a horcajadas sobre mis piernas, mirándome fíjamente – qué te ha dicho. ¿Habéis hecho política…? – Lamento no tener tiempo ahora, pero juro que me habría encantado exponer las implicaciones de esa última frase en los tiempos actuales y el marco diplomático, por decirlo de algún modo, que abraza a toda Neópolis. – No me mires así, venga, n te enfades.

– No me enfado, ya te he dicho lo que quería.

– Entonces dime, qué le has respondido. ¿Cómo se puede empujar la creencia de los hombres?

– La clave es esa. Tú tienes la respuesta. Todos la tienen, no se puede… Pero conviene mantener la distracción, agotar energías, erosionar.

– ¿Te ha erosionado mucho? – dijo, al principio murmurando para terminar en una sonora carcajda.

– No. Eso tiene un tiempo límite. Una vez alguien ha encontrado su credo… – ¿Qué pasa entonces? ¿Tienes el tuyo? – me interrumpió algo impaciente. Quería saber, le encanta saber, conocer, disponer. Le respondí que sí.

– Verás, – comencé- una vez alguien encuentra su propio credo ya no es que sea difícil despojarlo de él, es imposible. Y lo es porque se adhiere de forma natural a la identidad, a la idiosincrasia emocional e intelectual de cada uno, del mismo modo que las moléculas entre sí para conformar una u otra proteína.

“Digamos que es algo así, que el credo de cada uno es su proteína básica y más completa para desarrollar su existencia espiritual. Si eso ocurría ya, como muestran los registros históricos, hace siglos no hace falta explicar cuál es la relevancia en el tiempo contemporáneo. Y cada cual encuentra su propio credo de una manera aleatoria, casi casual, en la mayoría de los casos. Sin embargo lo esencial de todo esto es que a todos los individuos se les presenta como una evidencia que por fin les es permitido contemplar, de la que disponer, para enlazarla a un razonamiento existencial de sus vidas, para saber cómo enfocar su tiempo, en qué dirección caminar. Por ejemplo, en mi caso, mi credo eres tú. Mi credo eres tú y la literatura que puedo derivar de cada instante contigo. Tú eres esa proteína indispensable para desarrollar mi espíritu, y cualquier beso, roce o lugar donde yacer o abrazarnos es el ejercicio de nuestra iglesia. Solo nosotros somos nuestros ministros, los ministros de nuestra fe y por eso mismo nadie nunca podría explicarnos, o al menos explicarme, que Aquel es la razón verdadera. Porque ya tengo mi razón. Porque todos, antes o después, la encuentran. Y, si te soy sincero, suele ser cuestión de tiempo. En el momento en el que alguien es capaz de generar líneas propias de pensamiento es capaz de convertirse en el Eje de sí mismo. Resulta que el hecho de comprender tu propio credo te hace darte cuenta de cuánto significa para ti, y eso despierta, inevitablemente, un efecto empático respecto a tus congéneres. Sobre todo en estos días, en este orden social. Como ya te he dicho, por mucho que hablásemos el Eje y yo sobre cómo encauzar los planes que se reservan para nosotros, para el pueblo, no tendrían forma de conseguirlo.

No mientras nuestro pensamiento sea libre y, por ahora, no disponen de medios para coartarlo. Ya sabes qué es lo que le he dicho. Le he dicho que mientras haya unas sábanas que nos den cobijo en las frescas noches de primavera y un lago, o río, que nos preste sus aguas para vestirnos, no habrá forma de distanciarme de mi creencia y percepción del mundo. Es más, ni aunque se secasen todos los lagos o ríos y todas las sábanas del mundo fuesen roídas a la vez, ni aun así, podrían desviarme de mi camino. No podrían porque, además, nunca acabarían con la primavera y siempre estaría tu cuerpo dispuesto a calentar el mío y el mío a devolverte el favor. Le he dicho, sin más, que es sencillamente imposible hacer descreer a un hombre de aquello que considera cierto y que, por ello, forma parte de él. Nadie, nadie, deberá ser nunca convencido de que su existencia es intrascendente, completamente pasajera y vacua.”

Pese al cansancio, pese a la extensión del discurso, pese a todo… Antes de que pudiera darme cuenta su pijama planeaba sobre el salón y mis manos la cubrían con el aire tibio que se formaba de nuestro contacto. Era tarde, pero para nosotros temprano aún. Éramos una absoluta verdad, una verdad autoconsciente, libre, y pura.

Lo bueno de las grandes historias es que no importa realmente cuánto tienen de verdad y cuánto tapan de mentira. Lo bueno de las grandes historias es precisamente eso, que son grandes historias y que por ello no requieren de veracidad absoluta ni de constatación alguna de hechos.


