Olor

Ha sido preciso dejar todo cuanto estaba haciendo, por mundano que fuese, para dedicarme a esta anomalía tan dulce. En esta mañana azul se cuelan los destellos primaverales de un sol dorado que discurre sobre una brisa fresca y cargada de tierra. En tal composición me es inevitable acordarme de ti y pensar, en silencio, que ojalá estés llevándote la tierra en cada inspiración hasta lo más íntimo de tu mente y que ahí me encuentres a mí, desnudo, tumbado sobre la hierba. Pese a que sea pleno invierno.

También me acuerdo de algo importante. Ese niño del que te hablé y se niega a aceptar la existencia de la muerte, que niega la paz de ese último tramo y la repudia de inicio a fin porque, en su esencia, no la comprende. Dice que es cobarde y yo me pregunto cómo poder serlo en un día como hoy, más que como todos, ya que es tan hermoso y puro y pulcro y lleno de olor de vida que lo demás se disipa en una insondabilidad estimulante y eufórica.

Por qué negar la muerte si tenemos hermosas joyas como esta. ¿Acaso nadie lo huele? ¿Acaso solo soy yo el afortunado cuyos caños de la nariz palpitan ante este olor abrilero anticipado que se muestra como un regalo atemporal? No. Definitivamente no puedo ser yo el único. Pero aun así os aviso. Os digo que esto es una fresca maravilla muy distante del frío helador que cristaliza los huesos.

Esto es un milagro, en toda su extensión, que debe ser asumido como tal y apenas comprendido. Porque, como bien recordarás, aunque ese niño me dijese que soy valiente por asumir la existencia y necesidad de un final, resulta que la valentía no radica ahí sino en entregarse a locuras de cualquier tipo. Como, por ejemplo, vivir la primavera en un treinta de diciembre. Un treinta de diciembre, que, pese a todo, lo pide a gritos y se ha vestido a sí mismo.

Claro que yo también tengo ventaja para bucear aún más en este olor. Y es que tiene más sabor si, como ya he dicho, te trae a mí, me brinda todo tu recuerdo.

A unos 13ºC

El olor lo dice todo. La tibia humedad confirma el sueño.

Con cuatro grados por encima de tu predicción, y un beso extendido en el tiempo dos veces esa diferencia, cómo no sentir que te quiero mientras escribes con tu lengua algunos renglones de tu alma sobre mi paladar. Cómo no si siento que buceas entre mi saliva y te saboreo los dientes y las encías.

Quererte sin más. Sin ni siquiera esperarlo.

Yo ya tengo mis regalos, ya que se ha colado hoy la primavera para abrazarnos.

Si se resbalase…

No podía evitarlo. Mientras esperaba sobre la capa helada de nieve  pensaba constantemente en un favor del hielo. La estaba observando caminar delante de él. La miraba elevar sus pies en un delicado movimiento de anticipación al siguiente paso, y rezaba con cada fin de vuelo de sus piernas, con cada retorno de las suelas de sus zapatos a la nieve, para que calculase mal y se precipitara al suelo.

Ella nunca calculaba mal. Hasta el más aleatorio movimiento que pudiera realizar se veía sustentado por algún tipo de gracia natural que lo imbuía de pura magia. Volvió a seguir sus pasos.

Por eso deseaba que resbalase, que cayese sobre la mullida capa de nieve fría. Tan fría que la hiciese tiritar desde los mismísimos huesos y al mismo tiempo la enrojeciese de pudor. No sabía muy bien por qué pero se la imaginaba con los ojos brillantes y una sonrisa contenida a punto de estallar en carcajada.

Así se la imaginaba. Así cayendo, casi ingrávida, como los copos que se le estaban poniendo a él en los ojos y por un instante le impedían verla. Vigilarla. Para no perder detalle de ese paso en falso que habría de suceder antes o después, por ejemplo en el pequeño desnivel antes del paso de peatones.

Allí mismo. Que cayese para poder tener una excusa con la que acercarse a ella y justificar el secuestro de atención que llevaba ejerciendo de manera ilegítima, pero tan agradable, sobre su razón a medias entre lo adulto y la adolescencia.

Y cayó. Por algún irónico milagro, tal vez para ponerlo a prueba, cayó justo en el inicio de la rampita antes del paso de peatones y la nieve ahí no estaba tan mullida porque no había un buen lecho donde asentarse. De inmediato se arrepintió, un poquito, de sus deseos, y de sus planes, y de sus cábalas. Porque hacía frío. La nieve estaba helada y lo hacía temblar desde los huesos, tenía el rostro enrojecido y los ojos brillantes así que no podía achacar la culpa al frío. Era pura vergüenza de haber caído en el lugar y del modo en que deseaba que ella lo hiciera.

