Qué esperas entonces.

– Dime, ¿qué sabes de todos cuantos te han precedido? – la sonrisa se intuía ya en la boca del hombre. No era particularmente anciano pero tampoco era joven. No, no lo era.

– ¿De quien me ha precedido? – El desconcierto era evidente en el muchacho. Esa expresión en el rostro que delata que no has pensado en algo y que, súbitamente, ese algo se convierte en fundamental.

– ¿Qué esperas entonces? ¿Cómo esperas tener un pensamiento útil, ideas novedosas, si desconoces cuanto ha ocurrido antes que tú?

– No lo sé… Qué dices, a qué te refieres.

– Supongamos que vives en un octavo piso…  – su gesto se tornó serio. Con la severidad, incluso, de quien marca algo evidente pero que, casualmente, no lo es tanto. – ¿Cómo esperas llegar a tu casa si no pasas antes por todas las alturas previas correspondientes a los siete pisos anteriores?

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