Lo prendo tras el abrazo hirviente y al tiempo fresco

de tu piel enrojecida,

no hay prisa, tenemos excusa, estoy cojo, recuerda que

me llamas Quevedo

que  cualquier cosa, que sí que tu ojos

la vida.

No es amor esclarecido, ni un secreto velado,

es hecho esclarecedor,

es mi taquicardia, mi patria, mi pueblo

amado.

Es el galope del sur sobre mi pecho, es la

fuerza partiéndome el techo

la escayola pareciendo nieve, nieve que

custodia nuestra tierra

para poderle prometer la primavera.

Nuestra tierra. Nuestro no sin discutir por

el camino, nuestras peleas y batallas

ganadas por Eros y sufriéndolo

la cama.

Y al volver, con el aroma santo entre

nuestras caras, te vuelvo a hablar

de lo mágico fugaz de la vida,

de lo trágico.

Me acuerdo del abuelo entonces,

me acuerdo y relato, de nuevo,

con heroísmo en las palabras,

que él cayó en Granada.

Como un poeta habría soñado.

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