Cierzo

Al doblar la esquina el cierzo, viento imparable y salvaje, arremete con fuerza contra mi cuerpo. Cierro los ojos, hacia el cielo que atardece, y siento que no escucho nada más que su tronar milenario que no conoce silencio. Se esfuma todo. Se marcha cualquier peso sobre la piel y anclado al alma.

Un manto, un escudo, y me siento ligero y capaz. Un tranquilo pasajero.

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