La niebla de la pipa.

Me encierro en el cuarto de baño. Es un buen momento para la tranquilidad y la calma. Por alguna razón aquí dentro los sonidos externos se atenúan. Parece una especie de santuario oculto en la evidencia. Me siento. La pipa está cargada, preparada con esmero, acentuando cada prodigioso paso del ritual. Hay poca llama en el mechero, pero la suficiente.

Las chupadas a la boquilla son largas, pausadas, y firmes. No me trago el humo, lo saboreo. Es así como dicen que debe hacerse; es así como debe ser. Los aromas intensos se suceden en mi paladar y acarician mi lengua como una mano pasional, ligeramente ígnea. Sabe bien.

De mi boca y la cazoleta se eleva una neblina aromática que acentúa el efecto de aislamiento, sirven de pantalla, y me voy relajando tras el olor un poco denso del tabaco. Me voy relajando cada vez más y, por primera vez, no me llama el ansia ni la desesperación por que se vaya disipando la lumbre. No me frustro.

He visto arder el núcleo de la pipa. Un corazón en llamas atesorando gustos que antes pasaban desapercibidos. Por fin el fuego se asfixia, ya no hay para más. El mechero también ha tomado su último aliento antes de morir. Ni siquiera lo pruebo, sé que no hay chispa, y sé que la pipa ha terminado en el momento adecuado. Justo antes de que se me durmieran las piernas por completo.

Me acomodo en el asiento. Realmente relajado, casi ausente. Y moldeo pensamientos que tienen tus formas. Unas piernas de marfil terminadas en dos zapatos de tacón imbuidos del color nocturno. Esas piernas blancas me marcan una pauta mental que me conduce al secreto guardado por esa minifalda. Es el perfecto juego de la memoria.

Nos entrelazo en mi mente. Es un arte plástico y suave con el que adopto una actitud de arquitecto para definir el modo y el lugar, el cuándo. A través de mi cerebro estimulo el recuerdo para darte órdenes de tomar cuanta libertad desees. Yo podré retomar el control cuando se me antoje.

Así lo hago. Danzas frente a mí y recorres con tus labios mi geografía abrupta de músculos duros y piel granulada por el instante. Te acaricio y oigo los gemidos sordos de nuestras almas que se acoplan. El humo de la pipa envuelve mi solitario cuerpo, ambienta este juego de dos que existe por un único protagonista. Por mí ahora.

Y en el éxtasis impulso fuera de mí la materialización de esos pensamientos en una nube blanca, ligeramente espesa, que firma la extenuación, el placer, y una cierta sensación de conquista. Otra vez el juego de ganar. Del que nunca me canso.

Trago saliva… Respiro hondo. Aún tengo el sabor de la pipa mezclado con uno nuevo y más intenso. Tú, en imágenes y en hechos.

Armas de doble filo.

– Me estás haciendo llorar…

– No es mi intención, lo sabes, pero ten muy claro que llorar es la forma en la que se libera el espíritu. Una de tantas, claro. Verás, vivir soñando es lo más maravilloso que existe pero debes hacerlo con cuidado. Los sueños no dudan en apoderarse de quien los crea. Así es como se alimentan, se nutren de ello. Su instinto de supervivencia consiste en exactamente eso y no puedes reprocharles nada porque cada vez la gente sueña menos. Hay que mantener las distancias, no debes tratar de devorarlos ni dejar que ellos lo hagan contigo.

– No sé qué hacer, me estoy volviendo loca.

– Ya lo estabas. Lo estábamos. No dejes que te coman porque acabarán viviendo en ti en lugar de vivir tú en ellos.

– Déjame en paz. Lárgate.

– Llora cuanto necesites. Estaré por ahí, en ningún momento y en ningún lugar, pero siempre dejaré una pista para que me encuentres si me necesitas… O si necesitas un impulso para romper las cadenas de tu espíritu.

– ¿Cuántos años tienes?

– Los que quieras.

Siempre vuelve a tiempo.

Mayo siempre vuelve a tiempo. A tiempo de intentar una nueva historia susurrante en los oídos que repica constantemente en la memoria que, suavemente, dice no me olvides. Mayo regresa siempre, como las historias que nunca nos abandonan. Las apartamos nosotros, las aparto yo porque no sé darles forma.

Hoy tengo una nueva oportunidad. Una nueva oportunidad de vivir sin dudar de mí o sentirme ridículo en el gozo de unos desconocidos que disfrutan de su tiempo. Una ocasión para merecer de verdad todos los premios que me han sido otorgados, todos los privilegios dados y de los cuales dispongo.

Privilegios que ahora estarán durmiendo mientras su dueña trabaja entre los renglones del tiempo, contrarreloj, para dominar todos esos párrafos, para probar que puede derrotar todas esas preguntas.

Compartida por el sueño y la razón.

