Tranquilo, porque ahora vuelves a casa.

– No puedo decirle mucho más, agente. Ya se lo he contado todo.

– Así que vas en serio. Me dices que tú ibas por la calle, paseando a tus perros, y que oíste gritar a un energúmeno algo que ni se entendía. Que viste a la gente decir que era otro tío desesperado y cocido, otro más, y te quedaste quieto a ver qué pasaba. Acto seguido crees entender lo que dice y ves que está fuera de sí y lo próximo que recuerdas… es que perdona que no lo pueda decir pero me da hasta vergüenza. Qué te crees, no, en serio, dímelo. Qué te pasa, qué te pasa en esa cabeza de retrasado que pareces tener porque no veo normal que quieras tocarme los huevos de esta manera.

– Ni quiero tocarle los huevos a nadie ni soy un retrasado ni nada por el estilo. Lo que ha dicho usted lo ha dicho bien. Lo escuché gritar. Al principio no entendí nada, iba con los perros y quería irme a casa. Sin embargo, justo antes de enfilar la calle para mi portal creí entender algo y me pareció extraño que lo entendiese. Me di la vuelta y solté las cadenas de los perros. Recuerdo que se quedaron muy quietos, que se tumbaron. Luego… Luego estaba frente a ese desquiciado y algo en mí sentía miedo pero de súbito, no sé cómo explicárselo, ese hombre vino a mí con la cara arrasada de llanto y… Y al principio no tenía palabras, ni voz, pero de repente sentí un calor potentísimo en mi corazón y mi boca se llenó de hermosas palabras y mis oídos comprendieron qué decía aquel pobre hombre. Decía “acaba conmigo porque así no soy libre” y yo, o lo que fuera en mí, le apoyé la mano en el rostro. Ahora lo recuerdo todo borroso pero juraría que fue mi mano izquierda en su mejilla derecha y a la vez, justo al tiempo en el que le hundía una daga de plata en el corazón, él apoyó su rostro en mi pecho y yo le dije “tranquilo, tranquilo porque ahora vuelves a casa”.

– Tienes que estar jodiéndome. Tienes que estar jodiéndome porque sabes que soy medio novato y quieres reírte de mí.

– Pero para qué iba a hacer yo eso. Si además he venido yo para que usted, que fue quien me encontró, me diera algo más de información. ¿Por qué no me cree?

– No es que no… A ver… Mira, no sé. Hablas de una daga de plata que no existe, de la que no hay pruebas de ningún tipo, tú tampoco ibas armado y cuando te encontramos ahí tus perros estaban tumbados a tu lado, con sus cabezas en el vientre. La perra negra y el cachorro blanco. Y a tu lado ya sabes lo que había. ¿A qué has venido? Si no es para reírte no lo entiendo, y que sepas que no me creo que hayas venido a por información…

– Pero, agente… Yo ya he dicho lo que pasó. Y se lo he contado como un testigo que, además, era primera y tercera persona a la vez… ¿Qué quiere que haga?

– No lo sé… No lo sé. Un mes más y me hacían fijo y tienes que venir tú a tocarme los huevos. Solo… Solo dime una cosa. Una cosa que me intriga muchísimo. Pongamos que acepto que de repente entendieses lo que aquel desquiciado dijo, que sintieses el impulso de ir a su lado y que obtuviste una daga de plata que se vaporizó. Digamos que me trago todo ese montón de fantasía. Bien, dime una cosa… Y es algo que no me deja dormir en absoluto: cómo es posible que un tipo histérico que podría haberte partido todos los huesos del cuello…

– ¿Se dejó apuñalar en el corazón por “mí” y luego apoyó su rostro en mi pecho?

– No, eso no… Por qué cuando lo encontramos muerto estaba sonriendo.

– Lo siento, agente… Para eso tampoco tengo respuesta.

Si hablas, te escucho.

– ¿El qué?

– Bueno, ya sabes… Creo que todo.

-¿Todo?

