Necesitamos

Reunidos en torno a la mesa los tres amigos debatían sobre qué era lo necesario para mejorar su situación actual. Mientras tomaban sus respectivas jarras de cerveza, discutían sobre qué paso sería el verdaderamente trascendental para equilibrar las diferencias económicas y poder paliar la desigualdad entre clases.

El primero, tras haber llevado a su garganta ya el vuelo dorado, posó la jarra sobre la mesa y dijo:

– ¡Lo que de verdad nos hace falta es un líder! ¡Un líder carismático cuyo honor sea incuestionable y su honestidad fuera de toda duda!

Orgulloso de su comentario, volvió de nuevo al silencio. Los otros dos no estaban en absoluto de acuerdo con él, pero no lo manifestaron inmediatamente. En lugar de ello bebieron un poco y meditaron. Cuando estuvo listo, el segundo cogió de nuevo su jarra y la llevó a sus labios. Sin embargo prorrogó el paladeo y el contacto delicioso de su bebida, y habló primero:

– Lo verdaderamente necesario es una alternativa política con visos de realidad. Una opción creíble que quiebre el bipartidismo actual y que desde el inicio se mantenga al margen de los módulos de financiación y de las presiones de la industria y empresa privadas.

Calló, bebió, y guardó silencio. El tercero de los tres se mantenía callado. Ya había agotado su cerveza y miraba fijamente a la mesa, concentrado, como si fuera a ser capaz de vislumbrar su configuración atómica. El primero no estaba en absoluto de acuerdo con lo que el segundo había dicho, al igual que el tercero. El primero no lo estaba porque de ser aplicada esa solución y además cierta, su modelo sería despreciado de inmediato. El tercero disentía por lo mismo por lo que no estaba de acuerdo con el primero. Habló.

– Creo que ambos os equivocáis. Esa no es una solución auténtica ya que el problema no es solo cuestión de aquí queramos librarnos de la corrupción y de que en el pueblo vecino haya más pobres que ricos. Los modelos que presentáis no dejan de ser un montón de células provocando al cáncer. Al mismo cáncer que nos come ahora. Personalmente creo, y creo sinceramente que no me equivoco, que ya tengo la solución. Y esta no es otra que conseguir un sistema cuyo progreso y crecimiento se basen directamente en el pueblo. Es fácil, lo que necesitamos es un sistema que no se preocupe por la salvaguarda y el bienestar del propio sistema.

Lo prendo tras el abrazo hirviente y al tiempo fresco

de tu piel enrojecida,

no hay prisa, tenemos excusa, estoy cojo, recuerda que

me llamas Quevedo

que  cualquier cosa, que sí que tu ojos

la vida.

No es amor esclarecido, ni un secreto velado,

es hecho esclarecedor,

es mi taquicardia, mi patria, mi pueblo

amado.

Es el galope del sur sobre mi pecho, es la

fuerza partiéndome el techo

la escayola pareciendo nieve, nieve que

custodia nuestra tierra

para poderle prometer la primavera.

Nuestra tierra. Nuestro no sin discutir por

el camino, nuestras peleas y batallas

ganadas por Eros y sufriéndolo

la cama.

Y al volver, con el aroma santo entre

nuestras caras, te vuelvo a hablar

de lo mágico fugaz de la vida,

de lo trágico.

Me acuerdo del abuelo entonces,

me acuerdo y relato, de nuevo,

con heroísmo en las palabras,

que él cayó en Granada.

Como un poeta habría soñado.

Si la hubiesen visto.

La deberían haber visto. Si esos estirados del consejo la hubiesen visto entonces no habrían dudado de quién era ella. ¿Pero, pero cómo pueden estar tan ciegos? Por los dioses, por los dioses. ¡No puede ser! Y tú, tú, grandullón, no mires hacia otro lado como si no hubiese nada que hacer. Sabemos, sabes, ¡sabemos, claro que sabemos!, que sí que hay dónde meter las manos.

No estaré de pelele de su agriado humor y nefasto intelecto. Vaya que no. Vaya, vaya. ¿Acaso alguno de vosotros dos ha tenido duda alguna vez, desde que la viera llegar, de cuál habría de ser el destino que la aguardase? Grandullón, ve, ve hacia allí. Acércate a ese árbol. Sí, a ese, a ese. Oh, oh, qué riquísimas manzanas. ¡Qué riquísimas manzanas!

Cogmog decíag, eszoz imcomgpetnztez deg conzejo… Oh, qué delicia. Ellos, ellos serán los responsables y teg digog que la cuzpa zerá toda de elloz. ¿No queréis ninguno un poco de manzana? Está muy rica pero creo que se me va a hacer grande y def todof modoz el grazdullónz se eztá acegcangdo a un melocotonero… ¡Pero eso no es lo que importa!

