Dicen que los han visto.

La mañana de domingo, en un parque, paseando. Dicen que los han visto cogidos de la mano, abrazándose. Regalándose besos de vez en cuando. Se cuenta que estaban por ahí, tan tranquilos, caminando en algún punto sobre la faz de la tierra totalmente ajenos al peligro de la tristeza.

Dicen, además, que en los dos se les veía el color y aroma de la primavera, que el otoño de ella se está volviendo ya esmeralda y los ojos de él van cobrando luz. Poco a poco llaman al sol y van recibiendo respuesta. Eso dicen, que eso han visto.

Y marchando, sonrientes como si tal cosa, han comulgado con la tierra en algo tan sencillo como respirar el parque bullente de vida, ajetreado en su calma milagrosa de existencia y generosidad eterna. La han visto hacerles fotos, la han visto ser feliz. Y a él también coger los sueños prometidos y presentárselos en brazos, en la palma de sus manos, en la escritura imborrable de la lengua y la saliva.

Estaban redactándose el amor en las páginas del alma.

Los han visto y ya está. Juntos. Con un perro y una cámara de fotos, la bruja y el loco. Pudiendo afirmarse felices sin más.

Mamá lo sabe.

Se lo he dicho. Lo de sentirlo todo a lo bestia. No puedo controlarlo, al menos no por ahora. En conjunto puedo decir que me siento feliz y al mismo tiempo notar algo así como un enjambre de abejas obreras zumbando en el puente de la nariz, donde se juntan las emociones. Me ha contestado que suele pasar. A mucha gente, incluso.

Eso de convivir la angustia y la euforia, la preocupación y la tranquilidad. La calma que da ir descubriendo que los sueños pueden cumplirse, que tiene sentido luchar por ellos y, además, la seguridad que otorga el vislumbrar un lugar de realización para los mismos. La certeza de que habrá que seguir sintiendo el esfuerzo y habrá que peregrinar por todos los sabores de cada gota de sudor impulsa a ser más fuerte.

Me apura, como he dicho, la angustia. Porque aún hay que esperar para irme a vivir con la otra parte de mis sueños, la parte que los vigila, que los mima. Me angustio porque veo que aún queda, que costará lo suyo, pero procuro zambullirme en, por lo menos, un charquito de paciencia y así al menos pienso que llegará, que todo llegará antes de que me pueda ahogar en tan pequeño volumen.

Mamá eso no lo sabe, pero sabe todo lo demás. Y también se preocupa, claro, porque a lo mejor su hijo es una vorágine volcánica de espasmos emocionales indefinidos que saltan como electrones en átomos excitados. Pero qué se le va a hacer si es exactamente eso lo que ocurre.

Que me estoy desviviendo por llevar ciertas cosas a mejor. Aunque tal vez no esté siguiendo el mejor modo. Lo que sí sé es que me siento algo cansado y que dormir una noche del tirón no me vendrá mal en absoluto… Aunque me gustaría más pasarla con quien tiene soplos de polvo de estrellas que esparcir sobre mis ojos cuando mis párpados ya pesan demasiado, cuando se hacen de arena.

Aunque todo es vivir. Ir de aquí a allá con el cansancio y la promesa del reposo que traerá al alma una siembra de esperanza.

Te lo juro.

No pensaba que tanto necesitase saberlo. Ni pensaba que mi madre pudiera estar tan dolorida por dentro, tan en carne viva las entretelas del alma. Me dice “lo siento” cuando ve que tapo con mi brazo los ojos arrasados anunciando abril lluvioso. Lo siente por lo mismo que yo, porque no pudimos tenerlo.

Y yo pienso en cómo es posible que una persona con tanto amor, con tanta seguridad a la hora de discernir el camino adecuado, pudo cometer semejante equivocación. Me estremezco al pensar en cómo tuvo que sufrir él al darse cuenta de lo que perdía, cuando se diese cuenta de que lo mejor que había hecho en su vida seguiría avanzando por delante de él.

Llevándose algún recuerdo y un mundo inconmensurable de deseos. De preguntas, de dudas. De lágrimas esporádicas y repentinas.

Cómo se puede patinar de ese modo. Y cómo puedo ir yo desde estas lágrimas a hablar con él, a preguntarle por qué y lloraríamos los dos. Estoy seguro. En lo que dura un sueño escucharía su risa de nuevo y me parecería nueva porque comprendo como un hombre aunque sueñe como un niño. ¿Podría pedirle que me enseñase a dibujar en ese lapso de tiempo? Yo podría escribirle algo, leérselo. Decirle que lo amo y que sufro también su dolor y el mío y que deseo abrazarlo. Daría tiempo a eso… Solo a eso.

