Bzzzzz Bzzzzz Bz!

Hemos despertado en la colmena.

Las abejas reinas, que hay demasiadas, dicen que es cosa de todos recuperar los litros de miel perdida por sus desvaríos, abulia, apatía y torpeza. Ahora tenemos, todos los zánganos y obreras,  que levantarnos para batir las alas con más insistencia en una primavera de futuro incierto y un incierto futuro que a lo mejor no ve más primaveras. Debemos esforzarnos más, aportar más ideas, más músculo, más coordinación en el vuelo para que la jalea, que ha de ser de quien la merezca, no se agrie, para que la colmena no se desmorone desde sus cimientos.

Han delegado en nosotros, al fin y al cabo, en su única esperanza. ¿Por qué? Ahora sus vibraciones se comunican directamente sobre las nuestras, para que entendamos la urgencia… Me parece extraño, e insultante, que no pierdan la sonrisa mientras muchas de nosotras, abejas útiles que aportamos todo lo que podemos y algo más a la comunidad de esta colmena,  hemos perdido, en algunos casos, hasta las alas.

Ahora parece que quieran prescindir de la camaradería entre el pueblo que trabaja y ayuda, que construye y produce. Quieren una lealtad patriótica que se base en una conducta feudal que creen que aceptamos de buen grado. No piden ni ejercen la camaradería que necesita esta colmena, la de ellos por todos nosotros. No es concebible que esperen que nuestro batir en el vuelo ahorre el suyo.

No es justo que cuenten ahora con nosotras, con todas nosotras, para enderezar esta situación, a la que llegamos cuando obraron por su cuenta de la codicia sin acordarse de las zonas menos  “nobles” del panal. Tenemos que manifestar nuestro desacuerdo, tenemos que trabar por y para nosotros, para los que hemos hecho esto posible. Por las generaciones pasadas, como homenaje, y por las futuras como regalo de compromiso.

Somos muchas abejas, muchísimas, y nuestro zumbido esforzado debe prevalecer sobre todos sus esfuerzos de evasión de responsabilidad. Reconozcámoslo de una vez, ancianas y jóvenes, abejas todas: la colmena, que es nuestro hogar; la miel, que es nuestro sustento; nuestro trabajo y también nuestra vida… Han sido secuestradas por esa élite cerrada de abejas gordas, barrigudas en su estutlticia, que no hacen sino soplar los vientos más gélidos contra nuestras alas.

No queremos eso.

Queremos la libertad que merecemos. La que nos hemos trabajado. Queremos que se den cuenta de qué es a lo que han renunciado y que nosotros ahora renunciamos a creer en el falso llanto de la necesidad, la colectividad y la patria colmena.

Es nuestro momento de alzarnos y el suyo de arrepentirse.

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No somos sino víctimas.

Tras el infierno solo te preocupan dos terribles entelequias. Una es el colector de vidas, la otra es el colector de almas. La primera te preocupa porque no sabes cuándo habrá de entonar su voz para cantar la búsqueda de tu nombre; la segunda te preocupa porque nunca sabes cuándo dejará de atormentarte, y porque sabes que mientras el colector de vida no cante tu hora estarás a merced de la desdicha.

Si mueres, donde sea, y has sido más o menos noble, más o menos honesto, tu alma emprende un viaje a otro lugar que por muy malo que sea no será tan penoso, ridículo y absurdamente cruel y destructivo como el infierno del que salimos los atemorizados por la locura derivada de la persecución incansable del colector de almas.

No tenemos ya nada, yo al menos no. Se quedó con todo lo que era mío, lo que era yo, en cada estallido, en cada mirada vacía de ojos llenos de ira, temor, incomprensión, masacre y piedad. Todo junto.

Le dimos todo el poder que podría necesitar cuando dijimos sí; otros se lo dieron cuando monstruos, que dicen ser hombres, más poderosos asintieron y dijeron quiénes debían ir. Las inyecciones de moral no nos convirtieron en héroes sino en músculos entregados a un único propósito. No temer.

Y entonces esa promesa era lo suficientemente valiosa como para aceptar.

Ahora el sufrimiento es indescriptible, y el miedo muchísimo peor. No somos héroes, jamás lo fuimos. Solo víctimas, presas, maquinales que sucumbieron, desde el inicio de la barbarie, al colector de almas. Solo somos, soy, otro número en adición a esa interminable, e infinita, cola de muertos sin cadáver.

Muertos que aún caminan y que notan raro el sabor del amanecer en sus retinas.

El capitán dijo, en el frente, que quería cantar.

No quiero morir.

