La fría estela.

Ven y llévate todo. Arrasa con este mundo estancado y deja tu estela de frío y aire que respirar. Aboga por la furia, por la tensión incotenible y explota, adéntrate en lo más íntimo de mí y aviéntalo, déjame caer y destruye cuanto a tu paso encuentres. Haz lo de siempre y no mires atrás, solo avanza con la furia elemental que caracteriza tu esencia. Ven, y cuando te vayas asegúrate de mantener un rastro que sigan tus homólogos, tus congéneres, para que puedan llegar cuanto antes.

Es necesario. Debes venir, debes volver, y cuando abandones tu actividad disipándote en el horizonte, en la búsqueda de una tierra que renovar, recuerda que estaré esperando. Estaré esperando tu regreso, el sonido lejano acercándose como la caballería portentosa de más portentoso rey. Aguardo a tu próximo envite de frío líquido que no se derrama sino que impacta.

Más impaciente que tranquilo. A que azotes mi piel, mis huesos y carne, con las gotas inevitables de tu seno. Seguiré esperándote. A ti; a todas las tormentas.

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No words

Puedo decir que no hubo palabras aunque no me dejé nada por leer. La comunicación estaba tallada por los escalofríos nacientes de tu cuello que granulaban tu cuerpo. Me agrada pensar que pareció nuevo, como si nunca lo hubiésemos hecho antes. La sensación de ir descubriéndonos poco a poco, dejándonos pistas a los sentidos, y el tacto revelador registrando la reacción de la piel a cada olor, en todas las inspiraciones y los roces con las sábanas.

Quizás fue por la hora, totalmente atípica para estar juntos, pero de algún modo que no alcanzo a comprender aún siento que nos estábamos escapando de una corriente monolítica e inquebrantable.

La libertad, la imprevisibilidad. El regalo no esperado que enciende los ojos, las mejillas, y las pupilas chispean y dejan de ser nocturnas por un instante. Una conjunción perfecta que no deja de provocar los instintos más animales al mismo tiempo que invita a la praxis más noble y delicada.

Ya digo que fue como algo nuevo… De magia. De magia que espero se repita, ni pronto ni tarde, cuando menos lo esperemos.

Ese mundo, ese lugar.

He sufrido un ataque de cansancio y cobardía por el cual me encantaría ser un personaje de alguna novela, una de las buenas, o de alguna de esas series norteamericanas tan coloridas, tan llenas de fe y sueños en las que todo es perfecto y, ante todo, solucionable. Me apetece ser un explorador de la ficción porque no tendría que reaccionar de ninguna manera ante nada, simplemente recorrer una senda literaria, sintáctica y gramatical a través de la cual los hechos evolucionarían sin más problema, sin mayor trascendencia.

Pero es cobarde, claro, y no me gusta resignarme pese a lo muy cansado que me encuentro en esta noche. Sin embargo la sensación de derrota es tal, la apatía destilada de la estupidez gobernante y la codicia que impera en la gran mayoría, que resulta agotador, y estúpido al mismo tiempo pero no puedo reprocharme aquello que no puedo evitar.

Sin embargo no quiero ser un personaje… Ya que me doy a la costumbre de la angustia prefiero ser el escritor de la gran novela, la más grande, la que llevase a la palabra escrita las evoluciones, penurias, fracasos, éxitos y todo lo que hay en medio de esos extremos, de todos nosotros.

Escribiría sobre lo hermoso de la vida y de vivir; sobre los sacrificios que implica la necesidad, sobre la gratificante recompensa que el espíritu recibe tras el esfuerzo; hablaría sobre las delicias que entraña el pensamiento, y sobre la exquisita dicotomía entre la fe y la razón, y de esa mezcla tan explosiva que es la fe irracional en la razón; podría hablarse de esperanza pero la esperanza es para los momentos más oscuros en los que el hombre siente que no depende de sí mismo, así que yo hablaría de expectativas, de posibilidades; los milagros serían otra cosa, algo como el mero hecho de ser. Ser sin más. Ese es el milagro.

Trataría de hacer una historia sobre la auténtica libertad del hombre por la cual este viviría de, por y para sí mismo. Intentaría no caer en la trampa del supuesto progreso material, y nunca, nunca, cortaría la imaginación de los niños ni les diría que para qué siguen con eso si de eso no iban a ganarse la vida…

Entre otras cosas porque la vida la tendrían ganada con ser ellos mismos, con expresarse. Y no solo los niños. Todos. Todos podrían expresarse y cada cual recogería de la simiente que esparciese. Sin excepciones, sin dramas, sin más que el respeto. Sin necesidad del miedo, ni del ridículo, ni de lo políticamente correcto sino de lo honestamente correcto.

