Oía gritos y me llegaban ecos. Ecos lo suficientemente difusos como para no poder determinar el origen de la llamada. Estuve tiempo y tiempo caminando a ciegas y casi a solas, o completamente a solas en cierto modo, mientras trataba de hallar el epicentro de esa desesperación que me arañaba.

– ¿Qué son esas voces? ¿Qué esos gritosy de dónde vienen? – Durante mucho más que algunos días conviví con la duda sin llegar a comprender lo trascendental de ella.

Fue ayer cuando todo vino claro. Escuché la voz mientras leía, no había eco y los gritos, ahora convertidos en susurro, eran límpidos y se colaron en mí como agua de manantial. Era desde adentro; era yo quien se llamaba; quien se había perdido.

Pero ya tengo de nuevo el camino a casa y, además, el vertiginoso viaje. Falta el edificio que no me haga olvidar. Es necesaria la efigie. Que cree y que crea. Que vuelva a escribir. No era tan difícil verlo, pero desde luego no me ha sido fácil reparar en ello.

Porque no estaba en mí, supongo.

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1 comentario

  1. octubre 29, 2009 a 12:56 am

    La efigie. Aish. Pincha en mi enlace y contéstame a la pregunta, a ver si tu metrónomo es capaz de marcar ese tiempo.


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