Lo bueno de las grandes historias es que no importa realmente cuánto tienen de verdad y cuánto tapan de mentira. Lo bueno de las grandes historias es precisamente eso, que son grandes historias y que por ello no requieren de veracidad absoluta ni de constatación alguna de hechos.


Las mejores acaban comportándose con la realidad del mismo modo que la tinta con el agua. De esa forma, sí. Con esa húmeda sensualidad con la que se van abrazando, dejando las palabras difusas sobre el papel, estirando la claridad de los hechos para dejarlos mezclados y dudosamente definidos en los renglones de la experiencia. Eso, de veras, es lo que me estremece, lo que me impulsa a intentarlo. Es una sensación que yo atribuyo a lo divino, la posibilidad de conmover y el derecho a intentarlo.

Sin embargo ocurre que muchas veces las grandiosas historias, las que pertenecen al rango de tinta y agua, son escogidas, caprichos del destino, tal vez, o de la apatía de los hombres, por burdas manos llenas de grasienta y codicia y puerco ministerio. Este aspecto también les da un caché, sobre todo cuando son (re)descubiertas.

El problema es que el mensaje muchas veces acaba perdiéndose a lo largo de las eras del universo; se ve la leyenda tan desprestigiada por efecto de fanatismos extremos o manchurrones de fe traspasada a oro macizo y manos enjoyadas. A veces pasa, qué se le va a hacer. Y es una lástima, porque en muchas ocasiones lo que se pierde, lo que se deja en el camino, casi fuera del alcance de los espíritus de la humanidad, es algo tan relevante que casi duele no haberse dado cuenta antes de lo que supone.

Palabras hermosas que esconden, o mejor aún, que entrañan, porque es lo que hacen, guardarlo en la palpitante carne sanguinolenta de los corazones que escucharon y están dispuestos a compartir, una verdad que parece ser negada de tan evidente y cierta porque tal vez suponga un insulto, merecido y naturalmente objetivo, al intelecto humano.

Pero es que ahí entra ya la cuestión del orgullo implícito que existe al ser considerada una de las más amplias manifestaciones del prodigio de la existencia, la mala jugada que nos pasa la a veces nula capacidad de observación. Sin embargo no quiero hablar de esto, ni culpar a mis congéneres pues en tal caso debería yo colocarme en lugares altos de la clasificación de negligencias.

Estoy aquí porque, debido a la culpa extendida, durante los siglos, de unos cuantos mangantes cegados más por los brillos de las catedrales de renombre se nos ha privado la oportunidad, hasta cierto punto, de conocer un mensaje que ahora mismo supondría una necesaria rebelión y, tras un  necesario sacrificio, una posible grandiosa solución. Al menos una alternativa a considerar.

Hablo de la más popular de las obras y el más prostituido de los mensajes. No la he leído completa, solo retazos, fragmentos aislados, y me he podido despachar a gusto para saciar mis ansias de belleza mientras caía de un verso a otro, mientras saltaba de una página a la siguiente, cuando tropezaba con cualquiera de los proverbios existentes en su haber, ya que tiene, dentro de sí, un libro entero dedicado a ellos.

Son hermosos consejos, hermosas pautas, que fueron alteradas no, adulteradas, para rendir pleitesía a quienes más dañados estaban por las palabras que contenía. Y es que nunca les gustó que quien naciese en un pesebre caminase por sus palacios.

El mensaje era y sigue siendo clave, expeditivo, y no deja lugar a dudas. ¿Quién mejor para ser amado y seguido por un pueblo que aquel que haya nacido entre ellos, conozca como cualquier otro sus verdaderos olores y haya disfrutado y vomitado a partes iguales cualquiera que fuera el sabor a conocer?

Cómo hallar mejor gobernador que ese; cómo no buscarlo entre los mismos que se escuchan llorar y reír, que comparten las ansias y las ilusiones. Que son el propio pueblo.

Lamentablemente ahora dudo de la realización de esta posibilidad, puesto que en el marco social de la hermosa leyenda de la vida de Jesucristo existían los pobres y los ricos, y los políticos no disfrutaban de una clase social para ellos mismos. Una clase social propia, identificable en sí misma por los desorbitado de sus privilegios, que la separan cada vez más del pueblo, un pueblo que separaron y que, tras los siglos, decidió seguir a otros en lugar de buscar a ellos mismos y reunirse entre iguales.

Puede que sea tarde, o puede que el hombre, en toda su extensión, esté llamado a despertar si acepta, por una vez, bajar la cabeza ante las enseñanzas de la Historia y renunciar a su orgullo, a su ponzoñosa y nociva altivez, para aprender que tanto Mahoma, Cristo, Buda y quienquiera que sea, eran estados del hombre, disponibles a quien estuviese más dispuesto a comprender que a ser comprendido, a unir más que a escindir, y a destruir solo cuando fuese absolutamente necesario.

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