Pájaros azules.

En el doloroso cansancio escucho la misma melodía. Pájaros azules en un cielo alto y lejano. Pájaros cumpliendo su  vuelo a lo largo de tu pecho, el hogar para dimitir en el dolor de mis riñones, en la jaqueca punzante que amarga los pensamientos.

Solo tengo que acordarme de ti, del olor de tu pelo y la suavidad de tu piel, la hondonada de tus clavículas donde me precipito al vacío directo a tu vientre y, siguiendo la misma melodía de la que hablaba, continúo hasta la intersección de tus piernas una vez descendido el monte más delicioso de la anatomía humana.

Ahora me seco al aire estancado de la habitación tras la ducha. Seriamente asimilando lo que digo, lo que siento, sin encontrar atisbo de duda. Puedo dormirme en tu cuerpo, puedo encontrarme en tus ojos y definirme en tu sonrisa. Puedo saberlo con seguridad porque es real.

Como esta canción, como esa voz pausada y dulce que recorrió las islas tropicales más hermosas del mundo; que me recorre entero relajándome. Relajándome ante la ansiedad de no tener adónde ir; porque sí lo tengo, porque este barco tiene puerto adonde arribar, playas en las que hacer escala…

Este niño tiene un hogar. Y los cimientos son tus pasos, la curva de tus rodillas, el amanecer en tus caderas. Es la sugerente derivación de las costillas hacia el interior de tus costas.

El pulso determinado de tu corazón joven y anclado a la necesidad que tengo de tus abrazos.

Maná

Desenvolvió con cuidado la cápsula. La observó detenidamente y, con cuidado ceremonioso, la ingirió. En el breve espacio que lo separaba del trance, del recorrido vertiginoso por el laberinto de su consciencia, pensó que podría ser útil llevar a cabo, una vez más, el peligroso viaje.

Su percepción se centró en la forma elemental de la energía; el mundo, su entorno más próximo, se fue diluyendo hasta abrir paso a un espacio inmenso de pura geometría.

Las formas variaban hasta simplificarse y él mismo perdió su cuerpo, trascendió por completo, y se convirtió en consciencia pura. Comprendió simultaneamente qué ocurría y qué ocurriría. Sabía a qué era debido el zumbido punzante que podía sentir: una presión sanguínea oprimía su tálamo. Era dolor.

Era energía. Fundamental. Todas las emociones, y las sensaciones también, lo son. Por eso podía ser consciente de ellas, porque eran pertinentes, porque no correspondían a una mutación superficial para facilitar su comprensión. Lo más volátil toma una forma susceptible de ser atrapada por el conocimiento rutinario de lo mundano. Necesita permanecer de una manera estable, fija, para que la memoria humana no la deseche.

Sin embargo lo que es puro no necesita de ese proceso. Hay elementos de ese estilo, pero hay otros que necesitan recubrirse de algo que haga más fácil su reconocimiento. Ese algo es la percepción primaria. No la prístina, sino la habitual mediante la cual podemos decir que algo es algo. La definición es una muestra de debilidad en la esencia de ser.

Emprendió el vuelo a gran velocidad. Los ecos del tiempo ondeaban a su alrededor, se entrecruzaban en lapsos eternos que pocos podían ver. Nadie sin la notplaxidrina.

Era una sustancia mortal y requería de un entrenamiento, o tal vez una predisposición innata, el poder asimilarla. Verón era de los pocos que soportó varias dosis al inicio; era el único que llevaba años consumiendo el maná.

Lo llamaron con ese nombre con intención alegórica. Fue maná lo que alimentó a aquel pueblo en el desierto cuando la desesperación inundó sus corazones, cuando energía del dolor más profundo los consumía, para demostrarles que había otra forma más, otra que era a su vez formante y que podía salvarlos. Era la prueba de Dios.

Verón se relajaba pensando en esa historia, o tal vez leyenda, cada vez que emprendía la ceromonia de encuentro. “Tomo el maná para recordar que hay algo más; una forma que comprende todas las demás formas y que se muestra a mí”.

Podía ver con claridad. Ver mucho más allá, tan lejos que profundizaba en lo más íntimo de la composición de los mundos y el Universo. Llegaba a un no lugar desde donde observaba todas las variaciones, hasta la más mínima fluctuación, de la energía que se reestructuraba para conformar una geometría comprensible para una memoria normal y un razonamiento puramente lógico.

La lógica tiene la capacidad de excluir y hay aspectos que en la mayoría de las mentes no causarían ningún bien. Cada mente da el paso cuando lo considera oportuno… Otras permanecen siempre en la misma fase de la percepción.

Verón lo superó hace tiempo. Verón fue un prodigio y por eso podía ver con tanta claridad. Con mucha más que cualquier otra persona capaz de resistir la notplaxidrina.

Por eso, cuando lo necesitaban en un ritual para saber cómo proceder se referían a él diciéndole: “ayúdanos, tú que eres los ojos de Dios”.

Y Verón iniciaba el viaje y, cuando volvía, les decía qué deberían hacer, y qué no. A Verón le gustaba el maná, le estimulaba cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo y lo disparaba a la sensibilidad más extrema.

Adoraba las contradicciones de la interpretación humana… Pero era lo único que le resultaba útil de la notplaxidrina. Verón podía ver.

Porque, realmente, él era los ojos de Dios.