Si hablas, te escucho.

– ¿El qué?

– Bueno, ya sabes… Creo que todo.

-¿Todo?

Se tumbó sobre la hierba del parque y respondió con una sonrisa. Porque en lo que pensaba era en que merecía la pena hacer las cosas de ese modo, sintiéndolas de esa manera especial porque hay algo en ti que mantiene viva la esperanza. Muchos dicen que la esperanza es lo que acaba por matarte, que la fe se desintegra poco a poco mientras el ácido de la realidad la va carcomiendo, pero no tiene por qué ser del todo así. No únicamente. A fin de cuentas es renovable, es reajustable y evoluciona de manera simultánea a quien la guarda. La esperanza, la fe, las ganas, crecen a medida que el individuo crece. Por eso, por eso merece la pena, porque aunque no lo consigas la emoción perdura y si lo consigues la sensación de logro por el esfuerzo es mayor, tiene un sabor único. Hacerlo así, dejándose una parte de cada uno, hollando el suelo de la existencia para poder decir que se ha vivido. Así sí. Así merece la pena. Sintiendo al escribir cada punto, todas las palabras, poniendo el alma en cada letra.


– ¿Por qué sonríes?

– No, por nada.

– ¿También te has dado cuenta?

– ¿Darme cuenta de qué?

– De todo, de esto…

– ¿De todo y de esto? No lo sé… ¿de algo en particular?

Se quedó un poco seria y se acomodó en el sillón. Al verlo sonreír sintió una conexión vibrante en los adentros de su geografía. Las fronteras  del alma sintió que saltaban por los aires y llegaban a todos los rincones en los que estaba, en los que había estado, y pese a que no eran muchos sí eran más que suficientes para sentirse viva en el mundo. Sintió que su amigo estaba viviendo algo similar a ella pero no lo expresaba del mismo modo. Sabía, por sus ojos sabía, que comprendía que merece la pena levantarse diez minutos antes de la cama para llegar con un deliberado adelanto a la parada del bus tan solo para ver pasar a esa persona, esa misma y única persona que se apoya tan dulcemente en el cristal del autobús, con los sueños horneados en la noche humeando todavía sobre las pestañas. Sabía que él sentía lo mismo, ese escalofrío súbito e inesperado al caminar que invita a darse la vuelta con un vuelco del corazón esperando encontrar a esa misma persona, por alguna casualidad desconocida, aunque sepamos lo imposible que es eso… Pero así funciona, la ilusión crepita y la más mínima posibilidad convierte a cualquiera en una pared de fuego. Da igual que luego no haya nadie, el sueño breve y conciso, que desencadena miles de ensoñaciones por segundo, merece la pena. No se pueden esconder esas afinidades y ella lo sabía, y él se daba cuenta de que ella sospechaba algo y sonrió también, acomodándose en el otro sillón, al norte de la mirada de su amiga. Pensaban lo mismo. En la carrera de lunes a viernes para coger el autobús lleno en el que iba esa otra e inconfundible persona, esa que lleva en su identidad una gran parte de la nuestra y que nos hace ser, en cuenta de esperar al siguiente que llega vacío. Porque ese era el problema, que iba vacío. Sin esa persona, la que fuera, que les hiciese sentir únicos. Que nos hace sentir así.


– Y a ti, ¿qué te pasa?

– ¿Qué me pasa de qué?

– Que pareces triste…

– ¿Acaso no lo estoy?

– No lo sé, ¿lo estás?

– Lo estoy.

– ¿Por qué?

– No estoy seguro.

– ¿Y puedo ayudar?

– Tampoco lo sé.

– Si hablas te escucho.

Se ladeó en la cama mientras su amigo miraba desde la silla del ordenador. Estaba de frente a él y se miraron durante un segundo hasta que el que estaba tumbado cerró los ojos. Inspiró hondo y el aire tembló en el recorrido. Fue un desequilibrio sutil pero muy significativo. El aire inhalado se convirtió en agua descendente, mejilla abajo, en un caudal de cansancio, de agotamiento. Al principio las palabras no acudían a sus labios, sentía algo de vergüenza. Una vergüenza que se disipó cuando su amigo le dijo “no te preocupes, yo me quedo. Tú habla”. Entonces, solo entonces, las tormentas que custodiaban su libertad en una guerra de dolorosos truenos que ensordecían su voz, se disipó. La voz le llegó como los rayos del sol acarician tras las nubes las mejillas del mundo, en la linde de la noche naciente. Dijo que sentía dolor al tiempo que alegría, que no era normal o que si lo era no lo entendía. No entendía por qué en cada suspiro caído de sus labios había un nombre, o una letra del mismo nombre. Si los pensamientos conducen siempre al mismo lugar de placer y angustia es indicio de locura. Pero qué más locura que la suya, que la vida, que esa misma en la que estaban los dos, uno hablando con lágrimas contenidas en los ojos y el otro escuchando con el aire atrapado en la boca, casi sin salir ni entrar, a la espera. Qué valor tiene esto entonces, esta lucha interna, si quedaba solo, si su cama era inmensa y la distancia a esa silla apenas de unos cuantos centímetros insalvables. ¿Tenía algún sentido, algo que lo hiciera digno y real? Porque sus manos dibujaban siempre igual el mismo cuerpo, y esculpía el mismo nombre con cada palabra, con todos los pensamientos dirigidos al mismo punto, a los dos mismos puntos que eran la luz de guía y la sombra de muerte. Los ojos de su amigo, su interlocutor silencioso y silenciado que escuchaba sin perder detalle. La cama se hizo aún más grande mientras esperaba que su amigo se fuera, que la valentía repentina lo ejecutara por fin y por fin lo dejara en paz igual que él había dejado marchar su secreto, su forma más pura y natural, al decirle que sus sueños pasaban por su boca y su fuerza por sus brazos; que su oxígeno por su vientre y su corazón era compartido. Tuvo miedo y a la par esperanza de quedarse solo y en silencio sin la vergüenza del rechazo o, lo que es peor, acompañado por la desidia de quien recibe una confesión que no está dispuesto a encajar. Estaba triste, estaba triste porque al mismo tiempo estaba feliz y lo que lo entristecía era esa felicidad, era el frío tacto de las sábanas y el aliento gélido del miedo, del arrepentimiento por hablar, del reproche por no haber aguantado un día más como llevaba haciendo desde hacía meses, meses que se contaban por eternidades. ¿Había merecido la pena? Desde luego… Pese a la confusión, desde luego. Porque ahora se sentía ligero, nerviosamente tranquilo y calmadamente nervioso… Tan lleno que se sentía vacío, en ligero ascenso sobre sí mismo. Libre para estirarse en una cama que estaba siendo compartida.


¿Y esta historia? ¿Qué hay de mí? ¿Y de ti? ¿Qué vale más, preguntarte si ha merecido la pena lo que has hecho o si la merece lo que vas a hacer?

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