Pájaros azules.

En el doloroso cansancio escucho la misma melodía. Pájaros azules en un cielo alto y lejano. Pájaros cumpliendo su  vuelo a lo largo de tu pecho, el hogar para dimitir en el dolor de mis riñones, en la jaqueca punzante que amarga los pensamientos.

Solo tengo que acordarme de ti, del olor de tu pelo y la suavidad de tu piel, la hondonada de tus clavículas donde me precipito al vacío directo a tu vientre y, siguiendo la misma melodía de la que hablaba, continúo hasta la intersección de tus piernas una vez descendido el monte más delicioso de la anatomía humana.

Ahora me seco al aire estancado de la habitación tras la ducha. Seriamente asimilando lo que digo, lo que siento, sin encontrar atisbo de duda. Puedo dormirme en tu cuerpo, puedo encontrarme en tus ojos y definirme en tu sonrisa. Puedo saberlo con seguridad porque es real.

Como esta canción, como esa voz pausada y dulce que recorrió las islas tropicales más hermosas del mundo; que me recorre entero relajándome. Relajándome ante la ansiedad de no tener adónde ir; porque sí lo tengo, porque este barco tiene puerto adonde arribar, playas en las que hacer escala…

Este niño tiene un hogar. Y los cimientos son tus pasos, la curva de tus rodillas, el amanecer en tus caderas. Es la sugerente derivación de las costillas hacia el interior de tus costas.

El pulso determinado de tu corazón joven y anclado a la necesidad que tengo de tus abrazos.

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