Aunque la conozca de memoria.

Cada vez que la veo, aun habiéndome aprendido cada uno de sus gestos de memoria, siento que mi futuro debe construirse en torno a los vicios de su movimiento. No puedo cambiarlo. No aun habiéndola visto más de un millar de veces. Sé que la extensión de nuestra fe necesita un cobijo, un lugar, para poder crecer en la intimidad propia y madurar el concepto, ya más serio, de pareja independiente.

Sé que sus sueños han de convivir con los míos en un hogar de respeto, de cuanta calma sea posible, y sé que habrán de sorprenderme a cada instante a pesar de que puedan mantenerse intactos durante gran parte de nuestra vida. Es eso. En cada sonrisa, en cada intermitencia de la mirada, donde encuentro el aire que insufla las esperanzas de tener una vida propia con ella, una casa propia a la que llamar hogar, un remanso pacífico donde criarnos y criar a los hijos que espero tener con ella algún día.

Es eso, resumiendo, un futuro. Donde llorar de emoción sobre la piel inconclusa de cualquiera de nuestros posibles hijos sabiendo que es lo mejor que he podido hacer en mi vida. Esa es la esperanza, un futuro. Una vida en común para compartir las pesadillas y el descanso. La piedad de la independencia y la seguridad que otorga el saber que quienes amas están a salvo contigo. Saber que te aman también y confesarles, en silencio pero con todo el significado de la respiración o tranquila, o del suspiro, que son todo lo que eres y que eres todo lo que te precede. Que a pesar de los errores previos, de todo lo anterior, estás dispuesto a buscar lo más digno de ti para entregárselo sin apretar los labios, solo los dientes.

Y como yo hay mucha gente. Gente con las mismas aspiraciones, el mismo sueño. Y el mismo y único problema.

La incapacidad ajena, heredada, de una clase contemporánea que por esa misma condición atenta contra los fundamentos de su existencia. No es justo, en absoluto, que la posibilidad de realización de nuestros sueños se vea truncada, y directamente unida, a la (in)competencia de unos individuos que solo creen y confían en el interés propio y ninguno más lejano que su élite de compinches.

El éxito o fracaso de cada uno debería estar sujeto a su capacidad de esfuerzo, a las circunstancias y, por qué no, a los cambiantes vientos de la fortuna. Pero aquí no. No en este tiempo ni en esta España. No en un lugar en el cual el trabajo o la superación personal son hitos legendarios de una época en la que la intimidad valía algo, en la que existía un honor, en la cual no existían programas de una visceralidad truculenta dedicada al escarnio y la vulgaridad más extrema. Una época (que quizá nunca existió y solo la invento para salvarme) en la que un Estado velaba por la seguridad, tanto física como mental, del ciudadano. En la que la Cultura, con mayúscula inicial, tenía valor por sí misma.

Así que este es el momento de invocar lo más auténtico que tengamos dentro. Desprendernos de la casi obligatoria tristeza a la que nos está abocando este cúmulo hediondo de políticos ricachones y llamar a la pasión que derrita el velo de acero que aitere nuestras mentes y opaca nuestra vista. ¿Es necesario seguir esperando a que el tiempo decida? Yo creo, por mí y por la familia y el hogar que espero constituir algún día, que deberíamos ayudar al propio tiempo, adelantarnos a él, y decirle a ese rebaño de vampiros sin formación (ni interés por tenerla) y que todos sabemos identificar perfectamente y que perfectamente son visibles a las dos orillas del mismo río, que nuestra esperanza, nuestra fe y nuestros sueños tienen más validez que su avaricia, sus ansias codiciosas, que su cuestionable integridad moral y apreciación de la Justicia (esta también con mayúscula, por matizar).

No es justo. Pero no sirve decirlo. Hay que luchar por lo que se quiere, por lo que se cree, y estoy convencido de que no hay creencia más poderosa, más decisiva, que la lucha por los sueños a través del esfuerzo honesto y sincero. No más que eso.

No más que por amor a quienes queremos; no más que por amor propio. Por las necesarias manías de la persona con quien compartimos la cama, nos enraizamos en las sábanas y nos lamemos la piel. Por poder hacerlo en el reino de los dos, y no en el de los padres o en el de la caridad o el de la propia calle.

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