Era hoy.

La he visto llegar y su indumentaria era distinta a como la tradición describe. Ha sido una sorpresa, desde luego. No obstante su tranquila, que no tranquilizadora, sonrisa y sus gestos delicados eran un claro testimonio de que lo que me aguardaba no podría ser evitado. Inexorable a todo porcentaje.


Portaba con ella su afilado instrumento de rigor, la clase necesaria y sobrante para utilizarlo sin atisbo de duda ni yerro alguno, la palabra que busco es maestría. El dominio que mostraba, y mostrará, de tan temible y afilado artefacto no era lo único preocupante. Me he fijado en unos cilindros cerrados donde, a buen seguro, portaba pergaminos con innumerables registros por los que iba a ser enjuiciado y, a posteriori, llamado a Justicia.

¡Toda una vida ahí enrollada, bien dispuesta a ser leída, explicando todo cuanto soy y he hecho! Pero no solo eso, qué va. Algunos estaban vacíos. Lo he adivinado por la ligereza con la que se movían. No había terminado todo para mí, aún. Ahora quedaban los últimos testimonios, los que llevaban implícitos en ellos, dadas las circunstancias, la indeleble marca de la absoluta verdad que puebla mis entrañas.

Me ha invitado a tumbarme. Obsequiosa y amable he evitado cualquier toque innecesario de sus frías manos, condición inalterable de la misión que desarrolla. Sus instrucciones, viajando de su boca a mis temerosos oídos cabalgando sobre una meliflua voz, eran sencillas y prometedoras. Pronto acabaría todo. Pero también traían mentiras.

He notado cierto dolor y, sí, también se sucedían ya, como aciagas premoniciones, el sudor frío y la visión tambaleante del mundo en torno a mí. Comenzaba el calor asfixiante bajo la piel encendiéndome hasta los ojos, sintiendo bajo ellos una línea semisólida de magma volcánico y toneladas de mar. También el estómago infinito cayendo a algún lugar más infinito todavía.

Quédate aquí, me ha dicho, hasta que te encuentres mejor. ¡Así que era cierto! No todo acaba. Me ha causado una gran impresión el comprender que aún podría seguir sintiendo. Con los ojos cerrados, ya menos dolientes y más generosos, escuchaba tambores de guerra en mis sienes así como un agudísimo dolor en mi brazo izquierdo que se activaba a oleadas.

En mi mente aún podía sentir el afilado metal en mis entrañas. Aún ahora puedo. Y también puedo recordar la visión descolorida, el blanco predominante, la amenaza de caer contra el suelo irremediablemente… Pero afortunadamente no ha ido a más.

Si pienso en la tortilla de patata que he desayunado podría discutir si merecería la pena prestarme de nuevo a tal experiencia. Pero creo que no, no se me da nada bien sufrir extracciones sanguíneas.

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