Si solo pudiera verte. Llevar a mamá de la mano y hacer que os encontraseis de nuevo. Algo así como un anuncio de cocacola pero a lo grande. Ver cómo os amabais. Saber que os queríais hasta que doliese, igual que quiero yo en estos días.Pero, en serio, no puedo comprender cómo la jodiste de esa manera.

Y mis sollozos no dan respuesta, ni la jaqueca que se despereza tras el llanto, ni los pulmones gritando al aire que no escape. Solo quiero saber una cosa, ¿dónde estás y cómo puedo encontrarte? Para besarte la frente, la mejilla, la voz y los ojos. Abrazarte junto a mamá y mi hermana y que se hiciera real la sospecha que tengo.

Te presentaría al futuro de mi vida y sé lo que me dirías porque ya te escucho. Aun así mi tacto no se conforma, porque no te recuerda, porque no te conoció. Porque te amamos a flor de piel pese a tu ausencia toda.

Dime, una vez más, papá… ¿dónde estás y cómo puedo llegar hasta ahí? Me da igual que haga frío en las nubes, me abrigaré lo suficiente para estar un rato. Te lo juro… Te lo juro.

Así te invoco.

Me encuentro un cabello suelto, desprendido, de ti. Está sobre el libro que abriré esta noche para acercarme más a mi sueño. Apunta al suelo ese cabello desertor, al hondo infinito de cuando no estoy contigo, como el de ahora, y me habla de trepar sobre el aire hasta superar tu balcón para dar con la  ventana por la que asomarme a tus ojos.

Verte dormir. Sin lágrimas de por medio, sin el rostro quebrado por la incomprensión y el dolor que no entiende de días, ni de fechas, especiales. Con toda la furia de la tierra se me ha anudado la impotencia en el puente de la nariz, sin saber cómo paliar el dolor más que con un abrazo. Un abrazo con el que sentirte como el muro infranqueable que no cederá jamás; como el árbol impertérrito que me cobijará del calor y me brindará una sombra fresca sobre la que yacer desnudo.

Porque no siento más vida que tú ni más mundo que tus piernas, que si me diese por ser Phileas Fog haría ochenta viajes a tus caderas. No en un día, sino en una hora. Y las movería bajo mis manos como arcilla tibia con la que empaparme hasta lo más íntimo. Hasta traspasar el punto más unido de la uña y su carne.

No quiero perderme más que en los secretos de tu piel y no encontrar más luz que tu  sonrisa. Hoy mismo, ahora mismo, en este preciso instante en el que siento el llanto tan próximo como mi hermano o mi propio hijo, necesito tu voz susurrante de silencios para que me llame a bajar de las dudas temibles contra mí mismo.

Llámame para cesar la batalla que se desata en mis adentros, en una identidad críptica que carga un terrible peso en el corazón. Esta tensión. Libérame con tus uñas de esta tensión que me atenaza, que me impide ser totalmente libre, que me hace recordarme constantemente unas expectativas que no sé si lograré, que ni siquiera sé si estoy llamado a lograr por mucho esfuerzo que aplique.

Es por esa canción. Es por ese vaivén sistemático de tu cuerpo bajo el mío en un colchón profesional en lo discreto. El olor a hierro de la sangre fortuita que se escapa de algún lugar de mis músculos gritando un nombre. Tu nombre. Para que me saques de aquí, para poder descansar. Aunque sea un instante, un instante eterno. Lo justo para una visión que me dé paz. Lo justo para verte presidir, bastándote solo tu gracia, el Edén donde sembrar la tierra con mis exhalaciones.

Mi refugio. Mi altar de fe. Mi símbolo. La espera impaciente, casi caprichosa, de leerte decir que me quieres y la espera ansiosa y desesperada de oírtelo decir. Nunca había necesitado tanto un abrazo, y nunca había tenido tan claro qué pecho sería el que se complementaría de modo tan perfecto con el mío.

No sé por qué pero hay algo más que un remolino en mí, si acaso un vórtice, de emociones que me elevan y me hunden a su antojo. Y de entre toda esa bruma, esa niebla de campo de batalla que sepulta a los caídos bajo una pátina de vapor de sangre y olvido, se alza con luminosidad innegable la certeza más evidente que poseo.

La posibilidad de llegar a que se abandone la autodestrucción irracional empieza por mí. Porque te quiero. Porque yo soy sol y tú eres cielo; yo guerra y tú paz. Yo las nubes y tú la lluvia. El arrullo para dormir los gritos de esquizofrenia e histeria de alguien que vive en mí y, ahora, no quiere decirme quién es. No sin al menos haberme rajado por dentro los inicios del alma.

