Puede verse cómo el acto ridiculiza al verbo por pura potencia. En esa unión, en el  vínculo, aprecio cómo todo el mundo, mi mundo, se arregla. Cómo mis errores y las fracturas que  causan se disculpan, se perdonan, aunque jamás vayan a ser borrados. Es entonces cuando siento que vuelve la esperanza para poder pensar que todo irá va bien. Que, de hecho, todo marcha por la senda de nuevo.

Siento que soy perdonado y que seré capaz de perdonar. Y pese al daño causado, por encima del sufrido, albergo la llama de la fe orientada a la felicidad.

Con algo tan barato y sencillo como un abrazo que obligue al viento a desviar su rumbo.

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