Me gustaría escribir sobre ese lugar y poder decir que la culpabilidad por no satisfacer expectativas, que el sentimiento de haber decepcionado a alguien, fuesen breves confusiones que se diluirían en el calor del clan, en la similitud de la conducta de todos y cada uno. En la igualdad a la que nos llevaría la libertad de ser sin hipotecar nuestro futuro.

Definitivamente tengo que hablar de ese mundo, de ese lugar. De mi reino de los sueños… De la ficción utópica y perfecta. Del Hombre y la Tierra; de la Tierra, el Sol, la Luna y el Hombre.

Cuando nos hayamos ido ya.

En la tercera parada se ha subido una chica joven, de muy buena figura y el rostro bonito aunque algo duras sus facciones. Llevaba con ella un coche de bebé y me ha sorprendido por su juventud. Da igual las veces que lo haya visto, siempre me sorprendo.

He pasado gran parte del trayecto pensando que la chica tenía el coche orientado de tal modo que su mirada iba siempre orientada hacia quien estuviera dentro. Por algún motivo que desconozco me he visto impulsado a bajar la altura de mi mochila, dejar de estar centrado en lo que me pertenecía y a mirar más allá. Ha sido entonces cuando he visto una cabeza desgobernada por un pelo que era más una rebelión de caracoles y unos ojos tan negros que me han parecido grutas de carbón. La pupila era indistinta del iris.

Tras verla me he puesto a mirarla y me ha sonreído. Me he sentido especial, tal vez ridiculamente, por ese detalle. Por el hecho de que una criatura de unos dos años me haya sonreído, cuando a esa edad es casi lo máximo y lo que mejor se les da. Sonreír.

Embobado en observarla y en ver que reaccionaba ante cualquier cosa como si todo fuera nuevo, del mismo modo que los filósofos antiguos se asombraban por el milagro de la vida, por el del pensamiento, he estado a punto de perder mi parada. Mi momento de apearme.

Me ha seguido con los ojos, mirándome, y yo he visto a través de ellos una innumerable cantidad de posibilidades y, secretamente y en silencio, he deseado que todos sus sueños se cumplan. En ese instante me ha asaltado una preocupación, un deber moral que pasa por nosotros antes.

Un deber que consiste en que en el futuro perteneciente a todos aquellos que estén cuando nosotros nos hayamos ido ya, pueda haber sueños, posibilidades, y algo de lo que asombrarse. Un lugar, definitivamente, mucho mejor que el que estamos teniendo hoy.

Vas con los que diste de vivir y de morir.

Ni santo ni inocente. Y tampoco he estado con Mario, aún no lo conozco, pero sí sé algo de Azarías. No mucho, solo recuerdo su amor por la milana. También apreté los dientes cuando se acercaba el final de El Hereje, cuando lo descoyuntaban. Cuando abrazaba su fe reformista con la misma fuerza, pero sin la crueldad, con la que la Inquisición constreñía al pueblo bajo su codicia disfrazada en la palabra y el amor de Cristo.

Han sido ochenta y nueve años; unos cincuenta de una figura cuyo talento querría para mí, cuya facilidad para el texto. Su prosa tranquila, contundente. Su densidad, a veces, es un pequeño precio a pagar que, en realidad, pasa desapercibido bajo el genio latente, y enseguida obvio, del director de la sinfonía literaria de cada página.

Tampoco soy un sabio ni un incondicional. Soy otro más que disfrutó leyéndolo, que se sintió orgulloso de tener ciertas similitudes con él, ciertos atisbos del alma de un color parecido… Como mucho habrá cuatro o cinco como él por siglo, tal vez a mí me toque ocupar su lugar, milagro mediante, en este veintiuno, eso sí, salvando las insondables distancias. Creo que ya no se escribe como antes.

En cualquier caso puedo sentirme orgulloso de que compartiese su cultura conmigo, de que seamos hijos de la misma patria por muy distantes en el tiempo que nos encontrásemos, por mucho que no conociese mi cara ni yo su risa o sus ojos. Es un sentimiento extraño de afinidad, supongo que se debe a que creo que los dos, como muchos otros antes y ahora, recibimos el líquido mágico de las ubres de la palabra, del texto y de contar historias.

Estoy hablando de un sueño… De un sillón con una letra e minúscula que se queda vacío hoy en cuerpo pero estará eternamente lleno de alma.