Es sencillo de imaginar. Casi nadie quiere hacerlo. Todo el mundo piensa en todos los planes que le quedan por cumplir, todos los sueños que llevar a cabo y todas las horas que convertir en sueños. Claro, nadie quiere morir y ese deseo no me hace especial en absoluto.

Lo sé y lo entiendo.

Porque la senda está definida y casi todos quieren llegar en un lugar decente, con una compostura digna, con las expectativas propias generadas a partir de la proyección de las ajenas. ¿No? El patrón es ese, el bucle por el que tu esencia se repetirá del mismo modo que tú has repetido o estás repitiendo la de quienes te preceden.

Lo comprendo, pero no lo comparto. Sé que tampoco es muy relevante, pero solo lo señalo.

Lo tengo que remarcar porque da la casualidad de que estoy escuchando la poesía de un soldado que quería ser cantante. ¿Quién le dio un pie a la credibilidad cuando, en medio del fuego enemigo, en el frío atenazante del frente y el calor agobiante de la muerte y la desgracia apresando los pulmones, dijo que lo que quería era música, escribir en una isla del mediterráneo y cantar?

Posiblemente algún compañero asustado, embravecido repentinamente, porque la excentricidad de su capitán era equiparable a la suya. Porque podría tenerla. Porque de súbito comprendió que a los extremos del aire que los separaba del enemigo, con las balas salivando ciega ansia de muerte, había también hombres. Hombres como su capitán, o como él, que tan solo deseasen algo propio de hombres y no de bestias salvajes, autómatas inconscientes sin valor para rebelarse.

Yo quiero escribir. Solo eso.

Y, como ya he dicho, no quiero morir bajo ningún concepto. Como todos, claro, o como casi todos.

Sin embargo hay otra cosa, y es que no sé cómo vivir.

Aunque la conozca de memoria.

Cada vez que la veo, aun habiéndome aprendido cada uno de sus gestos de memoria, siento que mi futuro debe construirse en torno a los vicios de su movimiento. No puedo cambiarlo. No aun habiéndola visto más de un millar de veces. Sé que la extensión de nuestra fe necesita un cobijo, un lugar, para poder crecer en la intimidad propia y madurar el concepto, ya más serio, de pareja independiente.

Sé que sus sueños han de convivir con los míos en un hogar de respeto, de cuanta calma sea posible, y sé que habrán de sorprenderme a cada instante a pesar de que puedan mantenerse intactos durante gran parte de nuestra vida. Es eso. En cada sonrisa, en cada intermitencia de la mirada, donde encuentro el aire que insufla las esperanzas de tener una vida propia con ella, una casa propia a la que llamar hogar, un remanso pacífico donde criarnos y criar a los hijos que espero tener con ella algún día.

Es eso, resumiendo, un futuro. Donde llorar de emoción sobre la piel inconclusa de cualquiera de nuestros posibles hijos sabiendo que es lo mejor que he podido hacer en mi vida. Esa es la esperanza, un futuro. Una vida en común para compartir las pesadillas y el descanso. La piedad de la independencia y la seguridad que otorga el saber que quienes amas están a salvo contigo. Saber que te aman también y confesarles, en silencio pero con todo el significado de la respiración o tranquila, o del suspiro, que son todo lo que eres y que eres todo lo que te precede. Que a pesar de los errores previos, de todo lo anterior, estás dispuesto a buscar lo más digno de ti para entregárselo sin apretar los labios, solo los dientes.

Y como yo hay mucha gente. Gente con las mismas aspiraciones, el mismo sueño. Y el mismo y único problema.

La incapacidad ajena, heredada, de una clase contemporánea que por esa misma condición atenta contra los fundamentos de su existencia. No es justo, en absoluto, que la posibilidad de realización de nuestros sueños se vea truncada, y directamente unida, a la (in)competencia de unos individuos que solo creen y confían en el interés propio y ninguno más lejano que su élite de compinches.

El éxito o fracaso de cada uno debería estar sujeto a su capacidad de esfuerzo, a las circunstancias y, por qué no, a los cambiantes vientos de la fortuna. Pero aquí no. No en este tiempo ni en esta España. No en un lugar en el cual el trabajo o la superación personal son hitos legendarios de una época en la que la intimidad valía algo, en la que existía un honor, en la cual no existían programas de una visceralidad truculenta dedicada al escarnio y la vulgaridad más extrema. Una época (que quizá nunca existió y solo la invento para salvarme) en la que un Estado velaba por la seguridad, tanto física como mental, del ciudadano. En la que la Cultura, con mayúscula inicial, tenía valor por sí misma.

