A falta de treinta minutos, Eighteen.

Me quedo un poco obnubilado ante el extremo encendido. Se incendia con cada aspiración y me acaricia por dentro. Se me agita el alma quietamente, me distancio del suelo y pienso, y vivo, y nada más. Me agarro a tu mano para tirar de las enaguas de tu espíritu, para que extienda sus alas y me arrope durante el sueño de una noche de verano vista desde el patio de butacas.

A ras de suelo, respirando tus pasos para llegar al camino, hasta ti, hasta encontrarte. Buscar a la vuelta de cada esquina, o en la interminable extensión nocturna de las avenidas, un lugar resguardado donde cenar comida extranjera a un precio asequible. Encontrarlo y reposar en una mesa, comer con ansia, mirarte con fruición.

Pasarte por el lado corriendo y ver tu rostro incrédulo pensando que hay que darse prisa para coger el bus, frenar en seco y, en un instante de suspensión, cogerte en brazos y sentir el motor de un mundo relatar su cometido. Zambullirme en tu sonrisa cuando me descubres encaprichado, o con cara de hambre o algún antojo.

Reunirnos con los amigos en el bar vecino y en el que está un poco más lejos. Comer unas bravas para salvar una tarde sin expectativas o alargar el sábado hasta el límite de peso soportable por los párpados, ayudándonos de alguna que otra jarra de cerveza, para decir que estuvimos todos juntos. Para tener algo que recordar.

Como tu fe, arroyo inquebrantable, que mana de una fuente que de manera imposible podría ser muy distinta de la locura. Quizá tenga otro nombre pero idéntica la esencia. De eso estoy seguro. Porque apoyar mi sueño desde tus voces cuando duermo hasta con el gesto cuando te tengo al lado tiene que ser, por obligación, algo de borrasca intelectual o cognitiva. O tal vez todo lo contrario pero seguro que tiene que ver con lo que hacemos sobre mi colchón. O en el gélido abrazo primero de las baldosas.

Supongo que eso es lo que somos. Todo lo que he dicho y, también, lo que no me he acordado de mencionar. Lo de los abrazos y las caricias, lo de los juegos de poder y las trampas de ingenio o las trampas de sin más, por provocarnos un poco, por saber que estamos jugando en un filo que puede cortar el aire. La hoja de un sable que se funde con demasiada, e injusta, rapidez.

No puede cambiar nada de eso en unas horas. No todo de eso de una forma tan drástica. Así que duerme feliz, duerme tranquila, porque yo mañana despertaré para buscarte. Siendo mañana el mismo misterio que hoy, aunque totalmente distinto.

PD: Te quie… (corto aquí. Vaya plagio si no) Yo la tengo aquí pintada, escuchando esa canción que te he pedido. Esa locura taaaaaaaaaaan relajante que me bambolea de ilusión. Así como agua. Como agua que, de tanta sed, se ve azul. Azul paraíso.

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2 comentarios

  1. vudugh said,

    enero 18, 2010 a 12:27 am

    A falta de treinta minutos… Pide un deseo.

    Yo te lo concedo.

  2. Bruja said,

    enero 18, 2010 a 1:02 am

    Estar contigo.
    🙂

    La ha habido.


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