Es la seguridad de que Delibes, porque no creo que pueda llamarlo Miguel aunque quiera, no se ha ido como muchos dicen. No importa cuánto se alargue la sombra del ciprés, puesto que la inmortalidad es inalcanzable.

No vendrán a salvarnos.

Acércate porque no vendrán a salvarnos. En este sitio, en esta oscuridad crepitante de las hojas perdidas en los últimos vientos del invierno, la soledad es una garantía, la paz tan solo una promesa. Aun así ven, ven porque necesito que me des reposo y me abraces en un canto de tranquilidad. No cesa el acecho, ni la persecución, ni la caza.

Te necesito aquí. Con tu sola presencia me basto para no perderme, para no engullirme a mí mismo en las letanías graves y ofensivas del reproche; con tu voz podré orquestar la melodía sobre la que construir los huesos de unas alas con las que, seguramente, pueda alejarnos de aquí.

Esta inestabilidad, este clima enloquecido de mis adentros, no es agradable. Tal vez te parezca intensa, estimulante a ratos, pero es agotadora. Incluso escuece. Igual que las manos frías de la calle cuando encuentran un hogar, solo que ese dolor es agradable porque, de algún modo, te invita a pensar que ya estás a salvo…

Aquí no. Aquí no podremos estar totalmente a salvo. El tiempo nos devorará poco a poco y no se detendrá hasta que haya abrillantado nuestros huesos y entonces, solo entonces, el fuego del olvido nos reducirá a cenizas. No habrá más distancias que las que ahora me separan de la tregua conmigo mismo. Tú eres mi bandera blanca.

Te llamo porque he de ondear tu nombre y ofrecérselo a la tierra extensa de mi alma, a los prados ansiosos de manifestarse, al cielo y a los dioses para decirles que yo sí tengo un motivo auténtico para erigir un altar. Profesaré una fe distinta, la profeso ya y procuro serle fiel porque si no ya habría sido derrotado por completo.

¿El mundo? El mundo social es un decorado perfecto borrachísimo de neutralidad. Una neutralidad que porta consigo el virus de la apatía. Solo puedo ofrecerte la virulencia de la Tierra porque aquí los elementos son libres, porque no piden disculpas ni tampoco precisan de motivo alguno.

En el pozo oscuro también hay formas de vida, también hay sueños de evolución, también llega la luz del sol para bañar en destellos blancos los vaivenes del agua. Y llega, del mismo modo, la lluvia y la luna con una voz tan de plata que las sombras parecen joyas de nácar, o de espuma de mar o quién sabe…

Lo que sí sé es que tu silueta, entonces, se hace tan sagrada que debo contemplarla. Siempre, cuando llega la luz al extrarradio de mi consciencia y, por un momento de ensueño, sí hallo paz.

Soy honesto, al menos por esta vez, y te digo, por fin, que te invito a las puertas de este castillo. Que eres bienvenida, y necesaria, a este sacrificio imprevisible con sus imprevisibles horas de satisfacción.

Te espero… Te espero en un tiempo auténtico, un tiempo que no entiende de relojes o mecanismos. Un tiempo al azar en el que espero encontrar tu piel, tu carne, tu sonrisa.

Semilla he sido ya.

Cuando no halles tiempo ni lugar, entonces, llámame. No grites ni hables, tan solo piensa, busca, indaga. Tan solo escucha en ti y observa, en tu desesperación, cómo sucede todo. Presta atención a lo que ocurre, déjate, siéntete tranquila, tanto como puedas, y sé un alma en libertad.

Llámame. Hazlo porque he sido ya semilla, y hoja, y muy largamente joven y es en ese instante crítico, en el que no encontrarás nada fuera de ti porque todo se habrá ido, o estará a punto, donde se encuentra toda la consciencia, todo el acto y también la inercia, de cuanto soy. Porque solo así lograré completarme.

Así pues, cuando ya tus pies ni sostenerte puedan, cuando el cansancio sea sumo y no puedas caminar, tan solo déjate caer y siente el remolino que habrá de arrullarte, la brisa tras tus hombros y bajo tus caderas. Búscame con más intensidad entonces y ahí estaré yo, con mis ramas llenas de hojas jóvenes, y también viejas, dispuesto a recogerte en el vacío, en el segundo previo al impacto que habría de romperte.

Búscame, con tus ojos cerrados observando. Y te depositaré en la Madre que nos acoge. Así seré árbol, señor del viento e hijo digno de la Tierra, y podré enseñarte que siempre hay otra oportunidad, otro hueco en el cielo para recibir el sustento del sol, y otro frente de lluvia sobre el que hacerse más fuerte.