En el momento fue una impresión. Un conocimiento evidente e inmediato tan abrumador que no pude asumir por completo, solo intuirlo. Hoy, varios días después, lo comprendo de manera completa. Sí ocurrió lo que creí. Llamarla por sorpresa, cogerla de improviso sin que lo esperase, hizo que su mente trabajara atrás en el tiempo. Imagino que su cerebro procesó la información que tenía de mí, pero esto ocurrió unos milisegundos después de que su deseo enviara desde su memoria otra imagen.

Quedaría bloqueada. Suspendida en un instante creyendo en el milagro, desafiando lo que sabía de manera absolutamente consciente. Trabajó por analogía, lo que su memoria le dijo en un instante y lo que había sabido durante años, comparándolo con lo que mi presencia le daba en ese segundo. El milagro solo fue un sueño, el pasado recobró su forma y rectificó su elongación, devolviendo al presente todas las características que lo definen. Las carencias, los anhelos, las tristezas y las alegrías, los miedos y las seguridades.

No fue una ilusión. No inventé el titubeo en su voz y su atropello en los gestos. Su aparente nerviosismo… Fue todo real, todo real a partir de un error esencialmente humano. Su deseo, sus ganas. Y lo que pasó es que no me vio a mí sino que, debido a las circunstancias, vio en mí. Y vio un quién que ya no está desde hace mucho tiempo. Por eso se humedeció su voz y se dibujó una sonrisa, compartida por la dialéctica del sueño y la razón, en su rostro.

Vio en mí a alguien muerto que amó con todas sus fuerzas. A su hermano. Su hermano que de algún modo vive en mí, su hermano cuya memoria puedo mantener para otorgarle una vida, mi vida, y enseñarle todo aquello a lo que renunció, bien por error o por pago de sus errores. Su hermano que, cómo si no sería cierto todo lo anterior, es, porque no puedo aceptar que solo fue, mi padre.

El hijo de Gaia, el poderoso mago.

Si te tengo tengo entre mis brazos el poder más elemental y antiguo. Si te añoro soy el estudioso, el iniciado, que se pierde en las fórmulas de las esencias, en las búsquedas para poder tocar ese poder sin salir perdiendo. El apasionado joven que busca entre cada una de las páginas del mundo, la casuística, la coincidencia o el azar.

Hablo del destino. De todo lo que él no puede controlar.

De algún modo sé que llegará el día en el que seré ese poderoso mago, tanto en tu presencia como en el anhelo de tus formas, que podrá hacerte viajar de forma física, que podrá darte todo lo que quieras y lo que no sepas que quisieras. Llegará el día, definitivamente, en el que seré el hijo de Gaia que unirá a todos sus hermanos y recibirá las enseñanzas de todos ellos.

Ya estoy preparado porque ya soy ese niño, tal vez nunca he dejado de serlo y no porque no haya querido sino porque no concibo la existencia, mi existencia, de otro modo. Soy ese niño, o ese híbrido para algunos monstruoso, que combina el optimismo del infante, la alegría, y al mismo tiempo la pasión y la fuerza del adolescente.

Eso soy, esa mezcla extraña e incluso aberrante, y tú eres la parte más importante del hechizo. Eres la chispa de los sueños, y mi imaginación la pólvora.

El más hermoso barco.

No sé qué ocurre. Me voy descargando poco a poco y  arrastro al más hermoso barco de cuantos han visto mis costas a los arrecifes del hastío o la tristeza. El sol se lleva consigo, bajo el horizonte, algo así como parte de mi fuerza o se lleva la euforia que me presta cada mañana; la luna me trae una paz extraña, que me inquieta, para invitarme a lo tranquilo, a una velada lisa y sin sobresaltos.

¿Qué ocurre? Es imposible envejecer tan joven, es imposible agotarse tan temprano. Y sin embargo aquí estoy, con más ganas de zambullirme en las sombras que de otra cosa. Dejándome abrazar por los misterios insondables de la noche, aguardando a que las estrellas, las que no tengan nada mejor que hacer, desvelen los labios de las tinieblas para que puedan darme en parto, para que pueda nacer.

Otra vez, bajo el imperio prometido del sol, aún al alba, cuando no sea demasiado tarde para querer sentir mi juventud ni demasiado pronto para darlo por hecho.

Mientras tanto las corrientes avanzan en esta playa de arenas blancas, y veo el hermoso barco a punto de vararse en las peligrosas rocas que también me definen. Grito ven, extiendo la arena como una alfombra para que su capitana y su pasaje puedan salvarse, pero la corriente es esa parte de mí que no obedece, esa entidad rebelde, incontrolable y anárquica que nunca se sabe si nuestro bien quiere o bien nuestra desdicha.

Las olas crecen y el casco se tambalea. ¿Qué ocurre? Deseo, más que nunca, que esta noche lleguen a tierra, y al mismo tiempo que nada interfiera en el ritual lunar de las últimas nocturnas.