Así te invoco.

Me encuentro un cabello suelto, desprendido, de ti. Está sobre el libro que abriré esta noche para acercarme más a mi sueño. Apunta al suelo ese cabello desertor, al hondo infinito de cuando no estoy contigo, como el de ahora, y me habla de trepar sobre el aire hasta superar tu balcón para dar con la  ventana por la que asomarme a tus ojos.

Verte dormir. Sin lágrimas de por medio, sin el rostro quebrado por la incomprensión y el dolor que no entiende de días, ni de fechas, especiales. Con toda la furia de la tierra se me ha anudado la impotencia en el puente de la nariz, sin saber cómo paliar el dolor más que con un abrazo. Un abrazo con el que sentirte como el muro infranqueable que no cederá jamás; como el árbol impertérrito que me cobijará del calor y me brindará una sombra fresca sobre la que yacer desnudo.

Porque no siento más vida que tú ni más mundo que tus piernas, que si me diese por ser Phileas Fog haría ochenta viajes a tus caderas. No en un día, sino en una hora. Y las movería bajo mis manos como arcilla tibia con la que empaparme hasta lo más íntimo. Hasta traspasar el punto más unido de la uña y su carne.

No quiero perderme más que en los secretos de tu piel y no encontrar más luz que tu  sonrisa. Hoy mismo, ahora mismo, en este preciso instante en el que siento el llanto tan próximo como mi hermano o mi propio hijo, necesito tu voz susurrante de silencios para que me llame a bajar de las dudas temibles contra mí mismo.

Llámame para cesar la batalla que se desata en mis adentros, en una identidad críptica que carga un terrible peso en el corazón. Esta tensión. Libérame con tus uñas de esta tensión que me atenaza, que me impide ser totalmente libre, que me hace recordarme constantemente unas expectativas que no sé si lograré, que ni siquiera sé si estoy llamado a lograr por mucho esfuerzo que aplique.

Es por esa canción. Es por ese vaivén sistemático de tu cuerpo bajo el mío en un colchón profesional en lo discreto. El olor a hierro de la sangre fortuita que se escapa de algún lugar de mis músculos gritando un nombre. Tu nombre. Para que me saques de aquí, para poder descansar. Aunque sea un instante, un instante eterno. Lo justo para una visión que me dé paz. Lo justo para verte presidir, bastándote solo tu gracia, el Edén donde sembrar la tierra con mis exhalaciones.

Mi refugio. Mi altar de fe. Mi símbolo. La espera impaciente, casi caprichosa, de leerte decir que me quieres y la espera ansiosa y desesperada de oírtelo decir. Nunca había necesitado tanto un abrazo, y nunca había tenido tan claro qué pecho sería el que se complementaría de modo tan perfecto con el mío.

No sé por qué pero hay algo más que un remolino en mí, si acaso un vórtice, de emociones que me elevan y me hunden a su antojo. Y de entre toda esa bruma, esa niebla de campo de batalla que sepulta a los caídos bajo una pátina de vapor de sangre y olvido, se alza con luminosidad innegable la certeza más evidente que poseo.

La posibilidad de llegar a que se abandone la autodestrucción irracional empieza por mí. Porque te quiero. Porque yo soy sol y tú eres cielo; yo guerra y tú paz. Yo las nubes y tú la lluvia. El arrullo para dormir los gritos de esquizofrenia e histeria de alguien que vive en mí y, ahora, no quiere decirme quién es. No sin al menos haberme rajado por dentro los inicios del alma.

Pregúntame qué pasa… Te diré que te anhelo. Y para tu llanto mi sed.

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