Lluvia ácida.

Tengo que decírtelo.

Ya no se me ocurren las mismas historias que antes. Me estoy volviendo loco dentro una espiral de pensamiento infructífero para las emociones ajenas. Claro que hago todo esto también por mí, pero sin seísmos en el interior de los demás y sin cambio en sus expresiones, apenas vale un poco. Un poco sí, claro.

Sin embargo tengo que decirte algo importante. Algo como esas nubes de tormenta que traes a mi sofá por los vientos de otros. Escucha. Ese aire es ponzoñoso. Es una mezcla contaminada que radica en la carencia de una determinación moral, de una presencia de espíritu auténtica. Son vientos movidos por la oportunidad, por un egoísmo que los hace creer que los cielos son suyos.

Pero tú, tú pequeña primavera, debes mantenerte firme. No entristezcas tus ojos de abril sobre mis anhelos, mi sed de mayo, mi hambre de ti. Porque a ellos no les importa. Porque la lluvia de tus pestañas les es indiferente y, si acaso, producto de tu remordimiento. Un remordimiento que ni te mereces ni te corresponde. Porque aunque inexperta tratas de ser justa.

La justicia, la exacta retribución equilibrada de los actos y decisiones de cada uno. Es la hermosa de la fiesta pero la más fea para bailar. Para ti no. Sobre tus piernas de agosto, más calientes que cálidas, contoneas tu cadera sobre su mirada casi inmóvil, impertérrita, y eterna que evalúa valorando cada ápice de movimiento.

Ella conoce de tus tempestades. Conoce de sobra esos vientos ajenos, fraudulentos y escabrosos que no dudan en barrer del cielo las nubes que ni les interesan ni comprenden. Tampoco se esfuerzan por intentarlo. Es más fácil acusar al sol cuando no se ve que tratar de abrir los ojos. Eso tú lo sabes, nos ha ocurrido más de alguna vez.

Así que no dejes que te posea lo metálico del invierno. Abre las ventanas de tu cuerpo para que entre su aire frío hasta tu alma, y cuando por él apenas puedas moverte grita, grita porque iré para esconderte sobre mi cama. Y te abrazaré sobre mi pecho. Dirigiendo la oscilación de tus caderas sobre mis ingles desviaré el aire nocivo que intente intoxicar tu mente.

Te libraré de los recuerdos. De todo ese almanaque extenso de antiguos momentos que utilizas como cuchillas temibles con las que herirte. Y tratas de infectar la hemorragia con un torrente de culpabilidad. Además tratas de hacerlo delante de mí. No creas que puedo olvidar que sé curar con mi saliva. Por dudar duda cuanto quieras. Solo así podrás hacerte las preguntas más incómodas, solo así hallarás las respuestas más válidas.

Olvida lo demás. Ignora por completo por qué y por qué no. Exprésate en términos significativos. Ya sabes, en lo que fue y en lo que es. Porque a veces los motivos apenas importan. De hecho no suelen importar nunca. Los motivos no cambian el hecho. Por eso es indiferente lo demás, la ciudad y todo su ruido, cuando descendemos bajo el nivel del suelo a callejear por nuestros terrenos subcutáneos.

Si cierran la puerta, vete; si se quedan apoyados en cualquiera de las jambas, no te fíes. No te fíes porque en cualquier momento podrán recular y cerrar de golpe, dejándote a un centímetro del umbral y no te dirán por qué. Bastará la hoja como motivo, tú sabrás que es una excusa. Pero ellos dirán que no lo entiendes, soplarán su convicción única, y volverán a traer los vientos de tormenta. Vale más, creo, una puerta bien cerrada que una a medias.

Así que ya está bien de esa bruma en la mirada y del crepúsculo bajo tus ojos, y de la sombra en tus mejillas. Porque aquí trato de darte luz, trato de hacerlo conectándome a la Tierra, enchufándome al sol o rogándole a la luna.

Ya vale entonces de preocuparte por esas nubes de lluvia ácida, y vente a mí que te prometo revolcarnos en una auténtica tormenta.

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1 comentario

  1. Bruja said,

    diciembre 17, 2009 a 4:45 pm

    Llevo un par de días de mente muy enferma. Y ya tenía ganas de leer algo que me agitara, siempre que sea bueno, y que me calme.


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