Si se resbalase…

No podía evitarlo. Mientras esperaba sobre la capa helada de nieve  pensaba constantemente en un favor del hielo. La estaba observando caminar delante de él. La miraba elevar sus pies en un delicado movimiento de anticipación al siguiente paso, y rezaba con cada fin de vuelo de sus piernas, con cada retorno de las suelas de sus zapatos a la nieve, para que calculase mal y se precipitara al suelo.

Ella nunca calculaba mal. Hasta el más aleatorio movimiento que pudiera realizar se veía sustentado por algún tipo de gracia natural que lo imbuía de pura magia. Volvió a seguir sus pasos.

Por eso deseaba que resbalase, que cayese sobre la mullida capa de nieve fría. Tan fría que la hiciese tiritar desde los mismísimos huesos y al mismo tiempo la enrojeciese de pudor. No sabía muy bien por qué pero se la imaginaba con los ojos brillantes y una sonrisa contenida a punto de estallar en carcajada.

Así se la imaginaba. Así cayendo, casi ingrávida, como los copos que se le estaban poniendo a él en los ojos y por un instante le impedían verla. Vigilarla. Para no perder detalle de ese paso en falso que habría de suceder antes o después, por ejemplo en el pequeño desnivel antes del paso de peatones.

Allí mismo. Que cayese para poder tener una excusa con la que acercarse a ella y justificar el secuestro de atención que llevaba ejerciendo de manera ilegítima, pero tan agradable, sobre su razón a medias entre lo adulto y la adolescencia.

Y cayó. Por algún irónico milagro, tal vez para ponerlo a prueba, cayó justo en el inicio de la rampita antes del paso de peatones y la nieve ahí no estaba tan mullida porque no había un buen lecho donde asentarse. De inmediato se arrepintió, un poquito, de sus deseos, y de sus planes, y de sus cábalas. Porque hacía frío. La nieve estaba helada y lo hacía temblar desde los huesos, tenía el rostro enrojecido y los ojos brillantes así que no podía achacar la culpa al frío. Era pura vergüenza de haber caído en el lugar y del modo en que deseaba que ella lo hiciera.

Pero lo hizo él. Y supo que ni de lejos tan graciosamente como pudiera haberlo hecho la chica.

Sin embargo no fue tan desastroso. Por el ruido del impacto, por el grito sobresaltado al no esperarse bajo ningún concepto semejante trampa del azar y la providencia, ella se dio cuenta de que estaba ahí y pudo tener vía libre para acercarse. Para tocar sus manos, aunque estuviesen enguantadas, y arrojarse a sus ojos y mirar bien adentro de ellos pensando, tal vez, en que parecían joyas de sol entre tantísimo blanco de pureza o manicomio. Según se mirase.

Pero no dijo nada de eso. Porque además de que no le hacía falta hablar, tampoco se atrevió a mirarlo cara a cara. Solo le ayudó a levantarse. Y él pensó que ojalá se resbalase y cayese sobre él porque la espalda ya la tenía mojada y seguro que ella no pesaría nada en absoluto y podría juntarse a sus mejillas y sentir que su piel era un manto de calor lunar sobre tanto blanco de perfección o infinidad.

– Lo siento, no tenía la cabeza en este plano. Gracias por ayudarme.

– De nada – los ojos de ella emitían mensajes que él consideró erróneos en el destinatario. Por un momento estuvo a punto de ignorar el sentido común y lanzarse a por ellos sin pensarlo y darse un baño de estrellas. Así le brillaban. – ¿En qué pensabas? – Y él pensó de nuevo en todo lo que pensaba y decidió que sería mejor decir cualquier otra cosa, pero cualquier otra cosa podría significar una enorme tontería y ahora que estaban tan cerca preferiría guardar silencio para siempre y que fuera perfecto cuanto pudiera serlo pero, para ser precisos, se le acababa el tiempo.

– Pensaba en… – ahora mismo en nada – en… Bueno… en que ojalá hubieses resbalado…

-¿Pero…? ¿Por qué? – y ni aún por esas perdía la sonrisa – ¿Es que te he hecho algo? ¿Para qué querrías que resbalase?

– Porque según pensaba habría sido yo quien te hubiese ayudado a levantarte y mientras cogiese tu mano me las habría ingeniado para esquivar la seguridad de tus guantes y haberle regalado a la yema de algunos de mis dedos la inocencia táctil de tu muñeca; y luego te habría podido decir que te llevo viendo caminar por delante de mí no sé cuántos días y a lo mejor te habrías asustado pero ya te tendría con las muñecas sobre las enormes palmas de mis manos y podríamos sentir el calor el uno del otro. Solo así habría tenido el valor y el espíritu de acercarme a ti, de hablarte de la primavera sin decir nada y de tu cuerpo al sol, con la ropa ligera y los dos atrapados en sudor en el mismo abrazo. Alejándonos del frío en ese instante podría haberte consolado diciendo que la caída había estado como imbuida de algún tipo de magia, o que parecías ingrávida como un perfecto copo de nieve que flota y se posa sobre mis párpados impidiéndome verte durante un segundo, causando el más profundo de mis males. Ya ves, solo un segundo. Un segundo nada más. Y te habría susurrado mi nombre, así de pasada, solo para que te acordases de mí para volver a repetirlo y comprobar cómo suena de tus labios. Unos labios como los tuyos que ahora, por el frío, tienen más color y están mas vivos y me dicen quiéreme, o eso les oigo decir y de verdad que los deseo. Porque quiero robarte el aliento de la boca para que calientes mi alma, sobre todo desde que el termómetro prescindió del signo positivo. Yo qué sé. Por eso esperaba que te cayeses tú, pero que no te hicieses demasiado daño, solo el justo para que fuese algo sin importancia y tener así una excusa para decirte que te apoyases en mi hombro, que te ayudaba a caminar, y que no te dejaría volver a caer. Nunca más. Habría forzado alguna situación para propiciar algún abrazo al que no te habrías resistido porque todo habría sido perfecto hasta entonces y te diría, también de pasada, que nunca te fueses, que te quedases conmigo para que no tuviera más miedo a la oscuridad después de una pesadilla. Te habrías reído entonces. Tan profundamente, tan de niña, que habría firmado mi vínculo a tu cuerpo y a tu nombre, a tu esencia, de inmediato. Solo por eso quería que resbalases… Nada más.

Sintió que se agotaba el tiempo, y que ella seguía delante de él y que no había movido ni un ápice las manos de entre las suyas. Que seguían unidos. La vio llorar. Tímidamente, con la sonrisa entera temblándole en los labios. Y no pudo él hacer otra cosa que mirar aquella gota de agua que iba a convertirse en rocío sobre sus mejillas.

Antes de que ocurriese la bebió directamente de sus ojos. Le rozó la cara con su barba y adivinó su sabor, y su aroma, y le dijo, en un hilo de voz, que se había bebido esa lágrima porque sabía cuánto duele que el llanto se congele en el interior.

– Además, ahora estoy seguro de que nunca he bebido algo tan dulce…

Los ojos de él eran aún más solares que antes… Pero ella no dijo nada, no podía hablar. Solo juntó su mejilla a la suya y pensó que, tal vez ahora, tampoco tendría miedo de la oscuridad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: