Aquí opinan todos aunque no sepan de qué hablan.

Deben entrometerse. Estamos en un país en el cual el que no opina es porque no quiere. Cualquiera se cree con el derecho, el criterio y la formación suficientes como para sentar cátedra, porque lo que hacen es algo más que opinar a juzgar por el tono y la bravura que emplean, ya sea de física nuclear o de Filosofía Antigua.

No importa de dónde vengan. Da igual el tema. El caso es que parece que en España todo el mundo es capaz y está legítimamente amparado para despotricar sobre lo que no le gusta y del modo en el que quiera. Lo de la educación y la corrección es una historia que dejamos aparte por imposible. No tiene sentido suplicar por esos aspectos, tanto menos exigirlos.

Resulta que aquí cualquier colectivo, o casi todos, tienden a la radicalidad más extrema para defender lo suyo o, directamente, atacar lo que no les gusta o creen necesario atacar. Es así de simple. Y todos se alían en un cúmulo de vulgaridad entrometida, en una labor de intromisión social a la que no tienen derecho. No importa, además, que ayer los separase un abismo que dictaminaran insalvable. Cuando el interés propio, generalmente el metálico, está en peligro es importante afilar bien el índice y atronar la voz: la única posibilidad es acusar al objetivo de lo que sea, si es de fascista mejor, para intentar quedar de progre.

En esas estamos. Estamos en un país cuya crisis de identidad ha llegado a lo más hondo, a lo tan hondo que la luz del sol es incluso un sueño antiguo, la de la cultura y la sensatez una utopía. Porque aquí ya no se respeta ni a la justicia (que, ojo, no tiene nada que ver  con la Justicia en la que yo creo y con la que me gusta soñar, una Justicia libre y limpia) para que funcione un poquito mejor.

Es por eso que si eres un sindicalista o un actor al que le están tocando a un miembro de su misma índole cromática (que me hace a mí gracia ya lo de los colores y las ubicaciones) te vuelves loco y atacas mal, a destiempo y sin criterio alguno. Resulta, y lo digo de verdad, absolutamente lamentable que la justicia española se tenga que ver atada a una humillación constante; es tristísimo ver cómo los juzgados, los tribunales, se convierten en apéndices reales de un programa cualquiera del morbo y el corazón.

No. No se puede exigir un buen funcionamiento a un organismo cuando te interesa y zancadillearlo cuando te están aproximando el hierro candente a lo que pende, o se interna, bajo el ombligo. No es cuestión de protestar, de comunicar un desacuerdo, que es algo a lo que todos tenemos derecho. Es el hecho de que en este país las formas están tan perdidas de vista que cualquiera se sube al carro, en un impulso de marea poderosa, y mete quinta para empotrarse contra lo que le parezca oportuno.

Ese es el sentido de la responsabilidad en España. Lo de “el que la hace la paga” solo funciona cuando a ciertos sectores les parece bien y no importa si hay que cargarse el Estado de Derecho, si hay que entorpecer la misión de los jueces o si el paripé pasa por engañar al pueblo, tomarlo como imbécil y encima decirle que es culpa suya.

Los jueces de España, sin conocerlos en persona ni tener interés en ello, son personas que pueden equivocarse como cualquiera. Sin embargo su responsabilidad es elevada, muy alta, y por ello conviene propiciar un ambiente lo más saludable y alejado de presiones posible. Una sentencia puede ser siempre cuestionable,  por derecho propio, y de hecho siempre son cuestionadas. Están altamente imbuidas de la condición humana. Sin embargo deberíamos hacer, teniendo la que tenemos encima, lo posible para que sean tomadas siempre de manera prudente.

Lo mínimo para evitar seguir haciendo el ridículo y  dar el primer paso para que este país deje de estar dominado por grupos oportunistas e hipócritas que dan su apoyo de la manera más antigua posible. Utilizando la del mercenario y, bajo esta premisa, pasándose por donde mejor les viene algo tan antiguo como la función de los tribunales.

Seamos serios por una vez. El que la haya hecho que la pague, y que los jueces decidan lo más sensatamente posible. No obstante no quiero dejar de comentar algo que me intriga: cómo es posible acabar en el banquillo de los acusados por prevaricar cuando empiezas un juicio, nada menos que contra el franquismo, que ya ganaron otros por ti, entre ellos la Historia. 

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