Pero lo hizo él. Y supo que ni de lejos tan graciosamente como pudiera haberlo hecho la chica.

Sin embargo no fue tan desastroso. Por el ruido del impacto, por el grito sobresaltado al no esperarse bajo ningún concepto semejante trampa del azar y la providencia, ella se dio cuenta de que estaba ahí y pudo tener vía libre para acercarse. Para tocar sus manos, aunque estuviesen enguantadas, y arrojarse a sus ojos y mirar bien adentro de ellos pensando, tal vez, en que parecían joyas de sol entre tantísimo blanco de pureza o manicomio. Según se mirase.

Pero no dijo nada de eso. Porque además de que no le hacía falta hablar, tampoco se atrevió a mirarlo cara a cara. Solo le ayudó a levantarse. Y él pensó que ojalá se resbalase y cayese sobre él porque la espalda ya la tenía mojada y seguro que ella no pesaría nada en absoluto y podría juntarse a sus mejillas y sentir que su piel era un manto de calor lunar sobre tanto blanco de perfección o infinidad.

– Lo siento, no tenía la cabeza en este plano. Gracias por ayudarme.

– De nada – los ojos de ella emitían mensajes que él consideró erróneos en el destinatario. Por un momento estuvo a punto de ignorar el sentido común y lanzarse a por ellos sin pensarlo y darse un baño de estrellas. Así le brillaban. – ¿En qué pensabas? – Y él pensó de nuevo en todo lo que pensaba y decidió que sería mejor decir cualquier otra cosa, pero cualquier otra cosa podría significar una enorme tontería y ahora que estaban tan cerca preferiría guardar silencio para siempre y que fuera perfecto cuanto pudiera serlo pero, para ser precisos, se le acababa el tiempo.

– Pensaba en… – ahora mismo en nada – en… Bueno… en que ojalá hubieses resbalado…

-¿Pero…? ¿Por qué? – y ni aún por esas perdía la sonrisa – ¿Es que te he hecho algo? ¿Para qué querrías que resbalase?

– Porque según pensaba habría sido yo quien te hubiese ayudado a levantarte y mientras cogiese tu mano me las habría ingeniado para esquivar la seguridad de tus guantes y haberle regalado a la yema de algunos de mis dedos la inocencia táctil de tu muñeca; y luego te habría podido decir que te llevo viendo caminar por delante de mí no sé cuántos días y a lo mejor te habrías asustado pero ya te tendría con las muñecas sobre las enormes palmas de mis manos y podríamos sentir el calor el uno del otro. Solo así habría tenido el valor y el espíritu de acercarme a ti, de hablarte de la primavera sin decir nada y de tu cuerpo al sol, con la ropa ligera y los dos atrapados en sudor en el mismo abrazo. Alejándonos del frío en ese instante podría haberte consolado diciendo que la caída había estado como imbuida de algún tipo de magia, o que parecías ingrávida como un perfecto copo de nieve que flota y se posa sobre mis párpados impidiéndome verte durante un segundo, causando el más profundo de mis males. Ya ves, solo un segundo. Un segundo nada más. Y te habría susurrado mi nombre, así de pasada, solo para que te acordases de mí para volver a repetirlo y comprobar cómo suena de tus labios. Unos labios como los tuyos que ahora, por el frío, tienen más color y están mas vivos y me dicen quiéreme, o eso les oigo decir y de verdad que los deseo. Porque quiero robarte el aliento de la boca para que calientes mi alma, sobre todo desde que el termómetro prescindió del signo positivo. Yo qué sé. Por eso esperaba que te cayeses tú, pero que no te hicieses demasiado daño, solo el justo para que fuese algo sin importancia y tener así una excusa para decirte que te apoyases en mi hombro, que te ayudaba a caminar, y que no te dejaría volver a caer. Nunca más. Habría forzado alguna situación para propiciar algún abrazo al que no te habrías resistido porque todo habría sido perfecto hasta entonces y te diría, también de pasada, que nunca te fueses, que te quedases conmigo para que no tuviera más miedo a la oscuridad después de una pesadilla. Te habrías reído entonces. Tan profundamente, tan de niña, que habría firmado mi vínculo a tu cuerpo y a tu nombre, a tu esencia, de inmediato. Solo por eso quería que resbalases… Nada más.

