Mejor cuando no espero el disparo.

No hay duda, a mi parecer. Salgo mucho mejor parado cuando no espero el disparo. Eso de tener que mantener la pose para no defraudar, para estar a la altura del instante, es algo que me crispa. Me hace sentir vulnerable, pensar que, joder, así no es cómo debería ir todo este asunto.

Vaya negocio. Saber que todas las miradas, o que alguna de muchas, está clavándose en ti para saber, o intentarlo, qué piensas en ese mismísimo instante. Se me cansan los músculos hasta de la cara al intentar aguantar la posición, mirando fijamente yo también, manteniendo los ojos bien fijos en quien no va a dudar en atrapar mi alma hasta que le plazca. Hasta que el recuerdo sea demasiado aburrido y decida desecharlo almacenándolo en donde quiera que le apetezca hacerlo.

Un almanaque de memorias, a saber.

El caso, como digo, es que prefiero no esperarlo, ignorar que va a ocurrir o, al menos, saber que no soy parte consciente del radio de interferencia del plan que esté siendo urdido, lo que sea, creo que se me entiende y no es cuestión de paranoia. Es cuestión de naturalidad.

Así de sencillo… No me gusta aguantar en esa quietud suspendida antes del click final y la luz blanca que ciega. Prefiero que me sorprenda, que no lo espere… El disparo, el sonido del obturador, la foto por sorpresa.

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