Se tumbó sobre la hierba del parque y respondió con una sonrisa. Porque en lo que pensaba era en que merecía la pena hacer las cosas de ese modo, sintiéndolas de esa manera especial porque hay algo en ti que mantiene viva la esperanza. Muchos dicen que la esperanza es lo que acaba por matarte, que la fe se desintegra poco a poco mientras el ácido de la realidad la va carcomiendo, pero no tiene por qué ser del todo así. No únicamente. A fin de cuentas es renovable, es reajustable y evoluciona de manera simultánea a quien la guarda. La esperanza, la fe, las ganas, crecen a medida que el individuo crece. Por eso, por eso merece la pena, porque aunque no lo consigas la emoción perdura y si lo consigues la sensación de logro por el esfuerzo es mayor, tiene un sabor único. Hacerlo así, dejándose una parte de cada uno, hollando el suelo de la existencia para poder decir que se ha vivido. Así sí. Así merece la pena. Sintiendo al escribir cada punto, todas las palabras, poniendo el alma en cada letra.


– ¿Por qué sonríes?

– No, por nada.

– ¿También te has dado cuenta?

– ¿Darme cuenta de qué?

– De todo, de esto…

– ¿De todo y de esto? No lo sé… ¿de algo en particular?

Se quedó un poco seria y se acomodó en el sillón. Al verlo sonreír sintió una conexión vibrante en los adentros de su geografía. Las fronteras  del alma sintió que saltaban por los aires y llegaban a todos los rincones en los que estaba, en los que había estado, y pese a que no eran muchos sí eran más que suficientes para sentirse viva en el mundo. Sintió que su amigo estaba viviendo algo similar a ella pero no lo expresaba del mismo modo. Sabía, por sus ojos sabía, que comprendía que merece la pena levantarse diez minutos antes de la cama para llegar con un deliberado adelanto a la parada del bus tan solo para ver pasar a esa persona, esa misma y única persona que se apoya tan dulcemente en el cristal del autobús, con los sueños horneados en la noche humeando todavía sobre las pestañas. Sabía que él sentía lo mismo, ese escalofrío súbito e inesperado al caminar que invita a darse la vuelta con un vuelco del corazón esperando encontrar a esa misma persona, por alguna casualidad desconocida, aunque sepamos lo imposible que es eso… Pero así funciona, la ilusión crepita y la más mínima posibilidad convierte a cualquiera en una pared de fuego. Da igual que luego no haya nadie, el sueño breve y conciso, que desencadena miles de ensoñaciones por segundo, merece la pena. No se pueden esconder esas afinidades y ella lo sabía, y él se daba cuenta de que ella sospechaba algo y sonrió también, acomodándose en el otro sillón, al norte de la mirada de su amiga. Pensaban lo mismo. En la carrera de lunes a viernes para coger el autobús lleno en el que iba esa otra e inconfundible persona, esa que lleva en su identidad una gran parte de la nuestra y que nos hace ser, en cuenta de esperar al siguiente que llega vacío. Porque ese era el problema, que iba vacío. Sin esa persona, la que fuera, que les hiciese sentir únicos. Que nos hace sentir así.


– Y a ti, ¿qué te pasa?

– ¿Qué me pasa de qué?

– Que pareces triste…

– ¿Acaso no lo estoy?

– No lo sé, ¿lo estás?

– Lo estoy.

– ¿Por qué?

– No estoy seguro.

– ¿Y puedo ayudar?

– Tampoco lo sé.

– Si hablas te escucho.