Sintió que se agotaba el tiempo, y que ella seguía delante de él y que no había movido ni un ápice las manos de entre las suyas. Que seguían unidos. La vio llorar. Tímidamente, con la sonrisa entera temblándole en los labios. Y no pudo él hacer otra cosa que mirar aquella gota de agua que iba a convertirse en rocío sobre sus mejillas.

Antes de que ocurriese la bebió directamente de sus ojos. Le rozó la cara con su barba y adivinó su sabor, y su aroma, y le dijo, en un hilo de voz, que se había bebido esa lágrima porque sabía cuánto duele que el llanto se congele en el interior.

– Además, ahora estoy seguro de que nunca he bebido algo tan dulce…

Los ojos de él eran aún más solares que antes… Pero ella no dijo nada, no podía hablar. Solo juntó su mejilla a la suya y pensó que, tal vez ahora, tampoco tendría miedo de la oscuridad.

Lluvia ácida.

Tengo que decírtelo.

Ya no se me ocurren las mismas historias que antes. Me estoy volviendo loco dentro una espiral de pensamiento infructífero para las emociones ajenas. Claro que hago todo esto también por mí, pero sin seísmos en el interior de los demás y sin cambio en sus expresiones, apenas vale un poco. Un poco sí, claro.

Sin embargo tengo que decirte algo importante. Algo como esas nubes de tormenta que traes a mi sofá por los vientos de otros. Escucha. Ese aire es ponzoñoso. Es una mezcla contaminada que radica en la carencia de una determinación moral, de una presencia de espíritu auténtica. Son vientos movidos por la oportunidad, por un egoísmo que los hace creer que los cielos son suyos.

Pero tú, tú pequeña primavera, debes mantenerte firme. No entristezcas tus ojos de abril sobre mis anhelos, mi sed de mayo, mi hambre de ti. Porque a ellos no les importa. Porque la lluvia de tus pestañas les es indiferente y, si acaso, producto de tu remordimiento. Un remordimiento que ni te mereces ni te corresponde. Porque aunque inexperta tratas de ser justa.

La justicia, la exacta retribución equilibrada de los actos y decisiones de cada uno. Es la hermosa de la fiesta pero la más fea para bailar. Para ti no. Sobre tus piernas de agosto, más calientes que cálidas, contoneas tu cadera sobre su mirada casi inmóvil, impertérrita, y eterna que evalúa valorando cada ápice de movimiento.

Ella conoce de tus tempestades. Conoce de sobra esos vientos ajenos, fraudulentos y escabrosos que no dudan en barrer del cielo las nubes que ni les interesan ni comprenden. Tampoco se esfuerzan por intentarlo. Es más fácil acusar al sol cuando no se ve que tratar de abrir los ojos. Eso tú lo sabes, nos ha ocurrido más de alguna vez.

Así que no dejes que te posea lo metálico del invierno. Abre las ventanas de tu cuerpo para que entre su aire frío hasta tu alma, y cuando por él apenas puedas moverte grita, grita porque iré para esconderte sobre mi cama. Y te abrazaré sobre mi pecho. Dirigiendo la oscilación de tus caderas sobre mis ingles desviaré el aire nocivo que intente intoxicar tu mente.

Te libraré de los recuerdos. De todo ese almanaque extenso de antiguos momentos que utilizas como cuchillas temibles con las que herirte. Y tratas de infectar la hemorragia con un torrente de culpabilidad. Además tratas de hacerlo delante de mí. No creas que puedo olvidar que sé curar con mi saliva. Por dudar duda cuanto quieras. Solo así podrás hacerte las preguntas más incómodas, solo así hallarás las respuestas más válidas.

Olvida lo demás. Ignora por completo por qué y por qué no. Exprésate en términos significativos. Ya sabes, en lo que fue y en lo que es. Porque a veces los motivos apenas importan. De hecho no suelen importar nunca. Los motivos no cambian el hecho. Por eso es indiferente lo demás, la ciudad y todo su ruido, cuando descendemos bajo el nivel del suelo a callejear por nuestros terrenos subcutáneos.