Lo que importa de verdad ezqge si la hubiezen vigto lo zabrían. ¡Pero, pero, pero si he visto barro en tus mejillas, grandullón, y tú, tú, a ti, a ti mismo te he visto temblar y alborozar en algarabía! Es indignante, ¡es indignante que crean que nos equivamos de tal modo! ¡No, no quiero comer más manzana! ¡Ni quiero callarme! Ni hablar, esos desgraciados traerán con su acomodo la desdicha a este mundo.

¿Sabes qué pasa? ¿Sabéis qué pasa, amigos míos? Que no la vieron llegar desnuda y vestirse de polvo de estrellas, ni la vieron sudar en cada uno de sus entrenamientos con los que estará lista para la lucha. Qué va, ellos no han oído el testimonio silencioso del Maestro de la Espada, el gesto serio y grave, asintiendo en una leve sonrisa.

¡Una leve sonrisa del Maestro de la Espada es mucho más de lo que el mejor guerrero podría soñar! Tiene el poder y son incapaces de verlo. Algo se lo impide porque es algo evidente, ¡es evidente! Cómo negarlo. Pero no os preocupéis, no os preocupéis porque no dejaremos que el veredicto acabe con ella.

Tú, grandullón, gigantesco amigo mío, guíanos cuan más raudo mejor hasta ella. No podemos dejar que esos estúpidos acaben con todo, con sus sueños y con los nuestros. No, de ninguna manera, de ninguna manera. Ponte en marcha. ¡Ve pensando en algo, no estés tan pasmado! De verdad, me exaspera, a veces tu tranquilidad me exaspera pero bueno, eso no es importante.

Lo importante es que estemos los tres junto a ella. No olvidéis esto, ¡no lo olvidéis!, ella es la Princesa. Es la Niña, la Niña Diosa y no podemos obviar el mensaje de los cielos. No podemos ser como esos bobos, babosos, del consejo. De ninguna manera. Si la hubiesen visto lo sabrían…

Gante, a prisa, y tú, Quilo… ¿Quilo? ¡Por los dioses, Quilo, Despierta!

De cuando

Me quedo con tu sonrisa de cuando dejaste de estar triste. Me quedo con tu gesto alegre y liviano, como de moldear al aire para adaptarse a tu figura, al girarte con los ojos brillosos bajo este noviembre nocturno. Me quedo con tu carrera hacia la marquesina del bus dejando atrás cualquier atisbo de incredulidad o pena. Vi tus pasos silenciosos escalar sobre la dificultad intrínseca a la existencia, escuché tu voz, casi desaparecida, susurrar que ya había sido suficiente.

No daré la espalda al resto. No puedo traicionarme de tal modo, no puedo hacernos eso. Porque a pesar de todo el daño, de todas las malinterpretaciones, de toda la incomprensión en algunos casos y el derivado cansancio de todo ello, prefiero tu rostro redondo de felicidad aun pudiéndolo considerar un espejismo. Pero algo ocurre, algo se tambalea y la capa tectónica sobre la que nos sustentábamos se resquebraja.

¿Qué es lo que ofrece el tiempo, qué placer secreto y triunfal, a la melancolía para tentarnos con cuanto fue? ¿Qué es lo que ofrece que nos olvidamos de respirar, que nos convierte en clásicos antiguos, en griegos dormidos bajo los ensueños de Platón que se conjugan con la mitología de Caronte? ¿Qué será lo que me enseña a mí el hoy, el ahora, que lo prefiero a lo anterior, a lo pretérito? De algún modo exhibe sus virginales carnes, blanquecinas de incertidumbre, sobre las que ejercer mis manos para desbastar cualquier impureza que surja.

Será eso por lo que me seduce, tal vez por lo que me engaña. Y porque me dejo. Pero no tiene tanto sentido si lo hago solo, si no tengo con quién compartirlo. Compartirlo con la misma devoción y santa fe, complicidad por supuesto, como se comparten unas caladas de ese peta o los tragos de una bebida de locos bohemios, o simplemente una cerveza sin más. Lo mismo que eso, con el gesto subrepticio de saber que de algún modo u otro estás escurriéndote por entre los muros de lo real y las expectativas convenidas.

Sí, es eso. Y eso lo hago mejor con luz, hasta que se apague. He aquí por lo que me quedo con tu sonrisa, y con mi gesto serio aliviado por ese leve movimiento de tu rostro que implica un amanacer en mis entrañas. Hasta que anochezca definitivamente y nuestros soles y nuestras tierras divergan en el curso universal inarbacable. Hasta entonces… Me quedo contigo.