Se ladeó en la cama mientras su amigo miraba desde la silla del ordenador. Estaba de frente a él y se miraron durante un segundo hasta que el que estaba tumbado cerró los ojos. Inspiró hondo y el aire tembló en el recorrido. Fue un desequilibrio sutil pero muy significativo. El aire inhalado se convirtió en agua descendente, mejilla abajo, en un caudal de cansancio, de agotamiento. Al principio las palabras no acudían a sus labios, sentía algo de vergüenza. Una vergüenza que se disipó cuando su amigo le dijo “no te preocupes, yo me quedo. Tú habla”. Entonces, solo entonces, las tormentas que custodiaban su libertad en una guerra de dolorosos truenos que ensordecían su voz, se disipó. La voz le llegó como los rayos del sol acarician tras las nubes las mejillas del mundo, en la linde de la noche naciente. Dijo que sentía dolor al tiempo que alegría, que no era normal o que si lo era no lo entendía. No entendía por qué en cada suspiro caído de sus labios había un nombre, o una letra del mismo nombre. Si los pensamientos conducen siempre al mismo lugar de placer y angustia es indicio de locura. Pero qué más locura que la suya, que la vida, que esa misma en la que estaban los dos, uno hablando con lágrimas contenidas en los ojos y el otro escuchando con el aire atrapado en la boca, casi sin salir ni entrar, a la espera. Qué valor tiene esto entonces, esta lucha interna, si quedaba solo, si su cama era inmensa y la distancia a esa silla apenas de unos cuantos centímetros insalvables. ¿Tenía algún sentido, algo que lo hiciera digno y real? Porque sus manos dibujaban siempre igual el mismo cuerpo, y esculpía el mismo nombre con cada palabra, con todos los pensamientos dirigidos al mismo punto, a los dos mismos puntos que eran la luz de guía y la sombra de muerte. Los ojos de su amigo, su interlocutor silencioso y silenciado que escuchaba sin perder detalle. La cama se hizo aún más grande mientras esperaba que su amigo se fuera, que la valentía repentina lo ejecutara por fin y por fin lo dejara en paz igual que él había dejado marchar su secreto, su forma más pura y natural, al decirle que sus sueños pasaban por su boca y su fuerza por sus brazos; que su oxígeno por su vientre y su corazón era compartido. Tuvo miedo y a la par esperanza de quedarse solo y en silencio sin la vergüenza del rechazo o, lo que es peor, acompañado por la desidia de quien recibe una confesión que no está dispuesto a encajar. Estaba triste, estaba triste porque al mismo tiempo estaba feliz y lo que lo entristecía era esa felicidad, era el frío tacto de las sábanas y el aliento gélido del miedo, del arrepentimiento por hablar, del reproche por no haber aguantado un día más como llevaba haciendo desde hacía meses, meses que se contaban por eternidades. ¿Había merecido la pena? Desde luego… Pese a la confusión, desde luego. Porque ahora se sentía ligero, nerviosamente tranquilo y calmadamente nervioso… Tan lleno que se sentía vacío, en ligero ascenso sobre sí mismo. Libre para estirarse en una cama que estaba siendo compartida.


¿Y esta historia? ¿Qué hay de mí? ¿Y de ti? ¿Qué vale más, preguntarte si ha merecido la pena lo que has hecho o si la merece lo que vas a hacer?

Niño.

Sigue soñando, niño. Sigue esforzándote en tu creencia, sigue viviendo a tu modo, respeta al máximo y llora cuando no puedas más. Aguanta el dolor y exprésalo con los que te aman, diles que te alivien, diles que lo derramarás sobre su pecho para que no se extienda, para que lo puedan tomar y cambiarle el color, el aspecto y la forma. Pídeles que te lo permitan y verás que acceden, que asienten, y que en sus ojos se ve la misma súplica, la misma confianza, cuando los abatidos sean ellos.

Sigue así, hijo mío, sigue luchando en la forma que lo haces, sigue creyendo que hay una forma, que hay un modo, porque no estás solo. Desenrédate de la derrota, envuélvete la carne y extrae tu alma para elevarla a las estrellas. Asegúrate de dejar una estela que otros, los que quieran, puedan seguir. Así, así verás que no estás solo.

Por eso, niño, no te amedrentes. Agótate durante el mandato solar y ya reposarás en la voz silente y plateada de la luna, te reparará el abrigo nocturno, la oscuridad discreta te abrazará para devolverte a lo inicial y tu mente y tu cuerpo serán nuevos pero no reiniciados.

Aguanta, aguanta cuanto puedas y sé firme a lo que sientes, siempre a lo que sientes y, sobre todo, nunca te avergüences de tus emociones. Asúmelas, afróntalas y  trata de aprender de todo lo que ofrecen. Aprende también que nunca podrás estar siempre orgulloso de ser quien eres pero cuando te des cuenta de eso verás que es un orgullo ser capaz de dar el paso con el que reencontrar el sendero.

Y así hasta que mueras. Hasta que mueras y tus huesos caigan al foso y la tierra reclame lo que es suyo y tú devuelvas lo que tomaste prestado. Asegúrate, entonces, cuando eso mismo esté ocurriendo y seas consciente, de que el préstamo fue útil, de que la Tierra no dudará de lo valioso de tu tiempo y que tu tiempo será válido si tu mensaje se mantiene.

Obra del modo en el que sepas que eres justo y lo justo es obrar con los demás del modo en el que te gustaría que obrasen contigo. Sin embargo recuerda, y mantén esto presente, que no todos lo harán así y que es parte de la vida, de la criba y del aprender, ser capaz de aceptar tal cosa por mucho que duela.

Pero sobre todo no desfallezcas, no lo hagas del todo, hasta que te toque caer.

Mientras tanto, niño, hijo mío, quien seas y sin importar tu edad, cree; sueña.