Las mejores acaban comportándose con la realidad del mismo modo que la tinta con el agua. De esa forma, sí. Con esa húmeda sensualidad con la que se van abrazando, dejando las palabras difusas sobre el papel, estirando la claridad de los hechos para dejarlos mezclados y dudosamente definidos en los renglones de la experiencia. Eso, de veras, es lo que me estremece, lo que me impulsa a intentarlo. Es una sensación que yo atribuyo a lo divino, la posibilidad de conmover y el derecho a intentarlo.

Sin embargo ocurre que muchas veces las grandiosas historias, las que pertenecen al rango de tinta y agua, son escogidas, caprichos del destino, tal vez, o de la apatía de los hombres, por burdas manos llenas de grasienta y codicia y puerco ministerio. Este aspecto también les da un caché, sobre todo cuando son (re)descubiertas.

El problema es que el mensaje muchas veces acaba perdiéndose a lo largo de las eras del universo; se ve la leyenda tan desprestigiada por efecto de fanatismos extremos o manchurrones de fe traspasada a oro macizo y manos enjoyadas. A veces pasa, qué se le va a hacer. Y es una lástima, porque en muchas ocasiones lo que se pierde, lo que se deja en el camino, casi fuera del alcance de los espíritus de la humanidad, es algo tan relevante que casi duele no haberse dado cuenta antes de lo que supone.

Palabras hermosas que esconden, o mejor aún, que entrañan, porque es lo que hacen, guardarlo en la palpitante carne sanguinolenta de los corazones que escucharon y están dispuestos a compartir, una verdad que parece ser negada de tan evidente y cierta porque tal vez suponga un insulto, merecido y naturalmente objetivo, al intelecto humano.

Pero es que ahí entra ya la cuestión del orgullo implícito que existe al ser considerada una de las más amplias manifestaciones del prodigio de la existencia, la mala jugada que nos pasa la a veces nula capacidad de observación. Sin embargo no quiero hablar de esto, ni culpar a mis congéneres pues en tal caso debería yo colocarme en lugares altos de la clasificación de negligencias.

Estoy aquí porque, debido a la culpa extendida, durante los siglos, de unos cuantos mangantes cegados más por los brillos de las catedrales de renombre se nos ha privado la oportunidad, hasta cierto punto, de conocer un mensaje que ahora mismo supondría una necesaria rebelión y, tras un  necesario sacrificio, una posible grandiosa solución. Al menos una alternativa a considerar.

Hablo de la más popular de las obras y el más prostituido de los mensajes. No la he leído completa, solo retazos, fragmentos aislados, y me he podido despachar a gusto para saciar mis ansias de belleza mientras caía de un verso a otro, mientras saltaba de una página a la siguiente, cuando tropezaba con cualquiera de los proverbios existentes en su haber, ya que tiene, dentro de sí, un libro entero dedicado a ellos.

Son hermosos consejos, hermosas pautas, que fueron alteradas no, adulteradas, para rendir pleitesía a quienes más dañados estaban por las palabras que contenía. Y es que nunca les gustó que quien naciese en un pesebre caminase por sus palacios.

El mensaje era y sigue siendo clave, expeditivo, y no deja lugar a dudas. ¿Quién mejor para ser amado y seguido por un pueblo que aquel que haya nacido entre ellos, conozca como cualquier otro sus verdaderos olores y haya disfrutado y vomitado a partes iguales cualquiera que fuera el sabor a conocer?

Cómo hallar mejor gobernador que ese; cómo no buscarlo entre los mismos que se escuchan llorar y reír, que comparten las ansias y las ilusiones. Que son el propio pueblo.

Lamentablemente ahora dudo de la realización de esta posibilidad, puesto que en el marco social de la hermosa leyenda de la vida de Jesucristo existían los pobres y los ricos, y los políticos no disfrutaban de una clase social para ellos mismos. Una clase social propia, identificable en sí misma por los desorbitado de sus privilegios, que la separan cada vez más del pueblo, un pueblo que separaron y que, tras los siglos, decidió seguir a otros en lugar de buscar a ellos mismos y reunirse entre iguales.

Puede que sea tarde, o puede que el hombre, en toda su extensión, esté llamado a despertar si acepta, por una vez, bajar la cabeza ante las enseñanzas de la Historia y renunciar a su orgullo, a su ponzoñosa y nociva altivez, para aprender que tanto Mahoma, Cristo, Buda y quienquiera que sea, eran estados del hombre, disponibles a quien estuviese más dispuesto a comprender que a ser comprendido, a unir más que a escindir, y a destruir solo cuando fuese absolutamente necesario.

Era hoy.

La he visto llegar y su indumentaria era distinta a como la tradición describe. Ha sido una sorpresa, desde luego. No obstante su tranquila, que no tranquilizadora, sonrisa y sus gestos delicados eran un claro testimonio de que lo que me aguardaba no podría ser evitado. Inexorable a todo porcentaje.


