Tranquilo, porque ahora vuelves a casa.

– No puedo decirle mucho más, agente. Ya se lo he contado todo.

– Así que vas en serio. Me dices que tú ibas por la calle, paseando a tus perros, y que oíste gritar a un energúmeno algo que ni se entendía. Que viste a la gente decir que era otro tío desesperado y cocido, otro más, y te quedaste quieto a ver qué pasaba. Acto seguido crees entender lo que dice y ves que está fuera de sí y lo próximo que recuerdas… es que perdona que no lo pueda decir pero me da hasta vergüenza. Qué te crees, no, en serio, dímelo. Qué te pasa, qué te pasa en esa cabeza de retrasado que pareces tener porque no veo normal que quieras tocarme los huevos de esta manera.

– Ni quiero tocarle los huevos a nadie ni soy un retrasado ni nada por el estilo. Lo que ha dicho usted lo ha dicho bien. Lo escuché gritar. Al principio no entendí nada, iba con los perros y quería irme a casa. Sin embargo, justo antes de enfilar la calle para mi portal creí entender algo y me pareció extraño que lo entendiese. Me di la vuelta y solté las cadenas de los perros. Recuerdo que se quedaron muy quietos, que se tumbaron. Luego… Luego estaba frente a ese desquiciado y algo en mí sentía miedo pero de súbito, no sé cómo explicárselo, ese hombre vino a mí con la cara arrasada de llanto y… Y al principio no tenía palabras, ni voz, pero de repente sentí un calor potentísimo en mi corazón y mi boca se llenó de hermosas palabras y mis oídos comprendieron qué decía aquel pobre hombre. Decía “acaba conmigo porque así no soy libre” y yo, o lo que fuera en mí, le apoyé la mano en el rostro. Ahora lo recuerdo todo borroso pero juraría que fue mi mano izquierda en su mejilla derecha y a la vez, justo al tiempo en el que le hundía una daga de plata en el corazón, él apoyó su rostro en mi pecho y yo le dije “tranquilo, tranquilo porque ahora vuelves a casa”.

– Tienes que estar jodiéndome. Tienes que estar jodiéndome porque sabes que soy medio novato y quieres reírte de mí.

– Pero para qué iba a hacer yo eso. Si además he venido yo para que usted, que fue quien me encontró, me diera algo más de información. ¿Por qué no me cree?

– No es que no… A ver… Mira, no sé. Hablas de una daga de plata que no existe, de la que no hay pruebas de ningún tipo, tú tampoco ibas armado y cuando te encontramos ahí tus perros estaban tumbados a tu lado, con sus cabezas en el vientre. La perra negra y el cachorro blanco. Y a tu lado ya sabes lo que había. ¿A qué has venido? Si no es para reírte no lo entiendo, y que sepas que no me creo que hayas venido a por información…

– Pero, agente… Yo ya he dicho lo que pasó. Y se lo he contado como un testigo que, además, era primera y tercera persona a la vez… ¿Qué quiere que haga?

– No lo sé… No lo sé. Un mes más y me hacían fijo y tienes que venir tú a tocarme los huevos. Solo… Solo dime una cosa. Una cosa que me intriga muchísimo. Pongamos que acepto que de repente entendieses lo que aquel desquiciado dijo, que sintieses el impulso de ir a su lado y que obtuviste una daga de plata que se vaporizó. Digamos que me trago todo ese montón de fantasía. Bien, dime una cosa… Y es algo que no me deja dormir en absoluto: cómo es posible que un tipo histérico que podría haberte partido todos los huesos del cuello…

– ¿Se dejó apuñalar en el corazón por “mí” y luego apoyó su rostro en mi pecho?

– No, eso no… Por qué cuando lo encontramos muerto estaba sonriendo.

– Lo siento, agente… Para eso tampoco tengo respuesta.

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