Líneas

Me acuerdo cuando intentamos oponernos. Recuerdo aquel tiempo en el cual luchamos por nuestros derechos como el de la presunción de inocencia, el libre acceso a la cultura, el de hablar mientras paseábamos por las calles o los parques bajo los chopos de abril y algún cerezo en flor.

Añoro aquellos días de poder pensar, los días de las líneas extendidas a lo largo y ancho del mundo, líneas invisibles pero efectivas que unían los distintos nodos, que abrían puertas y ventanas para transportar materiales con los que construir otros mundos, otros nuevos mundos.

Los verdaderos artistas. Lo siento tanto por ellos. Lo siento por mí, incluso, imaginad cuánto más por aquellos. Por los verdaderos artistas, a su salud la que va a ser mi última copa a la cual no podré salvar de verla regada con mi llanto. Ya se ve, ya se siente agridulce al tacto y profundamente perforante en el corazón. Me toca el alma temblando y gime como niño de cuna.

Nos enfurecieron sus amenazas, ejercimos nuestros derechos… Alimentamos sus excusas. No les importó jamás aquello que decían defender puesto que había mucho más en juego. Cortaron las líneas. A cada línea muerta, más furiosos defensores de la libre expresión y manifestación que golpeaban con más fuerza. Pronto fueron menos. Más fuertes. Y menos. Titánicos. Ninguno al fin.

Porque, después de todo, aquellos que mentían y conducían sí supieron darle un valor apropiado al simple dinero. Qué más iba a dar tener tanto más o poco menos si quien pudiera desestabilizar su hegemonía no pudiese comunicarse con otros de igual potencia.

Tarde nos dimos todos cuenta de que no era cuestión de dinero sino de poder.

Ahora ya no hay tantas líneas, ni tan continuas. Apenas se ven puertas ni ventanas y aunque siempre quede abril no son iguales sus chopos y las flores de sus ramas ya no parecen hacer reír a los cerezos.

Pobres artistas y pobres todos. Al final hicieron con nosotros lo que quisieron. Nos han dejado en silencio, de tal modo que si gritamos solo nos reponderán miradas perdidas, dolientes y sórdidas, y también el eco.

Si te toco me enciendo, si me tocas me fundo. Me pierdo en el cuero de tus pantalones, me quedo con tu olor. Percibo música en tus gemidos y en cada golpe, en cada acento del ritmo, se dibuja un pulso universal. Comprensible para cualquiera. De tu forma desnuda robo el calor disparado de tu piel y adivino los temblores del alma.

Me quedo con todo.

Y luego, cuando estoy solo, la memoria me lleva más allá de la razón, a los antojos del tiempo. Te vuelvo a ver ante mí apretada, rozándonos como bestias salvajes casi, comiéndonos el aire que nos separa. Cualquiera diría que con eso nos vale para alimentarnos.

Me posee el recuerdo. La imaginación me gana.

Pero estoy solo. Repito que es luego, cuando te has ido. Entonces me voy hacia mí mismo, desciendo a la introspección más atávica e íntima. Me dejo llegar, la partida ya está hecha; la historia otra vez escrita. Retorno de nuevo al jadeo, a la humedad, al termómetro que no da abasto y en un momento de fulgor dibujo en el espacio que me aloja caprichosas constelaciones blancas que estallan contra mi pierna, contra el suelo.

Me quedo quieto. Nos hemos ido. De nuevo.

Te debo tus sueños, esas nubecitas de alma, con forma de Torre Eiffel que uso para impulsarme y coger vuelo. Te debo esa paciencia casi maternal cuando me inquieto por minucias y me entristezco y me creo que me derrotan. Te debo esa ciega y suicida costumbre de creer en mí, de sentir en mí y de dejarme hacerlo contigo.

Te debo muchas de mis palabras, bastantes páginas y una cantidad de tiempo enorme que espero esté compensada. Te debo el olor de mis sábanas, los días de lluvia en otoño en los que te puedo asistir. También te debo casi la forma toda de lo que soy, pero habrás de disculparme si me quido la arcilla, aunque ya era.

Pero era otra cosa. Te debo todo  eso y más, aparte de tus ganas de soplar para que agite las alas, ya ves… Yo me debo hacerte caso.

Sacrificios.

Claro. Yo pienso en cómo ha de sentirse la mujer cuyo marido parte a cruenta, dura, y bien servida de sangre batalla y me cuestiono cómo ha de pasarlo. Me imagino la angustia, el ansia y los anhelos, las dudas y el miedo. Yo me pregunto todas esas cosas, ¿cómo ha de ser? ¿Cómo ha de sufrirse? ¿Cómo se hacía, si es que se tuvo que hacer en algún entonces?