Portaba con ella su afilado instrumento de rigor, la clase necesaria y sobrante para utilizarlo sin atisbo de duda ni yerro alguno, la palabra que busco es maestría. El dominio que mostraba, y mostrará, de tan temible y afilado artefacto no era lo único preocupante. Me he fijado en unos cilindros cerrados donde, a buen seguro, portaba pergaminos con innumerables registros por los que iba a ser enjuiciado y, a posteriori, llamado a Justicia.

¡Toda una vida ahí enrollada, bien dispuesta a ser leída, explicando todo cuanto soy y he hecho! Pero no solo eso, qué va. Algunos estaban vacíos. Lo he adivinado por la ligereza con la que se movían. No había terminado todo para mí, aún. Ahora quedaban los últimos testimonios, los que llevaban implícitos en ellos, dadas las circunstancias, la indeleble marca de la absoluta verdad que puebla mis entrañas.

Me ha invitado a tumbarme. Obsequiosa y amable he evitado cualquier toque innecesario de sus frías manos, condición inalterable de la misión que desarrolla. Sus instrucciones, viajando de su boca a mis temerosos oídos cabalgando sobre una meliflua voz, eran sencillas y prometedoras. Pronto acabaría todo. Pero también traían mentiras.

He notado cierto dolor y, sí, también se sucedían ya, como aciagas premoniciones, el sudor frío y la visión tambaleante del mundo en torno a mí. Comenzaba el calor asfixiante bajo la piel encendiéndome hasta los ojos, sintiendo bajo ellos una línea semisólida de magma volcánico y toneladas de mar. También el estómago infinito cayendo a algún lugar más infinito todavía.

Quédate aquí, me ha dicho, hasta que te encuentres mejor. ¡Así que era cierto! No todo acaba. Me ha causado una gran impresión el comprender que aún podría seguir sintiendo. Con los ojos cerrados, ya menos dolientes y más generosos, escuchaba tambores de guerra en mis sienes así como un agudísimo dolor en mi brazo izquierdo que se activaba a oleadas.

En mi mente aún podía sentir el afilado metal en mis entrañas. Aún ahora puedo. Y también puedo recordar la visión descolorida, el blanco predominante, la amenaza de caer contra el suelo irremediablemente… Pero afortunadamente no ha ido a más.

Si pienso en la tortilla de patata que he desayunado podría discutir si merecería la pena prestarme de nuevo a tal experiencia. Pero creo que no, no se me da nada bien sufrir extracciones sanguíneas.

El mismo hogar

Donde me descompuse retorno. En este frescor siguiente a la pasional tibieza del humus descarnado que habitó el suelo donde perecí en las formas de la mente. Hoy, en esta noche, paso a mostrarte especialmente a ti mi nuevo hogar. Por si no te has dado cuenta es el mismo solo que con otro decorado, otro aspecto que espero sea de tu agrado. Como ya te digo el hogar es el mismo a efectos prácticos. Y lo es porque acumula los mismos sueños, el mismo gran sueño si te soy sincero, las mismas ansias de guardar en hermosos rincones más hermosas palabras que hagan tañir los corazones, los insondables pechos humanos desbordados de maravilla. Es la misma meta pero, deseo, distinto viaje. Como aquel muchacho que salió de su casa para llegar a unas temibles pero indudablemente hermosas montañas. Unas montañas que en realidad fueron Montañas, un valle que fue Valle para, finalmente, dar con sus pies a un mar que era, cómo no, Mar. Y que llegó acompañado de su hermoso amigo de ojos de ámbar fundido y el amor de una joven que lo esperaría ya en cualquier lugar. Que lo encontraría en sueños.

Reclamo, de nuevo, la paciencia a tus pupilas. Que seas igualmente ansiosa en ilusión pero comprendas mis crisis, mis baches de locura estúpida y los destellos, que los tengo a veces, de locura borboteante. Lo aceptaste en un contrato en el cual tu firma aún figura y, para mi regocijo, pienso que con la tinta tan fresca como lo estuvo en el parque de al lado de mi casa al que fuimos tras perder unas entradas de cine.

Exacto. Hablo del primer beso.

Y ahora me acuerdo de la banda sonora de cuando redescubrimos Nunca Jamás por separado y lo hicimos juntos por primera vez. No puedo decir que no duela dar el paso adelante y cambiar un cuerpo por otro, pero era necesario. A veces algo dice desde adentro que necesita cambiar de sombra, sentir el sol desde otro lado.

Aquí estoy. Confiando en creer en mí, en renovar la fe en mis instintos y no renunciar a mis pasiones. En poder mantener el ritmo de sonrisas mientras sé que aguardas una nueva intentona de tocarte el alma, y de hacer de ese intento algo extensivo a quienes encuentren mi rastro y traten de cogerme entre sus dedos mientras me desparramo en cada renglón.

Con sumo placer e inconcebible amor. Ya he vuelto, cambiando de lugar y siendo algo así como un caracol o un ermitaño… Con el hogar a cuestas.