Almendras

Tranquilo entre las cañas. Próximo a la línea de las mismas que ardieron no hace muchos días. Pacientemente, con unas hojas de periódico extendidas ante él, se movía con lentitud. Aseguraba la posición del tarro de cristal, reordenaba el caótico montoncito de ese fruto duro, crujiente, y a veces con esa desagradable sorpresa amarga. Estaba ahí el señor, el hombre antiguo ya, en el límite casi de la ciudad misma y al borde del tiempo.

Realizaba la tarea que yo mismo hacía con mi compañero Luis en el tiempo de merendar durante la jornada en el retén, la labor rural y amable de la piedra contra la piedra para obtener el premio deseado. El fruto madurado largamente en el árbol cuyas flores son de luz de luna. Y me quedé ahí, mirándolo de pasada en su proceder. Cogía una almendra, reordenaba el montón, aseguraba el tarro y con un golpe certero y directo, solo con uno y no con varios como muchas veces a mí me hacía falta, rompía el envoltorio durísimo de la almendra y obtenía el fruto.

Luego esparcía lo que no interesaba, lo amontonaba un poco y lo lanzaba al suelo de las cañas mugrosas y resecas. Cogía con deleite la almendra y la depositaba en un tarro que estaba casi lleno ya. Pasé dos veces don los perros delante de él y Platón, en su característica de cachorro, se interesó por el hombre y su actividad. Cuando se dio cuenta de que no era para él simplemente pasó de largo, como en su caracterísitca de perro.

Y ahora pienso en la ciudad… ¿Le podía interesar a la ciudad la tarea de aquel hombre o simplemente pasará de largo, olvidando de dónde vienen las almendras y de cómo se comían antes, en el campo, en el monte? Ignorará, tal vez, el dolor de fallar en el golpe y acertar a los dedos, el odio repentino y el perdón inmediato, pues el sabor delicioso de la almendra no puede perdonarse con facilidad.

No dije nada. Solo miré y recordé. Recordé que yo seré viejo también, que algún día haré como ese hombre… Y solo me alivió el pensar que, a lo mejor, serían mis propias al mendras, crecidas por mí, en el huerto que he deseado tener siempre.

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