Adentro la bestia.

La ves y te quedas quieta. Muy quieta. No es que te asustes, es que simplemente no te mueves. No la dejas correr en sentido contrario ni tratas de distraerla. Simplemente te quedas ahí y tus ojos son como diciendo está ahí, y ha vuelto y parece furiosa pero es repentino. Y tú sigues, impertérrita, como el cielo sobre el volcán que escupe fuego, y humo, y gases de veneno. No te mueves.

Si acaso te nublas un poco, pero no dejas camino a la retirada. Ni a nada. Si acaso al perdón, a la caricia que calma. Y la bestia, la bestia que a veces brota, que es incontrolable, se tranquiliza. Pero no se tranquiliza sin más, se tranquiliza además arrepentida porque sabe, porque es esencialmente consciente, de que ha errado. De que no era momento ni lugar de manifestarse aunque haya salido, aunque fuera, en un efímero brillo de ojos.

Así que la bestia camina hasta olfatear tu pulso ligeramente acelerado, como aleteo de libélula, sobre el pecho que se desboca y la boca torciéndose, a lo mejor temblando los iris, porque la bestia sí que intimida y nunca se sabe adónde lanzará sus fauces en ese momento de irracionalidad.

Un momento. Un momentito muy breve, y tan breve, en el que el mundo guarda silencio para escuchar al alma titilar en cascabeles mecidos por una brisa de incertidumbre. Un silencio pesadísimo, de campana mayor, que golpea desde la luz y las tinieblas en la sienes y también en el alma, porque dispone de ella, de la misma bestia.

Pero sigues. Tú sigues en ese segundo, o en esos dos segundos, parada y con el peso de ese silencio y del esfuerzo de volver a decir algo. Lo cargas sobre los hombros y a tu espíritu se le ve jadear. Hasta que se pasa, y susurras, y luego la bestia bufa y sonríes. Resopla de nuevo, y vuelve algo más que la brisa y las campanas levantan su canto fúnebre de silencio tan gélido que caldea el invierno. Se marchan en un eco.

Vuelvo, me cruzo con la bestia en el camino y no puedo evitar sonreírle, guiñarle un ojo, abrazarla. Y comprendernos en la complicidad de que hay algo que puedes.

Entonces vuelvo a hablar. A reír. Aún mejor. A escuchar y a hacer que rían.

Si me vuelvo sigues ahí. Quieta. Y temblando de emociones que apenas a cuya magnitud alcanzo a comprender. El espíritu jadeando. Los ojos añorando un poco a la bestia… Porque tú también tienes una dentro. Silenciosa y letal, para la cual yo también tengo, o espero tener y creo que así es, un templo para el sosiego.

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1 comentario

  1. Bruja said,

    enero 6, 2010 a 3:29 pm

    Ves? No lo había leído y está escrito hoy, eres un mentirosillo.
    Aish. Creo que tu templo para el sosiego es más importante (problemas de nervios, ya sabes…)

    Te quiero 🙂 y me ha encantado +1000 este copo de magia.


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