Aquí opinan todos aunque no sepan de qué hablan.

Deben entrometerse. Estamos en un país en el cual el que no opina es porque no quiere. Cualquiera se cree con el derecho, el criterio y la formación suficientes como para sentar cátedra, porque lo que hacen es algo más que opinar a juzgar por el tono y la bravura que emplean, ya sea de física nuclear o de Filosofía Antigua.

No importa de dónde vengan. Da igual el tema. El caso es que parece que en España todo el mundo es capaz y está legítimamente amparado para despotricar sobre lo que no le gusta y del modo en el que quiera. Lo de la educación y la corrección es una historia que dejamos aparte por imposible. No tiene sentido suplicar por esos aspectos, tanto menos exigirlos.

Resulta que aquí cualquier colectivo, o casi todos, tienden a la radicalidad más extrema para defender lo suyo o, directamente, atacar lo que no les gusta o creen necesario atacar. Es así de simple. Y todos se alían en un cúmulo de vulgaridad entrometida, en una labor de intromisión social a la que no tienen derecho. No importa, además, que ayer los separase un abismo que dictaminaran insalvable. Cuando el interés propio, generalmente el metálico, está en peligro es importante afilar bien el índice y atronar la voz: la única posibilidad es acusar al objetivo de lo que sea, si es de fascista mejor, para intentar quedar de progre.

En esas estamos. Estamos en un país cuya crisis de identidad ha llegado a lo más hondo, a lo tan hondo que la luz del sol es incluso un sueño antiguo, la de la cultura y la sensatez una utopía. Porque aquí ya no se respeta ni a la justicia (que, ojo, no tiene nada que ver  con la Justicia en la que yo creo y con la que me gusta soñar, una Justicia libre y limpia) para que funcione un poquito mejor.

Es por eso que si eres un sindicalista o un actor al que le están tocando a un miembro de su misma índole cromática (que me hace a mí gracia ya lo de los colores y las ubicaciones) te vuelves loco y atacas mal, a destiempo y sin criterio alguno. Resulta, y lo digo de verdad, absolutamente lamentable que la justicia española se tenga que ver atada a una humillación constante; es tristísimo ver cómo los juzgados, los tribunales, se convierten en apéndices reales de un programa cualquiera del morbo y el corazón.

No. No se puede exigir un buen funcionamiento a un organismo cuando te interesa y zancadillearlo cuando te están aproximando el hierro candente a lo que pende, o se interna, bajo el ombligo. No es cuestión de protestar, de comunicar un desacuerdo, que es algo a lo que todos tenemos derecho. Es el hecho de que en este país las formas están tan perdidas de vista que cualquiera se sube al carro, en un impulso de marea poderosa, y mete quinta para empotrarse contra lo que le parezca oportuno.

Ese es el sentido de la responsabilidad en España. Lo de “el que la hace la paga” solo funciona cuando a ciertos sectores les parece bien y no importa si hay que cargarse el Estado de Derecho, si hay que entorpecer la misión de los jueces o si el paripé pasa por engañar al pueblo, tomarlo como imbécil y encima decirle que es culpa suya.

Los jueces de España, sin conocerlos en persona ni tener interés en ello, son personas que pueden equivocarse como cualquiera. Sin embargo su responsabilidad es elevada, muy alta, y por ello conviene propiciar un ambiente lo más saludable y alejado de presiones posible. Una sentencia puede ser siempre cuestionable,  por derecho propio, y de hecho siempre son cuestionadas. Están altamente imbuidas de la condición humana. Sin embargo deberíamos hacer, teniendo la que tenemos encima, lo posible para que sean tomadas siempre de manera prudente.

Lo mínimo para evitar seguir haciendo el ridículo y  dar el primer paso para que este país deje de estar dominado por grupos oportunistas e hipócritas que dan su apoyo de la manera más antigua posible. Utilizando la del mercenario y, bajo esta premisa, pasándose por donde mejor les viene algo tan antiguo como la función de los tribunales.

Seamos serios por una vez. El que la haya hecho que la pague, y que los jueces decidan lo más sensatamente posible. No obstante no quiero dejar de comentar algo que me intriga: cómo es posible acabar en el banquillo de los acusados por prevaricar cuando empiezas un juicio, nada menos que contra el franquismo, que ya ganaron otros por ti, entre ellos la Historia. 