Pregúntame qué pasa… Te diré que te anhelo. Y para tu llanto mi sed.

A falta de treinta minutos, Eighteen.

Me quedo un poco obnubilado ante el extremo encendido. Se incendia con cada aspiración y me acaricia por dentro. Se me agita el alma quietamente, me distancio del suelo y pienso, y vivo, y nada más. Me agarro a tu mano para tirar de las enaguas de tu espíritu, para que extienda sus alas y me arrope durante el sueño de una noche de verano vista desde el patio de butacas.

A ras de suelo, respirando tus pasos para llegar al camino, hasta ti, hasta encontrarte. Buscar a la vuelta de cada esquina, o en la interminable extensión nocturna de las avenidas, un lugar resguardado donde cenar comida extranjera a un precio asequible. Encontrarlo y reposar en una mesa, comer con ansia, mirarte con fruición.

Pasarte por el lado corriendo y ver tu rostro incrédulo pensando que hay que darse prisa para coger el bus, frenar en seco y, en un instante de suspensión, cogerte en brazos y sentir el motor de un mundo relatar su cometido. Zambullirme en tu sonrisa cuando me descubres encaprichado, o con cara de hambre o algún antojo.

Reunirnos con los amigos en el bar vecino y en el que está un poco más lejos. Comer unas bravas para salvar una tarde sin expectativas o alargar el sábado hasta el límite de peso soportable por los párpados, ayudándonos de alguna que otra jarra de cerveza, para decir que estuvimos todos juntos. Para tener algo que recordar.

Como tu fe, arroyo inquebrantable, que mana de una fuente que de manera imposible podría ser muy distinta de la locura. Quizá tenga otro nombre pero idéntica la esencia. De eso estoy seguro. Porque apoyar mi sueño desde tus voces cuando duermo hasta con el gesto cuando te tengo al lado tiene que ser, por obligación, algo de borrasca intelectual o cognitiva. O tal vez todo lo contrario pero seguro que tiene que ver con lo que hacemos sobre mi colchón. O en el gélido abrazo primero de las baldosas.

Supongo que eso es lo que somos. Todo lo que he dicho y, también, lo que no me he acordado de mencionar. Lo de los abrazos y las caricias, lo de los juegos de poder y las trampas de ingenio o las trampas de sin más, por provocarnos un poco, por saber que estamos jugando en un filo que puede cortar el aire. La hoja de un sable que se funde con demasiada, e injusta, rapidez.

No puede cambiar nada de eso en unas horas. No todo de eso de una forma tan drástica. Así que duerme feliz, duerme tranquila, porque yo mañana despertaré para buscarte. Siendo mañana el mismo misterio que hoy, aunque totalmente distinto.

PD: Te quie… (corto aquí. Vaya plagio si no) Yo la tengo aquí pintada, escuchando esa canción que te he pedido. Esa locura taaaaaaaaaaan relajante que me bambolea de ilusión. Así como agua. Como agua que, de tanta sed, se ve azul. Azul paraíso.

Brea en el cielo.

Con el aire gélido abrasando mis pulmones he caminado, paso a paso, sobre la previsión catastrófica de lo que nos aguarda. He caminado tranquilo, meditabundo, si acaso pensando en alguna posible solución o, al menos, una manifestación de nuestra identidad como pueblo. He estado hundiéndome el rostro tras el vaho ardiente que emanaba de mi boca al estremecerme por los charcos congelados de la calle.

Pensaba en primavera. En una primavera real, estacional, y una social. En un resurgir lleno de vida.

Y he visto a los pájaros. Han sido como una mancha de brea, densa, extendiéndose desde el techo de la estación central de la ciudad. Han aparecido de la nada. Con una agilidad asombrosa, huyendo de un frío terrible que se ceba con los caminantes y trabajadores que se mueven en la intemperie. Un frío bajo un cielo enrojecido de ira y dolor que canta poemas desesperados desde un alba de sangre.

Pero no puedo perder el optimismo ni la ilusión. No puedo hacerlo porque los pájaros no lo han hecho. Con su cuerpo diminuto, fácil presa del frío atroz que lo devora todo, se han lanzado en grupo, unidos, en un vuelo sincronizado y hermoso. Un vuelo de movimientos de verso, con ritmo y música interna tan bellos que no he podido sino detenerme, respirar más hondo aún, y sentir que el frío no solo atenúa sino que también puede hacerte despertar.

Despertemos entonces. Todos.