Así que este es el momento de invocar lo más auténtico que tengamos dentro. Desprendernos de la casi obligatoria tristeza a la que nos está abocando este cúmulo hediondo de políticos ricachones y llamar a la pasión que derrita el velo de acero que aitere nuestras mentes y opaca nuestra vista. ¿Es necesario seguir esperando a que el tiempo decida? Yo creo, por mí y por la familia y el hogar que espero constituir algún día, que deberíamos ayudar al propio tiempo, adelantarnos a él, y decirle a ese rebaño de vampiros sin formación (ni interés por tenerla) y que todos sabemos identificar perfectamente y que perfectamente son visibles a las dos orillas del mismo río, que nuestra esperanza, nuestra fe y nuestros sueños tienen más validez que su avaricia, sus ansias codiciosas, que su cuestionable integridad moral y apreciación de la Justicia (esta también con mayúscula, por matizar).

No es justo. Pero no sirve decirlo. Hay que luchar por lo que se quiere, por lo que se cree, y estoy convencido de que no hay creencia más poderosa, más decisiva, que la lucha por los sueños a través del esfuerzo honesto y sincero. No más que eso.

No más que por amor a quienes queremos; no más que por amor propio. Por las necesarias manías de la persona con quien compartimos la cama, nos enraizamos en las sábanas y nos lamemos la piel. Por poder hacerlo en el reino de los dos, y no en el de los padres o en el de la caridad o el de la propia calle.

Premeditación

Volvía a casa. El dinero ya no estaban en el bolsillo y al recordar su salida se estremeció en un escalofrío vibrante y fugaz que iluminó la noche de sus ojos. Era fácil darle un olor a cada toque, a cada roce afortunadamente descuidado que, pese a todo, parecía venir de la mano del cálculo.

Una expresión mínima del tacto pero de pleno significado.

Solo le inquietaba, o perturbaba mejor dicho, la duda de si con el resto de clientes sería igual. Podía imaginarlo claramente. Incluso alguna vez había llegado a verlo pero lo atribuyó a malvadas intuiciones provocadas por un subconsciente obsesionado con la autodestrucción.

Aunque no le sorprenderían ciertas cosas. Él sabía que la piel de una mujer, de casi cualquier mujer salvo esas momias decrépitas sepultadas bajo toneladas de maquillaje y babas de caracol, sería más apetecible, sutil y perfumada que la suya. Y ella trabajaba también con mujeres.

Sin embargo no quería barrerse su sonrisa, ni la luz de sus ojos, ni el nuevo y rutilante aspecto con el que salía siempre después de visitarla. No quería alejar tan drástica y de suicida forma el estímulo provocado por el masaje, el juego de temperaturas con el agua, el sutil toque con el que acomodaba su cabeza o erguía su barbilla.

Era feliz al salir de ahí, al mirarla furtivamente a través del espejo cuando ella no se daba cuenta por la concentración requerida por su trabajo. Nunca hablaban, solo las palabras típicas de cortesía para hacerlo todo un poco más cómodo. Era duro superar la barrera de cliente y trabajadora. Pese a todo.

Pese a los roces que parecían accidentalmente premeditados. Pese a que le gustase tanto.

Tampoco lo comentaba con sus amigos. Una vez lo hizo y en su rostro vio dibujadas la decepción y el desacuerdo más íntimos, unidos en un lazo terriblemente definido y contundente. No comprendió en primera instancia por qué, pero luego quedó claro por qué lo desaprobaban con tanta claridad.

Evitó desde entonces el tema. Porque le parecía, entre otras muchas cosas, muy divertido que lo vieran tan contento y que no les hiciera falta ni pregunta ni respuesta para redibujar sus caras.

Le hacía gracia. Porque él era libre de hacer y sentir lo que quisiera y ellos de pensarlo. Por eso mismo nunca les aclaró que aquella vez estaba hablando de su peluquera.

Puede verse cómo el acto ridiculiza al verbo por pura potencia. En esa unión, en el  vínculo, aprecio cómo todo el mundo, mi mundo, se arregla. Cómo mis errores y las fracturas que  causan se disculpan, se perdonan, aunque jamás vayan a ser borrados. Es entonces cuando siento que vuelve la esperanza para poder pensar que todo irá va bien. Que, de hecho, todo marcha por la senda de nuevo.

Siento que soy perdonado y que seré capaz de perdonar. Y pese al daño causado, por encima del sufrido, albergo la llama de la fe orientada a la felicidad.

Con algo tan barato y sencillo como un abrazo que obligue al viento a desviar su rumbo.