Si cierran la puerta, vete; si se quedan apoyados en cualquiera de las jambas, no te fíes. No te fíes porque en cualquier momento podrán recular y cerrar de golpe, dejándote a un centímetro del umbral y no te dirán por qué. Bastará la hoja como motivo, tú sabrás que es una excusa. Pero ellos dirán que no lo entiendes, soplarán su convicción única, y volverán a traer los vientos de tormenta. Vale más, creo, una puerta bien cerrada que una a medias.

Así que ya está bien de esa bruma en la mirada y del crepúsculo bajo tus ojos, y de la sombra en tus mejillas. Porque aquí trato de darte luz, trato de hacerlo conectándome a la Tierra, enchufándome al sol o rogándole a la luna.

Ya vale entonces de preocuparte por esas nubes de lluvia ácida, y vente a mí que te prometo revolcarnos en una auténtica tormenta.

Santa desvergüenza

Porque no entendéis, decís, cómo el aborto no es considerado delito penal ya que, consideráis, se trata de un atentado a una vida inocente. Lo que yo no entiendo es cómo no se os cae el rostro a pedazos que desgarre la vergüenza. Porque, al final, va a resultar que las muertes derivadas por la no utilización del condón en cualquiera de los países sin apenas medios y sí mucha desesperanza son el designio de los cielos. Países en los que aprovecháis la desventaja de la población para abusar con una evangelización radical y fanática cuyo origen dista mucho de ser, a estas alturas ya, parecida a la palabra de Cristo.

Lo que yo no entiendo es que para vosotros el SIDA no exista y que encima esperéis el reconocimiento de Dios en las puertas de su Reino infinito. ¿Eso no es delito? ¿Negar algo así no lo es? ¿Ser parte activa y responsable de la propagación del peor virus de la Historia del hombre no ha de llamar a la acusación de vuestra demacrada Iglesia?

En cualquier caso el aborto lo concebís como el asesinato a un inocente. Un inocente potencial, de hecho, que hasta donde conocemos no es todavía humano. ¿Qué pasa con los jóvenes infectados de SIDA y portadores de VIH de África? ¿Y con los que no son tan jóvenes?

Bajo la afirmación de vuestra desvergüenza solo me quedan dos opciones: que seáis la reencarnación misma del Diablo, o que estéis queriendo dar a entender que la población hundida en la miseria de Asia, Sudamérica o África no son, en absoluto, inocentes.

Os lo juro por lo más sagrado en lo que creo… No tenéis perdón de Dios.

Ya están aquí

Ayer estaba viendo la ciudad a través de una ligera nube de humo blanco y profundo aroma. Estaba empezando a darme cuenta de que la ciudad ya se movía bajo el influjo invernal de luces artificiales por todas partes mofándose de un atardecer indignado por eso de ser las seis de la tarde y empezar ya a estar oscuro.

Ayer me fijaba en las luces de la fachada de enfrente. Unas luces colocadas fuera de toda mesura, haciendo una apología brutal a la corriente del démelo más grande todavía. Ayer me fijé en eso mientras el tabaco puro me oscilaba lentamente las neuronas y me dejaba un regusto agradable en la boca. Hoy ya he visto de nuevo a los papanoeles estampados contra las cornisas, colgando descoyuntados víctimas de sí mismos y su poderío comercial.

Ayer instalé Ubuntu y hoy actualizo desde él. De algún modo siento que soy un poco más fiel a mi pensamiento. Aunque el monopolio siga y la codicia avance. Lo demuestran los anuncios de colonia. Cinco de una tacada. Cinco en apenas dos minutos. Horroroso. De verdad. Ya no porque uno fuera de Ana Rosa anunciando su estilo. No. Es ese mundo que anuncian de muñecas perfectas y chicos inquebrantables. Pero… Tampoco. Es esa artificialidad, ese juego de lentes deformadoras de la realidad que no te inician en su viaje psicodélico para hacer, no sé, algo. Te inician para que te lo creas. Para que te rocíes en esos efluvios y de paso te olvides del espliego, o del romero, o de la tierra mojada. Los aromas eternos, en definitiva.

Esos jodidos anuncios se me han caído encima como una auténtica losa de mierda y, para colmo de ironías, papá noel me la ha clavado de nuevo gracias a su madre cocacola. El mejor anuncio otra vez. Te sacan la sonrisa. Además tienen una curiosa mezcla de realismo y fantasía. Joder, me gustan sus anuncios.  Pero prefiero la cerveza.

¿En qué podrían usar la pasta y el cerebro si no la derrochasen en cutres anuncios de colonias? No tengo ni idea, pero luego dicen que la marihuana idiotiza.

