Premeditación

Volvía a casa. El dinero ya no estaban en el bolsillo y al recordar su salida se estremeció en un escalofrío vibrante y fugaz que iluminó la noche de sus ojos. Era fácil darle un olor a cada toque, a cada roce afortunadamente descuidado que, pese a todo, parecía venir de la mano del cálculo.

Una expresión mínima del tacto pero de pleno significado.

Solo le inquietaba, o perturbaba mejor dicho, la duda de si con el resto de clientes sería igual. Podía imaginarlo claramente. Incluso alguna vez había llegado a verlo pero lo atribuyó a malvadas intuiciones provocadas por un subconsciente obsesionado con la autodestrucción.

Aunque no le sorprenderían ciertas cosas. Él sabía que la piel de una mujer, de casi cualquier mujer salvo esas momias decrépitas sepultadas bajo toneladas de maquillaje y babas de caracol, sería más apetecible, sutil y perfumada que la suya. Y ella trabajaba también con mujeres.

Sin embargo no quería barrerse su sonrisa, ni la luz de sus ojos, ni el nuevo y rutilante aspecto con el que salía siempre después de visitarla. No quería alejar tan drástica y de suicida forma el estímulo provocado por el masaje, el juego de temperaturas con el agua, el sutil toque con el que acomodaba su cabeza o erguía su barbilla.

Era feliz al salir de ahí, al mirarla furtivamente a través del espejo cuando ella no se daba cuenta por la concentración requerida por su trabajo. Nunca hablaban, solo las palabras típicas de cortesía para hacerlo todo un poco más cómodo. Era duro superar la barrera de cliente y trabajadora. Pese a todo.

Pese a los roces que parecían accidentalmente premeditados. Pese a que le gustase tanto.

Tampoco lo comentaba con sus amigos. Una vez lo hizo y en su rostro vio dibujadas la decepción y el desacuerdo más íntimos, unidos en un lazo terriblemente definido y contundente. No comprendió en primera instancia por qué, pero luego quedó claro por qué lo desaprobaban con tanta claridad.

Evitó desde entonces el tema. Porque le parecía, entre otras muchas cosas, muy divertido que lo vieran tan contento y que no les hiciera falta ni pregunta ni respuesta para redibujar sus caras.

Le hacía gracia. Porque él era libre de hacer y sentir lo que quisiera y ellos de pensarlo. Por eso mismo nunca les aclaró que aquella vez estaba hablando de su peluquera.

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