Almendras

Tranquilo entre las cañas. Próximo a la línea de las mismas que ardieron no hace muchos días. Pacientemente, con unas hojas de periódico extendidas ante él, se movía con lentitud. Aseguraba la posición del tarro de cristal, reordenaba el caótico montoncito de ese fruto duro, crujiente, y a veces con esa desagradable sorpresa amarga. Estaba ahí el señor, el hombre antiguo ya, en el límite casi de la ciudad misma y al borde del tiempo.

Realizaba la tarea que yo mismo hacía con mi compañero Luis en el tiempo de merendar durante la jornada en el retén, la labor rural y amable de la piedra contra la piedra para obtener el premio deseado. El fruto madurado largamente en el árbol cuyas flores son de luz de luna. Y me quedé ahí, mirándolo de pasada en su proceder. Cogía una almendra, reordenaba el montón, aseguraba el tarro y con un golpe certero y directo, solo con uno y no con varios como muchas veces a mí me hacía falta, rompía el envoltorio durísimo de la almendra y obtenía el fruto.

Luego esparcía lo que no interesaba, lo amontonaba un poco y lo lanzaba al suelo de las cañas mugrosas y resecas. Cogía con deleite la almendra y la depositaba en un tarro que estaba casi lleno ya. Pasé dos veces don los perros delante de él y Platón, en su característica de cachorro, se interesó por el hombre y su actividad. Cuando se dio cuenta de que no era para él simplemente pasó de largo, como en su caracterísitca de perro.

Y ahora pienso en la ciudad… ¿Le podía interesar a la ciudad la tarea de aquel hombre o simplemente pasará de largo, olvidando de dónde vienen las almendras y de cómo se comían antes, en el campo, en el monte? Ignorará, tal vez, el dolor de fallar en el golpe y acertar a los dedos, el odio repentino y el perdón inmediato, pues el sabor delicioso de la almendra no puede perdonarse con facilidad.

No dije nada. Solo miré y recordé. Recordé que yo seré viejo también, que algún día haré como ese hombre… Y solo me alivió el pensar que, a lo mejor, serían mis propias al mendras, crecidas por mí, en el huerto que he deseado tener siempre.

No nos dejarán hasta que queramos que lo hagan.

El bombardeo es constante. Titulares falsos, evidencia de la vergüenza, permisividad concentrada hacia determinados focos, hacia concretas élites. Mientras tanto estamos perdiéndonos. La vida se nos escapa sin darnos cuenta de que somos más de lo que somos, de podemos más, de que tenemos sueños y que estos son tan nosotros como nosotros mismos.

No debemos esperar, ni exigir, que se den cuenta los demás. Es algo puramente propio, algo único que se basa exclusivamente en la identidad de cada uno. ¿Somos esto? ¿Somos de verdad este producto deshumanizado, sanguinario y frívolo? Tenemos el derecho y la posibilidad de creer en el espíritu, de confiar en el alma, y abrazar esa condición para acercarnos. Somos la misma especie, los mismos hijos de la misma tierra, una Tierra que no entiende de país o región, de moneda y suerte.

¿Qué podría pensar de nosotros un pueblo alienígena? ¿Qué podemos pensar nosotros mismos? Esta pregunta es más importante que la primera, pero la tercera es la clave, ¿qué pensarán los que vengan heredando nuestra sangre, nuestras ganas de vivir, nuestra identidad toda? Estamos construyendo, por inactividad, el camino directo a la debacle, a la pérdida más ferviente y dolorosa de la fe más auténtica que existe: la fe en lo humano.

Vendimos, algunos más y otros menos, algunos a un precio más alto y otros menos, lo que nos conmueve, lo que nos une y nos hace iguales. Tal vez quede algo, algo más que la esperanza de creer que seguimos siendo en lugar de imaginar que alguna vez fuimos más que nuestras posesiones, más que el dinero. Que la validez de cada cual no tiene nada que ver con el aprecio que le tiene quien mande.

Somos más interesantes que todo eso. O deberíamos serlo porque ya lo fuimos. ¿Está nuestra mente condenada a ser el patio de recreo de aquellas bacterias, enfermedades, que nos inoculan a diario? Podemos pensar como ya hicimos, podemos soñar como solemos hacer aunque cada vez con menos frecuencia.

¿Qué es eso que aparentemente nos hace distintos? Lo suficientemente distintos como para justificar la masacre, el atentado, la violación sistemática de nuestra calidad de milagro. Un azar cósmico, a lo largo de un tiempo incomprensible para nuestra capacidad pensante, nos trajo aquí. Nos depositó con sumo cuidado en un ambiente duro, hostil, que poco a poco fue superado.