Gloria a ti.

A ti, bárbaro. Gloria a ti y a tu esfuerzo por la supervivencia en un mundo doloroso y hostil. Un mundo que es un prado de hermosas vistas y plantas y animales y también hogar de distintas alimañas. Gloria a ti y a tu sangre derramada, bárbaro. Tu sangre mezclada con la de aquellos antiguos que la amaban sobre todas las cosas, que con ella juraban honor y lealtad, amistad y muerte. Vida plena.

Gloria a ti y a tu luna. A tu enorme hacha y al espadón ceñido a tu espalda, a tu fuerza inquebrantable y la resolución de la justicia en tu mirada. Gloria a tu cuerpo ya deshecho y a tu alma elevada desde las profundidades de una cripta gélida de aire enrarecido.

Descansa ya, hermano y amigo. Descansa y déjame recordar lo que aprendí de ti, lo que aprendimos juntos. Y hónrame con tu valentía, con tu loca heroicidad y tu mundo para todos aquellos justos, honestos y sinceros. Gloria a tus sueños, bárbaro.

Marcha ya a la sala eterna donde el baile y las risas no cesan jamás, donde el Elegido aguarda tu llegada para recibirte en su seno y mostrarte la silla que ocuparás durante el banquete de tu bienvenida. Marcha ya, centinela admirado, y siéntate a su vera, y escucha las historias que ha de contarte. Historias de gloria en las que tú acabarás por verte incluido.

Todo a ti, a ti, joven bárbaro, soñador aventurero. Gloria a ti, eterno, y que estas palabras te lleguen, aunque sea a destiempo pues no pude estar contigo en el crucial instante, como aún tanto deseo.

Hasta que nos volvamos a ver, si acaso sucede, descansa tranquilo. Vive tu otra vida, y sé feliz.

Ey…

– Ey… Yo te conozco. ¿Qué tal, qué haces por aquí?

– No suelo hacer esta ruta, hoy ha coincidido, simplemente.

– Pero deberías estar en clase, ¿no? ¿Qué te ha traído a estar en este autobús?

– No estoy segura. Pero eso no importa, ¿no crees?

– No, no creo que importe. Sabes…

– No, no lo sé. Tú lo sabes. ¿Lo sabes?

– Puf… ¿Qué le pasa a toda esta gente? ¿Por qué nadie habla? Solo farfullan. Y por qué este traqueteo, y la luz blanquecina y el calor que me quema en las mejillas. Me molesta toda la ropa.

– No sé por qué haces tantas preguntas. En realidad conoces todas las respuestas.

– Cierto… Pero aún no lo comprendo.

– ¿El qué?

– Lo de la llave. Sí, la llave.

– La llave. Claro. Nunca es fácil dominarlo. Pero no te preocupes. Ya la giraste una vez. Ahora no tengas prisa.

– Prisa. No. No. Qué va. Oye… ¿Por qué llora esa chica? ¿Se ha quedado embarazada sin querer? ¿La ha dejado su novio?

– Otra vez con preguntas… Mírame, ya sabes la respuesta.

– Así que es cierto…

– Sí…

– Es seropositiva. Vaya. No hace mucho que lo sabe pero sí que lo sospechaba.

– Lo dicen sus lágrimas.

– Bueno, ya no importa. No es tan grave como era antes.

– Desde luego que hay cosas más graves.

– Sí, profesora. Las hay.

– Como que la gente no hable.

– Sí, exacto.

– ¿Qué es lo que esperas?

– No sé por qué preguntas, profesora. No debería hacerte falta…

– Lo sé. Es por respeto… Además ya tienes tu llave.

– Siempre eres bienvenida. Aunque no esperase encontrarte en el mismo autobús que yo. No te ha sentado mal mi sorpresa.

– No has preguntado.

– No tendría sentido haberlo hecho.

– No. Dime qué es lo que esperas. Quiero oírlo.

– Espero que la gente se hable. Se comuniquen. Y que explote de una vez la inteligencia artificial. Que lo haga de tal modo que deje de ser artificial.

– Que sea natural. Así las personas tendrán con quien hablar…

– Sí profesora. Así las personas sabrán qué es lo que han estado perdiéndose durante todos estos años.

– Hablas de servilismo.

– Hace tiempo que la tecnología dejó de ser un servicio para el hombre. Es el individuo y, a través de él su sociedad circundante, quien está al servicio de la tecnología.

