No nos dejarán hasta que queramos que lo hagan.

El bombardeo es constante. Titulares falsos, evidencia de la vergüenza, permisividad concentrada hacia determinados focos, hacia concretas élites. Mientras tanto estamos perdiéndonos. La vida se nos escapa sin darnos cuenta de que somos más de lo que somos, de podemos más, de que tenemos sueños y que estos son tan nosotros como nosotros mismos.

No debemos esperar, ni exigir, que se den cuenta los demás. Es algo puramente propio, algo único que se basa exclusivamente en la identidad de cada uno. ¿Somos esto? ¿Somos de verdad este producto deshumanizado, sanguinario y frívolo? Tenemos el derecho y la posibilidad de creer en el espíritu, de confiar en el alma, y abrazar esa condición para acercarnos. Somos la misma especie, los mismos hijos de la misma tierra, una Tierra que no entiende de país o región, de moneda y suerte.

¿Qué podría pensar de nosotros un pueblo alienígena? ¿Qué podemos pensar nosotros mismos? Esta pregunta es más importante que la primera, pero la tercera es la clave, ¿qué pensarán los que vengan heredando nuestra sangre, nuestras ganas de vivir, nuestra identidad toda? Estamos construyendo, por inactividad, el camino directo a la debacle, a la pérdida más ferviente y dolorosa de la fe más auténtica que existe: la fe en lo humano.

Vendimos, algunos más y otros menos, algunos a un precio más alto y otros menos, lo que nos conmueve, lo que nos une y nos hace iguales. Tal vez quede algo, algo más que la esperanza de creer que seguimos siendo en lugar de imaginar que alguna vez fuimos más que nuestras posesiones, más que el dinero. Que la validez de cada cual no tiene nada que ver con el aprecio que le tiene quien mande.

Somos más interesantes que todo eso. O deberíamos serlo porque ya lo fuimos. ¿Está nuestra mente condenada a ser el patio de recreo de aquellas bacterias, enfermedades, que nos inoculan a diario? Podemos pensar como ya hicimos, podemos soñar como solemos hacer aunque cada vez con menos frecuencia.

¿Qué es eso que aparentemente nos hace distintos? Lo suficientemente distintos como para justificar la masacre, el atentado, la violación sistemática de nuestra calidad de milagro. Un azar cósmico, a lo largo de un tiempo incomprensible para nuestra capacidad pensante, nos trajo aquí. Nos depositó con sumo cuidado en un ambiente duro, hostil, que poco a poco fue superado.

¿Y ahora? Ahora que no hay tal ambiente hostil, que podría facilitarse la vida, los hostiles somos nosotros. Y lo somos para con nuestros iguales. No hay sentido, no puede haberlo. Pero la libertad de elegir siempre existe, siempre queda porque, como ya sabemos, siempre hay una elección, por mínima que sea, y ésta tiene la posibilidad inherente de cambiarlo todo, por grande que sea.

Así que podemos elegir. Quedarnos o marchar. Quedarnos en el actual estado de abulia enferma o marchar a buscar nuevos horizontes donde el Hombre se vea en la necesidad de probarse a sí mismo, de reivindicar su existencia, para demostrar que tiene el deseo de vivir.

Se trata de reemprender un viaje a los inicios ontológicos de lo humano, al origen mismo de lo que se supone que somos solo que con todas las ventajas de hoy. Aprovechar lo avanzado para seguir haciéndolo en lugar de para conformarnos con el lugar alcanzado mientras zancadilleamos a otros, mientras quedan sometidos a un azar para nada cósmico sino mezquinamente humano. Un azar controlado por unos cientos.

No seamos necios. La oportunidad de ser está relacionada de manera directa con la capacidad de pensar, de analizar y de sentir. Pero estamos olvidando cómo hacerlo. Estamos convirtiéndonos en amebas del consumo, en fagocitos obsesionados con el bulto numérico de la cuenta corriente o la caja de ahorros.

¿Es para todo esto para lo que llegamos aquí o, de otro modo, podemos reorientarnos? Reorientarnos hacia un punto que ya marcaron otros muchos, siglos antes, cuando la Tierra era dura y hostil.

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