De cuando

Me quedo con tu sonrisa de cuando dejaste de estar triste. Me quedo con tu gesto alegre y liviano, como de moldear al aire para adaptarse a tu figura, al girarte con los ojos brillosos bajo este noviembre nocturno. Me quedo con tu carrera hacia la marquesina del bus dejando atrás cualquier atisbo de incredulidad o pena. Vi tus pasos silenciosos escalar sobre la dificultad intrínseca a la existencia, escuché tu voz, casi desaparecida, susurrar que ya había sido suficiente.

No daré la espalda al resto. No puedo traicionarme de tal modo, no puedo hacernos eso. Porque a pesar de todo el daño, de todas las malinterpretaciones, de toda la incomprensión en algunos casos y el derivado cansancio de todo ello, prefiero tu rostro redondo de felicidad aun pudiéndolo considerar un espejismo. Pero algo ocurre, algo se tambalea y la capa tectónica sobre la que nos sustentábamos se resquebraja.

¿Qué es lo que ofrece el tiempo, qué placer secreto y triunfal, a la melancolía para tentarnos con cuanto fue? ¿Qué es lo que ofrece que nos olvidamos de respirar, que nos convierte en clásicos antiguos, en griegos dormidos bajo los ensueños de Platón que se conjugan con la mitología de Caronte? ¿Qué será lo que me enseña a mí el hoy, el ahora, que lo prefiero a lo anterior, a lo pretérito? De algún modo exhibe sus virginales carnes, blanquecinas de incertidumbre, sobre las que ejercer mis manos para desbastar cualquier impureza que surja.

Será eso por lo que me seduce, tal vez por lo que me engaña. Y porque me dejo. Pero no tiene tanto sentido si lo hago solo, si no tengo con quién compartirlo. Compartirlo con la misma devoción y santa fe, complicidad por supuesto, como se comparten unas caladas de ese peta o los tragos de una bebida de locos bohemios, o simplemente una cerveza sin más. Lo mismo que eso, con el gesto subrepticio de saber que de algún modo u otro estás escurriéndote por entre los muros de lo real y las expectativas convenidas.

Sí, es eso. Y eso lo hago mejor con luz, hasta que se apague. He aquí por lo que me quedo con tu sonrisa, y con mi gesto serio aliviado por ese leve movimiento de tu rostro que implica un amanacer en mis entrañas. Hasta que anochezca definitivamente y nuestros soles y nuestras tierras divergan en el curso universal inarbacable. Hasta entonces… Me quedo contigo.

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