No vendrán a salvarnos.

Acércate porque no vendrán a salvarnos. En este sitio, en esta oscuridad crepitante de las hojas perdidas en los últimos vientos del invierno, la soledad es una garantía, la paz tan solo una promesa. Aun así ven, ven porque necesito que me des reposo y me abraces en un canto de tranquilidad. No cesa el acecho, ni la persecución, ni la caza.

Te necesito aquí. Con tu sola presencia me basto para no perderme, para no engullirme a mí mismo en las letanías graves y ofensivas del reproche; con tu voz podré orquestar la melodía sobre la que construir los huesos de unas alas con las que, seguramente, pueda alejarnos de aquí.

Esta inestabilidad, este clima enloquecido de mis adentros, no es agradable. Tal vez te parezca intensa, estimulante a ratos, pero es agotadora. Incluso escuece. Igual que las manos frías de la calle cuando encuentran un hogar, solo que ese dolor es agradable porque, de algún modo, te invita a pensar que ya estás a salvo…

Aquí no. Aquí no podremos estar totalmente a salvo. El tiempo nos devorará poco a poco y no se detendrá hasta que haya abrillantado nuestros huesos y entonces, solo entonces, el fuego del olvido nos reducirá a cenizas. No habrá más distancias que las que ahora me separan de la tregua conmigo mismo. Tú eres mi bandera blanca.

Te llamo porque he de ondear tu nombre y ofrecérselo a la tierra extensa de mi alma, a los prados ansiosos de manifestarse, al cielo y a los dioses para decirles que yo sí tengo un motivo auténtico para erigir un altar. Profesaré una fe distinta, la profeso ya y procuro serle fiel porque si no ya habría sido derrotado por completo.

¿El mundo? El mundo social es un decorado perfecto borrachísimo de neutralidad. Una neutralidad que porta consigo el virus de la apatía. Solo puedo ofrecerte la virulencia de la Tierra porque aquí los elementos son libres, porque no piden disculpas ni tampoco precisan de motivo alguno.

En el pozo oscuro también hay formas de vida, también hay sueños de evolución, también llega la luz del sol para bañar en destellos blancos los vaivenes del agua. Y llega, del mismo modo, la lluvia y la luna con una voz tan de plata que las sombras parecen joyas de nácar, o de espuma de mar o quién sabe…

Lo que sí sé es que tu silueta, entonces, se hace tan sagrada que debo contemplarla. Siempre, cuando llega la luz al extrarradio de mi consciencia y, por un momento de ensueño, sí hallo paz.

Soy honesto, al menos por esta vez, y te digo, por fin, que te invito a las puertas de este castillo. Que eres bienvenida, y necesaria, a este sacrificio imprevisible con sus imprevisibles horas de satisfacción.

Te espero… Te espero en un tiempo auténtico, un tiempo que no entiende de relojes o mecanismos. Un tiempo al azar en el que espero encontrar tu piel, tu carne, tu sonrisa.

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