Nunca pude terminar de leerlo.

– Disfruté mucho con ese libro. – La chica levantó la vista y apartó su concentración de la lectura.

– A mí también me está gustando. Tiene algo único. Bueno, decir eso es como no decir nada porque todos los libros son únicos de algún modo. Todos conllevan un gran esfuerzo, todos tienen alguna dosis de los sueños de quien los escribe pero… Este me parece especial.

– ¿Por qué?

– Porque el autor parece estar constantemente en un estado de lucha. No de lucha abierta sino de lucha angustiosa consigo mismo. Es una especie de carrera contra el reloj de la vida lo que parece llevar encima. Algo así como el conejo del té del País de las Maravillas… Solo que con algo obviamente más serio. Me parece enternecedor porque es un hombre y al mismo tiempo un niño y tiene las mismas indecisiones y las mismas seguridades. Es como ver a alguien tratando de salir de una crisálida, con todas sus fuerzas, no solo para respirar sino para sentirse libre y aprovechar esa libertad adquirida. De algún modo siento que escribió esto para dar a conocer que siente una responsabilidad para con el mundo. – Ella lo miraba fijamente a los ojos, él apartó la vista un momento para posarla en la lejanía. Una lejanía temporal que nada tenía que ver con el espacio del horizonte.

– Ya veo… Yo, si te soy sincero, nunca pude leerlo del todo. Se me hacía extrañamente largo. Repetidamente conocido. Pero no por eso lo desprecio, ni mucho menos. Siempre lo tengo presente, claro. – E instintivamente acarició el oeste de su pecho con la mano derecha.

– ¿Hablas del estilo, de la narración? Bueno, no están mal… Pero no es eso lo más importante al fin y al cabo.

– Qué lo es, entonces. – Ella se quedó quieta, callada… Abrió mucho los ojos y lo invitó a encontrar en ellos la respuesta. Él sonrió porque por fin había encontrado lo que buscaba. Como el que encuentra el lugar con el que sueña y que sabe que existe pero nunca ha visitado. El hallazgo esencial, la parte mágica que confirma la sospecha, la ilusión, la intuición magnífica. Le musitó un gracias que se escapó en el límite del tacto de sus labios, de la habitual forma en que lo hacen los susurros, y no pudo evitar la caída lenta y espontánea de una lágrima enamorada de su mejilla.

Al otro lado de la mesa ella no comprendía por qué él lloraba. Luego comprendió lo que había dicho de cuánto disfrutó el libro y que se le hacía extrañamente pesado, conocido; un instante después supo por qué no lo podía terminar de leer. Por último supo por qué él lloraba… Pero apareció ante ella un nuevo interrogante. “¿Qué le pasa a mi corazón, que me suspende en un segundo eterno si veo que brillan sus ojos, si imagino que va a acariciarme? ¿Qué me pasa a mí, que sueño con que me convierta en tinta guardada en el papel?”

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