Luego me paro a pensar y llego a la conclusión de que aún tiene que ser más complicado cuando se es la mujer de un explorador. Pensemos: están para abrir brechas en el frente enemigo o para encontrar rutas. Esas rutas se hallan en la nada de nadie porque nunca nadie ha hecho nada en esas rutas, son ignotas. Al inicio de la misión son los hilos del Dios del Cosmos. Se sabe, se siente, que están ahí pero no pueden verse. Entonces me paro en seco y digo que vaya, que eso sí que tiene que ser un problema porque no se sabe si el explorador volverá, si caerá en algún lugar sin salida, o se verá atrapado en una emboscada o simplemente será cazado por alguna criatura aún por catalogar.  A fin de cuentas el guerrero va al campo de batalla a luchar, a morir y a matar, pero lo sabe. En cambio el explorador…

Aunque luego están las divisiones de alivio del dolor y descanso a las almas. No son ni guerreros ni exploradores, pero están siempre a su lado. ¿Cómo puede vivir la esposa de un sanador? Porque claro, al guerrero solo se le necesita en tiempos de guerra, como es lógico; el explorador solo es llamado para tiempos de guerra o cuando se agotan las rutas comerciales y se necesita algo nuevo y más rápido; pero el sanador, ah del sanador. El sanador está a todas, a todas. Si hay guerra como si no porque, claro, el sanador tiene unos votos que cumplir con cualquiera que sea su deidad, y tiene unos feligreses y unos deberes que atender con aquel su pueblo. Duro, eso pienso. Muy duro.

Por fortuna, digo, no existe quien reúna esta complicada trinidad. Ni caballero ni paladín alguno, nada, no sirven. No sirven porque tienen más ventajas que problemas y, en cualquier caso, no son trinos. Son lo que son, son híbridos, vale, pero no son la congregación de la angustia conyugal, amorosa o sentimental que se plantea. Y por fortuna, repito, no existe.

Y eso pienso… Eso pienso durante unos instantes, breves ellos, hasta que me acuerdo de ti. Me acuerdo de ti, claro, y entonces sonrío y sacudo la cabeza en negación, que es el gesto universal para afirmar lo necesario, lo que es inevitable. Resulta que sí existe la mujer, la esposa, la amiga que deba hacer curiosos y siempre significativos sacrificios de vez en cuando. Ya sea porque hoy toca explorar, guerrear o curar, dependiendo del compromiso aceptado el primer día de reunión, cuando se firmó el contrato.

Así que me quedo como embobado. Alucinado ante lo que tienes que aguantar… Lo que tiene ser la novia de un freak.

 

El dolor de la ausencia del padre y el miedo de sus errores; los paseos en una tarde tibia a la luz de un sol con prisa por marcharse; el tiempo necesario para dejarse llevar desde la juventud hasta los últimos instantes. Darse cuenta de que cada cual quiere a su manera, de que cada cual siente la responsabilidad de un modo u otro, de que incluso la heredan.

Me di cuenta de la sensibilidad, de lo frágil que es en las honduras de su alma, de la fe y de la impotencia. De sus ansias por cambiar el mundo, por poder responder la gran pregunta de esa magnífica canción que dice si podría ayudarlos a encontrar la paz y la gran estrella.

Sentí la inevitable caída al pensar que la vida tocará a su fin, que nos iremos de esta tierra y que la tierra se irá de ellos porque habrá de limpiar las injurias del hombre. Sentí su alivio al pensar que eso ya había comenzado y, al mismo tiempo, dolor al advertir cuán difícil le resultaba dejar de amar al hombre. Porque, ¿cómo no amarlo? ¿Cómo no cuando se sabe de las maravillas de las que es capaz? ¿Cómo no perdonarle el estar equivocado y confiar en que no es mácula en su concepción sino un fallo al elegir el camino?

Cuando ya se ha visto a la vejez y a la sencillez de las aspiraciones con las que intentan llenarla, con la levedad de dejar pasar el tiempo y de continuar sin cansarse demasiado porque el cuerpo ya apenas aguanta, solo hay una cosa que ignoro, que ambos ignoramos, y es si a esa edad aún se mantienen los sueños. ¿Aún arde entonces el fuego?

Pero todo esto… Todo esto no va a ninguna parte. A través de él he sentido hasta lo más íntimo de mis secretos, he llenado hasta el más recóndito de los escondrijos de mi esencia. Sin embargo no hay más remedio, la purga debe ser llevada a cabo.

Llevada a cabo para que pueda haber, en un futuro, más atardeceres tranquilos sin mayor pretensión que continuar hasta dar lugar a un nuevo amanecer.