Brea en el cielo.

Con el aire gélido abrasando mis pulmones he caminado, paso a paso, sobre la previsión catastrófica de lo que nos aguarda. He caminado tranquilo, meditabundo, si acaso pensando en alguna posible solución o, al menos, una manifestación de nuestra identidad como pueblo. He estado hundiéndome el rostro tras el vaho ardiente que emanaba de mi boca al estremecerme por los charcos congelados de la calle.

Pensaba en primavera. En una primavera real, estacional, y una social. En un resurgir lleno de vida.

Y he visto a los pájaros. Han sido como una mancha de brea, densa, extendiéndose desde el techo de la estación central de la ciudad. Han aparecido de la nada. Con una agilidad asombrosa, huyendo de un frío terrible que se ceba con los caminantes y trabajadores que se mueven en la intemperie. Un frío bajo un cielo enrojecido de ira y dolor que canta poemas desesperados desde un alba de sangre.

Pero no puedo perder el optimismo ni la ilusión. No puedo hacerlo porque los pájaros no lo han hecho. Con su cuerpo diminuto, fácil presa del frío atroz que lo devora todo, se han lanzado en grupo, unidos, en un vuelo sincronizado y hermoso. Un vuelo de movimientos de verso, con ritmo y música interna tan bellos que no he podido sino detenerme, respirar más hondo aún, y sentir que el frío no solo atenúa sino que también puede hacerte despertar.

Despertemos entonces. Todos.

Fijémonos en los pájaros, pero no en el sentido de que emigran para huir… Sino en el sentido de que no temen al frío, ni a las condiciones de lo que los rodea, para llevar a cabo su vida y lanzarla un poquitín más lejos, dentro del grupo, del clan.

Es lo mínimo que puedo hacer.  Sobre todo por ti, por mí, y por los hijos que sospecho que algún día podrán surgir como fruto palpable de la complementación perfecta de nuestras almas. Es lo mínimo, por los que vendrán y por nosotros, ya que somos quienes deberemos guiarlos. Y no quiero renunciar a la satisfacción que reportará el hacerlo dignamente y desde la honestidad.

Es evidente, entonces, que intentarlo merece la pena y que toda penuria es nada si se compara con la permisividad ante el abuso por el simple, pero tan doloroso y grave, hecho de no hacer nada.

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