La tierra prometida.

Veía al helicóptero mantenerse suspendido en una constante tarea. Se dijo a sí mismo que no había de qué preocuparse, que Irak era así y que de no serlo se convertiría en un lugar extraño. Si hubiese paz en Irak, se decía, cualquiera desconfiaría de cualquiera, todos se convertirían en enemigos potenciales, en espías infiltrados en la libertad de cada uno y nadie, asimismo, tendría la posibilidad de evitarlo. Sería una paz extraña, crispada, y no hay nada peor que la crispación. Por eso se repetía a sí mismo que aunque ese puto helicóptero continuase con ese zumbido no había nada saliéndose del guión.

Se dijo que eran todos parte del mismo teatro, la misma obra. La mentira sobre la que otros harían verdades de las cuales levantarían imperios. Eso era Irak, la cortina de humo y polvo, de sangre y cadáveres y derechos mutilados. La pesadilla de la libertad, a fin de cuentas.

En ese helicóptero iban los supuestos héroes, los sacrificados valientes de la tierra prometida al otro lado del océano. La evolución y el progreso. La misma mierda de siempre, musitó para sí. En silencio. Siempre en silencio porque los hombres que iban con él no debían verlo temer, no podía dejar que lo vieran incomodarse por el hecho de que un helicóptero, otro más, sobrevolase la zona insistentemente. Estaban ellos. Irakíes en Irak, caminando por las calles a plena luz del día. Innegables sospechosos, cómo no.

La historia se reescribe según el que conquista.

Y la Historia siempre había y ha sido así, ¿verdad? Por eso no hay que molestarse porque el helicóptero ahora estuviera mirándolos fijamente, de que él tuviese la sensación de que el piloto, el copiloto y el tipo que estaba detrás con ellos le pareciesen los tres hijos de puta más grandes que jamás hubiese visto en su vida. Y había visto cosas. Muchas cosas. Es lo que tiene ser un reportero de guerra.

Así que avanzan. Por las calles. A todos les molesta el helicóptero porque lleva más rato de lo normal sobre ellos y eso sí se sale del guión. Del guión de la triste historia de Irak. Pero caminan. Caminan porque ellos no quieren salirse del papel de sospechosos en su propia tierra, de invasores nativos. La ironía más dolorosa y cruel a la que alguien pueda enfrentarse.

Y da igual si son buenos y malos porque están en la brecha, en el frente, en el centro neurálgico de los planes de otros trajeados que jamás inhalarán el polvo de esas calles, ni el humo mezclado con la sangre y la carne de un atentado o de una masacre colateral. Da igual y ya no hay por qué ofenderse. Algún día se agotará la tierra, o las fuerzas de algunos o de todos y no habrá ya nadie que distinga un país de una nacionalidad porque solo habrá miseria. Miseria y muchas miradas preguntándose por qué y desde dónde.

No habrá respuestas de la tierra prometida al otro lado del océano. Colgarán piernas de las paredes y terminarán en pies calzados con nike, y niños con gorras de adidas y camisetas de mickey mouse dormirán una siesta tras la orquesta del mortero. Una orquesta que ni siquiera verán terminar porque se habrán dormido durante el evento. ¿Estarán soñando?

Eso es lo que piensaa el periodista, reportero de guerra, y lo que saben en ese momento sus acompañantes. Poco importan ya sus planes si es que los tuvieron. El helicóptero se detiene, oscila un poco y gana ángulo orillándose hacia la derecha. No quieren darles intimidad, no quieren otorgarles una porción de la tierra en que nacieron. Porque son irakíes en Irak. Asesinos potenciales.

Así que el helicóptero dispara una ráfaga y los abate. Ninguno entiende por qué pero enseguida recuerdan que están en Irak  y  no se sorprenden. Van a morir como muere un espía, pensando en qué ha hecho mal para que lo descubran. Con la diferencia de que para el espía el territorio hostil no es su propia tierra; con la diferencia de que ellos no habían hecho nada para recibir esa lluvia mortífera.

El guión no ha cambiado tanto al término de la obra, y la tierra prometida regala silencio. Y sus secuaces asienten.

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