Hombre, ¿para qué?

– ¿Cuál es la diferencia?

– La diferencia es la clave.

– Pero no te pregunto qué es sino en qué consiste. Es evidente que las diferencias son clave. Háblame – exhaló el humo de la pipa con suma tranquilidad, despaciosamente.

– Sé lo que me preguntas. Y sé cuál es la conclusión a ello. – pareció retarse a sí mismo, a su memoria, y demostrarle a su maestro qué había aprendido.

– Adelante, adelante… Ya sabes que te escucho; tengo tiempo de sobra para ello.

Tomó aire y preparó su discurso. Se fijó en la parsimonia, en la lentitud perfectamente estudiada, de su maestro. Los gestos imprimidos de la energía necesaria, ni un poco más ni un poco de menos. El movimiento nunca aleatorio; la respiración saboreando el tabaco con un toque de vainilla. Olía bien.

– Lo que he descubierto es que la diferencia esencial del hombre es que puede saber que es hombre. Conocer eso lo dispara, de inmediato, a buscar con insistencia una respuesta sobre su identidad. El hombre no es lobo porque es hombre. Las distintas ciencias hacen sus categóricos aportes. El código genético de un lobo es diferente; las funciones fisiológicas más profundas, aunque no difieren tanto, tampoco son las mismas; biológicamente hay diferencias obvias.

“El ser humano posee sobre sí mismo el concepto de identidad, pero lo posee en negativo. Esto significa que el ser humano puede saber que no es lobo, ni árbol, ni tigre; el ser humano solo sabe que es hombre pero ignora por completo lo que eso implica en sí mismo. Lo que eso implica de manera identitaria, claro.

Porque esa diferencia respecto al resto de seres vivientes de su entorno, de su ecosistema y, en definitiva, del planeta lo obliga a saber, o a intentarlo, qué es lo que lo diferencia y por qué.

Necesita saber ese objetivo que lo defina de manera clara, que le otorgue una identidad en relación al cosmos. Eso se debe a que el ser humano tiene la posibilidad, la capacidad, de reflexionar sobre sí mismo, sobre su período existencial, y sobre su muerte.

Tener concepción de ello lo hace percatarse de la brevedad de su tiempo y, generalmente, le otorga la ambición de la trascendencia. ¿De qué sirve eso? ¿Cuál es el propósito de esa diferencia?

Todavía no se sabe. De hecho es dudoso que no se pueda saber nunca a menos que la genética, o la biología, o alguna de las demás disciplinas empíricas, puedan definirla.

El hombre es el misterio, la propia duda. Es el ser privilegiado capaz de comprender su gozo y su miseria, capaz de procesar todo bajo un tamiz de razón y, aun así, escoger la peor opción posible. Es capaz de elegir, de emitir juicios tras una reflexión.

Es inevitable que eso lo empuje a reflexionar y criticar sobre su propia condición. Hasta ese momento el hombre es un ser más; una vez formulada la pregunta crítica el hombre pasa a ser más individual de lo que era, e irremediablemente se encuentra mucho más solo de lo que pudiera sentirse antes.

Ahora el hombre sabe que está solo, sabe que es especial, pero sigue sin saber para qué. Pese a saber por qué, la autoconsciencia, no sabe para qué. Y eso lo hace dudar, lo convierte en un ser asustado por la falta de ubicación en la que se encuentra respecto al Universo. “

Su maestro pareció sonreír. Lo vio reaparecer tras una nube de humo que discurría lentamente desde sus fosas nasales.

– Ya veo… – dijo con gesto de aprobación-Ahora dime, ¿qué has descubierto respecto a tu reflexión? ¿Adónde te ha llevado acerca de la necesidad de este estudio?

– A que es necesario de manera íntima, y propia, y recomendable en colectividad… Dependiendo de las ganas que se tengan de, llegados a un punto, perder el tiempo.

El humo de la habitación se vio sacudido por las carcajadas de ambos.

Más.

Mientras permanecías tumbada en el sofá, adormecida por el cansancio del viaje y el aburrimiento nocturno, pensé que podría estar indefinidamente acariciando tu rostro. Suavizando así tu sueño, dándole reposo y calidez bajo la manta suave que ya reclama protagonismo.

Saber que has de venir y echarte de menos, desear con ansia un abrazo en el que zambullirme en ti como tú y como símbolo para disipar todas las ausencias, para llenar todos los vacíos. Tener la certeza de que podré hallarte, antes o después, tan mía como yo mismo. Perdiéndome en tu sonrisa, admirando tu paciencia, tu tranquilidad; admirando que te quedes a mi lado.

Encuentro cobijo en tu voz y la resurrección en tu tacto. Y cuento con el privilegio de saber cuándo algo no va bien, cuándo estamos un poco por debajo de la perfección. Disipándose el mundo en tus uñas sobre mi espalda, deshaciendo los hilos que entraman lo que somos para volverlos a unir en algo mejor.

Sí hay algo más allá del amor propiamente dicho. Hay algo más que aparece con la ilusión renovada en cada encuentro, resistiendo el paso aciago del tiempo, que se demuestra en la devoción mutua por nuestros cuerpos, por los movimientos, por las reacciones de las cuales mi cama es testigo mudo.

Hay un nombre para ello. Un nombre en el que descansan todas las virtudes por las cuales el alma olvida toda inquietud, por las cuales se siente segura y no teme desprenderse del escudo de músculo y sangre que la envuelve. Pudiendo desafiar al futuro mismo, sabiendo que, por mucha contrariedad que muestre, el destino no puede darnos la espalda.

Es así como ocurre, cuando converge algo más, cuando dos mentes complementarias se abrazan. Es algo más que el amor mismo.

Más que amantes o enamorados. Cómplices.

Los peces al sol.

Alguien dejó los peces al sol. Me pregunté si estarían vivos cuando los tumbaron al sol vengativo del mediodía. ¿Habrían muerto ahogados, lentamente, con las branquias ansiosas buscando un oxígeno imposible? Traté de pensar en que no, en que habían muerto mucho antes, en que la agonía de la vida escapándose con cada esfuerzo por sobrevivir no llegó a tener lugar.

¿Cuál puede ser el sentido de hacer algo así? ¿Y dónde queda el propósito de colocarlos como los pétalos de una flor, una flor de angustia, en un círculo cuyo centro eran sus colas?

Hoy estaban secos ya, desperdigados también, y me he acordado del gato. En el soplo que el tiempo otorga a la materia y la disuelve de su propia memoria, susurrándole que no es ni fue, que ya no está. Así que me pregunto cuál es la posibilidad del hombre. ¿Acaso la misma que aquel gato herido en el hocico que murió hasta disiparse? ¿Idéntica es, pues, a la de los peces depositados con cruel dedicación a la tortura solar del estío?

Tal vez sí, tal vez sea exactamente lo mismo. Y es por eso que el gato es inmortal, y estos peces del mismo modo, puesto que los recuerdo, dado que los conocí, y por ello el tiempo no puede decirles que nunca fueron, que ya no son.

Concluyo pensando que quizás es eso lo que nos libra de no ser nada… El recuerdo. Una extensión terminal, un retazo del olor de las flores en primavera, un jirón de nubes tras la tormenta que se desliza abajo del valle. El recuerdo amado del presente en el que amamos con toda fuerza, con toda pasión, y en el que nos amaron del mismo modo.

Ese recuerdo al que, después de todo, le sobrevendrá la desintegración y el tiempo le dirá que no es, que no será… Pero que jamás podrá olvidar que, durante un suspiro del Universo, estuvo siendo.

Y es real.