Sacrificios.

Claro. Yo pienso en cómo ha de sentirse la mujer cuyo marido parte a cruenta, dura, y bien servida de sangre batalla y me cuestiono cómo ha de pasarlo. Me imagino la angustia, el ansia y los anhelos, las dudas y el miedo. Yo me pregunto todas esas cosas, ¿cómo ha de ser? ¿Cómo ha de sufrirse? ¿Cómo se hacía, si es que se tuvo que hacer en algún entonces?

Luego me paro a pensar y llego a la conclusión de que aún tiene que ser más complicado cuando se es la mujer de un explorador. Pensemos: están para abrir brechas en el frente enemigo o para encontrar rutas. Esas rutas se hallan en la nada de nadie porque nunca nadie ha hecho nada en esas rutas, son ignotas. Al inicio de la misión son los hilos del Dios del Cosmos. Se sabe, se siente, que están ahí pero no pueden verse. Entonces me paro en seco y digo que vaya, que eso sí que tiene que ser un problema porque no se sabe si el explorador volverá, si caerá en algún lugar sin salida, o se verá atrapado en una emboscada o simplemente será cazado por alguna criatura aún por catalogar.  A fin de cuentas el guerrero va al campo de batalla a luchar, a morir y a matar, pero lo sabe. En cambio el explorador…

Aunque luego están las divisiones de alivio del dolor y descanso a las almas. No son ni guerreros ni exploradores, pero están siempre a su lado. ¿Cómo puede vivir la esposa de un sanador? Porque claro, al guerrero solo se le necesita en tiempos de guerra, como es lógico; el explorador solo es llamado para tiempos de guerra o cuando se agotan las rutas comerciales y se necesita algo nuevo y más rápido; pero el sanador, ah del sanador. El sanador está a todas, a todas. Si hay guerra como si no porque, claro, el sanador tiene unos votos que cumplir con cualquiera que sea su deidad, y tiene unos feligreses y unos deberes que atender con aquel su pueblo. Duro, eso pienso. Muy duro.

Por fortuna, digo, no existe quien reúna esta complicada trinidad. Ni caballero ni paladín alguno, nada, no sirven. No sirven porque tienen más ventajas que problemas y, en cualquier caso, no son trinos. Son lo que son, son híbridos, vale, pero no son la congregación de la angustia conyugal, amorosa o sentimental que se plantea. Y por fortuna, repito, no existe.

Y eso pienso… Eso pienso durante unos instantes, breves ellos, hasta que me acuerdo de ti. Me acuerdo de ti, claro, y entonces sonrío y sacudo la cabeza en negación, que es el gesto universal para afirmar lo necesario, lo que es inevitable. Resulta que sí existe la mujer, la esposa, la amiga que deba hacer curiosos y siempre significativos sacrificios de vez en cuando. Ya sea porque hoy toca explorar, guerrear o curar, dependiendo del compromiso aceptado el primer día de reunión, cuando se firmó el contrato.

Así que me quedo como embobado. Alucinado ante lo que tienes que aguantar… Lo que tiene ser la novia de un freak.

 

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