¿Y ahora? Ahora que no hay tal ambiente hostil, que podría facilitarse la vida, los hostiles somos nosotros. Y lo somos para con nuestros iguales. No hay sentido, no puede haberlo. Pero la libertad de elegir siempre existe, siempre queda porque, como ya sabemos, siempre hay una elección, por mínima que sea, y ésta tiene la posibilidad inherente de cambiarlo todo, por grande que sea.

Así que podemos elegir. Quedarnos o marchar. Quedarnos en el actual estado de abulia enferma o marchar a buscar nuevos horizontes donde el Hombre se vea en la necesidad de probarse a sí mismo, de reivindicar su existencia, para demostrar que tiene el deseo de vivir.

Se trata de reemprender un viaje a los inicios ontológicos de lo humano, al origen mismo de lo que se supone que somos solo que con todas las ventajas de hoy. Aprovechar lo avanzado para seguir haciéndolo en lugar de para conformarnos con el lugar alcanzado mientras zancadilleamos a otros, mientras quedan sometidos a un azar para nada cósmico sino mezquinamente humano. Un azar controlado por unos cientos.

No seamos necios. La oportunidad de ser está relacionada de manera directa con la capacidad de pensar, de analizar y de sentir. Pero estamos olvidando cómo hacerlo. Estamos convirtiéndonos en amebas del consumo, en fagocitos obsesionados con el bulto numérico de la cuenta corriente o la caja de ahorros.

¿Es para todo esto para lo que llegamos aquí o, de otro modo, podemos reorientarnos? Reorientarnos hacia un punto que ya marcaron otros muchos, siglos antes, cuando la Tierra era dura y hostil.

La tierra prometida.

Veía al helicóptero mantenerse suspendido en una constante tarea. Se dijo a sí mismo que no había de qué preocuparse, que Irak era así y que de no serlo se convertiría en un lugar extraño. Si hubiese paz en Irak, se decía, cualquiera desconfiaría de cualquiera, todos se convertirían en enemigos potenciales, en espías infiltrados en la libertad de cada uno y nadie, asimismo, tendría la posibilidad de evitarlo. Sería una paz extraña, crispada, y no hay nada peor que la crispación. Por eso se repetía a sí mismo que aunque ese puto helicóptero continuase con ese zumbido no había nada saliéndose del guión.

Se dijo que eran todos parte del mismo teatro, la misma obra. La mentira sobre la que otros harían verdades de las cuales levantarían imperios. Eso era Irak, la cortina de humo y polvo, de sangre y cadáveres y derechos mutilados. La pesadilla de la libertad, a fin de cuentas.

En ese helicóptero iban los supuestos héroes, los sacrificados valientes de la tierra prometida al otro lado del océano. La evolución y el progreso. La misma mierda de siempre, musitó para sí. En silencio. Siempre en silencio porque los hombres que iban con él no debían verlo temer, no podía dejar que lo vieran incomodarse por el hecho de que un helicóptero, otro más, sobrevolase la zona insistentemente. Estaban ellos. Irakíes en Irak, caminando por las calles a plena luz del día. Innegables sospechosos, cómo no.

La historia se reescribe según el que conquista.

Y la Historia siempre había y ha sido así, ¿verdad? Por eso no hay que molestarse porque el helicóptero ahora estuviera mirándolos fijamente, de que él tuviese la sensación de que el piloto, el copiloto y el tipo que estaba detrás con ellos le pareciesen los tres hijos de puta más grandes que jamás hubiese visto en su vida. Y había visto cosas. Muchas cosas. Es lo que tiene ser un reportero de guerra.

Así que avanzan. Por las calles. A todos les molesta el helicóptero porque lleva más rato de lo normal sobre ellos y eso sí se sale del guión. Del guión de la triste historia de Irak. Pero caminan. Caminan porque ellos no quieren salirse del papel de sospechosos en su propia tierra, de invasores nativos. La ironía más dolorosa y cruel a la que alguien pueda enfrentarse.

Y da igual si son buenos y malos porque están en la brecha, en el frente, en el centro neurálgico de los planes de otros trajeados que jamás inhalarán el polvo de esas calles, ni el humo mezclado con la sangre y la carne de un atentado o de una masacre colateral. Da igual y ya no hay por qué ofenderse. Algún día se agotará la tierra, o las fuerzas de algunos o de todos y no habrá ya nadie que distinga un país de una nacionalidad porque solo habrá miseria. Miseria y muchas miradas preguntándose por qué y desde dónde.