Fijémonos en los pájaros, pero no en el sentido de que emigran para huir… Sino en el sentido de que no temen al frío, ni a las condiciones de lo que los rodea, para llevar a cabo su vida y lanzarla un poquitín más lejos, dentro del grupo, del clan.

Es lo mínimo que puedo hacer.  Sobre todo por ti, por mí, y por los hijos que sospecho que algún día podrán surgir como fruto palpable de la complementación perfecta de nuestras almas. Es lo mínimo, por los que vendrán y por nosotros, ya que somos quienes deberemos guiarlos. Y no quiero renunciar a la satisfacción que reportará el hacerlo dignamente y desde la honestidad.

Es evidente, entonces, que intentarlo merece la pena y que toda penuria es nada si se compara con la permisividad ante el abuso por el simple, pero tan doloroso y grave, hecho de no hacer nada.

Adentro la bestia.

La ves y te quedas quieta. Muy quieta. No es que te asustes, es que simplemente no te mueves. No la dejas correr en sentido contrario ni tratas de distraerla. Simplemente te quedas ahí y tus ojos son como diciendo está ahí, y ha vuelto y parece furiosa pero es repentino. Y tú sigues, impertérrita, como el cielo sobre el volcán que escupe fuego, y humo, y gases de veneno. No te mueves.

Si acaso te nublas un poco, pero no dejas camino a la retirada. Ni a nada. Si acaso al perdón, a la caricia que calma. Y la bestia, la bestia que a veces brota, que es incontrolable, se tranquiliza. Pero no se tranquiliza sin más, se tranquiliza además arrepentida porque sabe, porque es esencialmente consciente, de que ha errado. De que no era momento ni lugar de manifestarse aunque haya salido, aunque fuera, en un efímero brillo de ojos.

Así que la bestia camina hasta olfatear tu pulso ligeramente acelerado, como aleteo de libélula, sobre el pecho que se desboca y la boca torciéndose, a lo mejor temblando los iris, porque la bestia sí que intimida y nunca se sabe adónde lanzará sus fauces en ese momento de irracionalidad.

Un momento. Un momentito muy breve, y tan breve, en el que el mundo guarda silencio para escuchar al alma titilar en cascabeles mecidos por una brisa de incertidumbre. Un silencio pesadísimo, de campana mayor, que golpea desde la luz y las tinieblas en la sienes y también en el alma, porque dispone de ella, de la misma bestia.

Pero sigues. Tú sigues en ese segundo, o en esos dos segundos, parada y con el peso de ese silencio y del esfuerzo de volver a decir algo. Lo cargas sobre los hombros y a tu espíritu se le ve jadear. Hasta que se pasa, y susurras, y luego la bestia bufa y sonríes. Resopla de nuevo, y vuelve algo más que la brisa y las campanas levantan su canto fúnebre de silencio tan gélido que caldea el invierno. Se marchan en un eco.

Vuelvo, me cruzo con la bestia en el camino y no puedo evitar sonreírle, guiñarle un ojo, abrazarla. Y comprendernos en la complicidad de que hay algo que puedes.

Entonces vuelvo a hablar. A reír. Aún mejor. A escuchar y a hacer que rían.

Si me vuelvo sigues ahí. Quieta. Y temblando de emociones que apenas a cuya magnitud alcanzo a comprender. El espíritu jadeando. Los ojos añorando un poco a la bestia… Porque tú también tienes una dentro. Silenciosa y letal, para la cual yo también tengo, o espero tener y creo que así es, un templo para el sosiego.

Atajo por los sueños

Siento la enfermedad que pulsa en mi nariz y en mi garganta. Sobre todo al tragar. Me estoy poniendo malo y me brillan los ojos, aunque el motivo de esto dista muchísimo de un resfriado. Es distinto el origen de que bailen mis pupilas a un ritmo de agua. Ayer pensé que ibas a irte, que vas a marchar.

Hoy tengo, tras leer algo de tus días, casi por seguro que esta primavera va a ser preludio, de agridulce sabor en su esencia, del que podría ser el peor y más duro invierno de mi vida.

Además, para variar, voy a llegar tarde a tu regalo de cumpleaños. Confío, mientras lo obtengo para entregártelo, en que con mis brazos te valga para tus dieciocho. Que te estremezca la música de mi corazón y te acunes con la respiración bajo mi pecho. Ayer casi lloré, y hoy he escrito un poco.

Ahora pienso que Madrid está muy lejos pero  seguro que se puede atajar por los sueños. Y sentirte de inmediato, sin titubeo alguno, caliente bajo mi piel y húmeda bajo los ojos. En llanto los dos. En pleno amor.