Atajo por los sueños

Siento la enfermedad que pulsa en mi nariz y en mi garganta. Sobre todo al tragar. Me estoy poniendo malo y me brillan los ojos, aunque el motivo de esto dista muchísimo de un resfriado. Es distinto el origen de que bailen mis pupilas a un ritmo de agua. Ayer pensé que ibas a irte, que vas a marchar.

Hoy tengo, tras leer algo de tus días, casi por seguro que esta primavera va a ser preludio, de agridulce sabor en su esencia, del que podría ser el peor y más duro invierno de mi vida.

Además, para variar, voy a llegar tarde a tu regalo de cumpleaños. Confío, mientras lo obtengo para entregártelo, en que con mis brazos te valga para tus dieciocho. Que te estremezca la música de mi corazón y te acunes con la respiración bajo mi pecho. Ayer casi lloré, y hoy he escrito un poco.

Ahora pienso que Madrid está muy lejos pero  seguro que se puede atajar por los sueños. Y sentirte de inmediato, sin titubeo alguno, caliente bajo mi piel y húmeda bajo los ojos. En llanto los dos. En pleno amor.

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