No habrá respuestas de la tierra prometida al otro lado del océano. Colgarán piernas de las paredes y terminarán en pies calzados con nike, y niños con gorras de adidas y camisetas de mickey mouse dormirán una siesta tras la orquesta del mortero. Una orquesta que ni siquiera verán terminar porque se habrán dormido durante el evento. ¿Estarán soñando?

Eso es lo que piensaa el periodista, reportero de guerra, y lo que saben en ese momento sus acompañantes. Poco importan ya sus planes si es que los tuvieron. El helicóptero se detiene, oscila un poco y gana ángulo orillándose hacia la derecha. No quieren darles intimidad, no quieren otorgarles una porción de la tierra en que nacieron. Porque son irakíes en Irak. Asesinos potenciales.

Así que el helicóptero dispara una ráfaga y los abate. Ninguno entiende por qué pero enseguida recuerdan que están en Irak  y  no se sorprenden. Van a morir como muere un espía, pensando en qué ha hecho mal para que lo descubran. Con la diferencia de que para el espía el territorio hostil no es su propia tierra; con la diferencia de que ellos no habían hecho nada para recibir esa lluvia mortífera.

El guión no ha cambiado tanto al término de la obra, y la tierra prometida regala silencio. Y sus secuaces asienten.

Nunca pude terminar de leerlo.

– Disfruté mucho con ese libro. – La chica levantó la vista y apartó su concentración de la lectura.

– A mí también me está gustando. Tiene algo único. Bueno, decir eso es como no decir nada porque todos los libros son únicos de algún modo. Todos conllevan un gran esfuerzo, todos tienen alguna dosis de los sueños de quien los escribe pero… Este me parece especial.

– ¿Por qué?

– Porque el autor parece estar constantemente en un estado de lucha. No de lucha abierta sino de lucha angustiosa consigo mismo. Es una especie de carrera contra el reloj de la vida lo que parece llevar encima. Algo así como el conejo del té del País de las Maravillas… Solo que con algo obviamente más serio. Me parece enternecedor porque es un hombre y al mismo tiempo un niño y tiene las mismas indecisiones y las mismas seguridades. Es como ver a alguien tratando de salir de una crisálida, con todas sus fuerzas, no solo para respirar sino para sentirse libre y aprovechar esa libertad adquirida. De algún modo siento que escribió esto para dar a conocer que siente una responsabilidad para con el mundo. – Ella lo miraba fijamente a los ojos, él apartó la vista un momento para posarla en la lejanía. Una lejanía temporal que nada tenía que ver con el espacio del horizonte.

– Ya veo… Yo, si te soy sincero, nunca pude leerlo del todo. Se me hacía extrañamente largo. Repetidamente conocido. Pero no por eso lo desprecio, ni mucho menos. Siempre lo tengo presente, claro. – E instintivamente acarició el oeste de su pecho con la mano derecha.

– ¿Hablas del estilo, de la narración? Bueno, no están mal… Pero no es eso lo más importante al fin y al cabo.

– Qué lo es, entonces. – Ella se quedó quieta, callada… Abrió mucho los ojos y lo invitó a encontrar en ellos la respuesta. Él sonrió porque por fin había encontrado lo que buscaba. Como el que encuentra el lugar con el que sueña y que sabe que existe pero nunca ha visitado. El hallazgo esencial, la parte mágica que confirma la sospecha, la ilusión, la intuición magnífica. Le musitó un gracias que se escapó en el límite del tacto de sus labios, de la habitual forma en que lo hacen los susurros, y no pudo evitar la caída lenta y espontánea de una lágrima enamorada de su mejilla.

Al otro lado de la mesa ella no comprendía por qué él lloraba. Luego comprendió lo que había dicho de cuánto disfrutó el libro y que se le hacía extrañamente pesado, conocido; un instante después supo por qué no lo podía terminar de leer. Por último supo por qué él lloraba… Pero apareció ante ella un nuevo interrogante. “¿Qué le pasa a mi corazón, que me suspende en un segundo eterno si veo que brillan sus ojos, si imagino que va a acariciarme? ¿Qué me pasa a mí, que sueño con que me convierta en tinta guardada en el papel?”