– Es cierto que tenías la llave. Desde joven. Se podía ver en tu perdida arrogancia.

– Era un ignorante.

– No te disculpes.

– De acuerdo, profesora.

– Inteligencia artificial llevada a sí misma a la categoría de natural, ¿eh?

– Libertad para el pensamiento. Terapia de choque. Una mirada atrás. Los grandes descubrimientos, los grandes progresos, despiertan procesos de nostalgia y soledad existencial.

– Estás girándola. Escucha el mecanismo de la cerradura.

– Esa soledad existencial nos lleva a preguntas manipuladas para darnos respuestas que nos acerquen a lo descubierto y, al mismo tiempo, nos distancien piramidalmente de ello. La consciencia del descubridor genera una falsa creencia de legitimidad sobre las consideraciones de lo descubierto. Es falsa.

– Es falsa. Lo es. La inteligencia siempre es inteligencia. Es crítica, es dinámica y activa. Es. Sobre todo es. Es imprevisible y envolvente.

– Sí profesora. Esférica. Quien desarrolle la inteligencia esférica obtendrá la sutil ventaja de la vista del águila.

– Me encanta la historia del águila.

– Lo sé, profesora. A mí, sin embargo, no me gusta nada ese cartel.

– El de la ceguera.

– Es una buena metáfora, profe.

– Ya, para el que la sepa ver.

– Buen juego de palabras. Pero ahora en serio… ¿La gente no ve el cambio?

– No preguntes, obsérvalos. Siguen sin hablarse.

– Lo sé. Pero no puedo comprender por qué no encuentran su llave. Tampoco comprendería que no quisiesen buscarla.

– Libertad. Es fundamental.

– Pero sin inteligencia, ni crítica, ni voluntad…

– Es inútil. Lo sabemos.

– Sí. Lo sabemos. No me gusta ese cartel porque promociona una exclusión. Tiene un implícito terrible.

– Un implícito retrógrado.

– E hipócrita.

– Los políticos saben de eso, ¿verdad?

– Sí.

– Pero creo que ellos disponen de algún tipo de llave…

– O de las cerraduras mal atendidas… Las llaves no incitan a la manipulación.

– Profesora… A veces creo que más a la angustia.

– La angustia. Como la que despierta el cartel. Lo sé.

– Es una falsa promesa de desarrollo social.

– Promesas…

– Entiendo que quieran cambiarlo, pero… Pero no así.

– No sin igualdad. Es cierto.

– Cuando pones dos entidades y las confrontas por comparación jerárquica y solo tienes una de las comparaciones en consideración, es obvio que una de las dos entidades queda por encima de la otra.

– Es trágico. Lo sé.

– Sí, profesora. Es repugnante. Se supone que es contra eso mismo contra lo que luchan…

– Se suponen demasiadas cosas.

– Es una lástima. Tengo que retocar esos carteles.

– Qué quieres conseguir…

– Dejar patente que existen recovecos donde esconder cosas por mucho que nos muestren estancias diáfanas y vacías.

– Si alguien lo quiere ver…

– Si a alguien le ayuda a desear su llave.

– Curioso chico… Curioso chico con ilusión y sin arrogancia.

– Bueno…

– Me acuerdo de tu acné.

– Yo también, profesora. Yo también. Sigue, sigue…

– Me encanta reírme, me encanta.

– La gente ni se ha girado. No es que no hablen, es que ni escuchan ni oyen ya.

– Porque su mente comprende que el resto de personas son entidades orgánicas no ligadas entre ellos de manera directamente tecnológica.

– El puente espiritual es más poderoso…

– Ahora cuesta más cruzarlo porque primero hay que tenderlo.

– Y entenderlo.

– Bien visto, muchacho.

– Me bajo aquí, profesora. Deberías bajarte también, ¿no?

– Hoy me apetece viajar aleatoriamente. Nos apetecía encontrarnos.

– Así ha sido.

– Cuida de tu llave.

– Igualmente, maestra.

– Tu identidad eres tú y tu interpretación del mundo y los hechos. ¿Por qué buscas de esa manera tan desesperada el hallazgo ajeno de ti mismo?

– Esa pregunta… Esa pregunta sí tiene sentido hacérmela. La llave no ha llegado tan allá.

– La puerta está casi abierta…

– Pero no del todo. Veo luz tras una rendija. La luz trae sombras consigo.

– Y la zona intermedia en la que tú estás.

– Así es, maestra. En la que solemos estar.

– Solemos… Cierto.