Cosmos

Hundido en el colchón de mi cama recurrí a la escritura mental.  Necesité sentirme parte del abrazo cósmico de la existencia. Ir cada vez más abajo, cada vez más profundo, hasta conseguir que mi mente se sintiese libre y expandida. Llamar a mi consciencia y decirle que podía consolarse con la idea de que no era más que la extensión definida, concreta, de lo que una vez tuvo lugar como Big Bang.

Decirle, calmadamente, que no hay de qué preocuparse. Que tenemos infinidad de caminos y atajos para negar el dolor o la trascendencia. Decir que somos lo que seremos, que fuimos lo mismo que el Cosmos es aún, y poder dormir tranquilo. Vivir relajado, sin causar mal, sin necesidad de sentirme responsable de cargar con el peso de mi propia vida. Expandirme más allá de las lindes de mi propio cuerpo, ahuyentar la contención física que a veces electrifica todo lo que soy y que no es materia.

Necesitaba el refugio en una idea inmensa, inmensa y cobardamente aprovechada (o eso creo), para diluirme. Diluirme, esa es la palabra clave que aún ahora estoy necesitando. Introducirme en una mímesis de lo que supongo que es el Universo. Convertirme en nada más. Nada más que nada. Y precipitarme  al vacío de la consciencia y el pulso relajado antes del sueño; precipitarme sin remisión ni reflexión alguna al dolor muscular almacenado a lo largo del día; tirarme de lleno al peso en el interior del cráneo, un peso que se excita cuando intento comunicarme con todo aquello por encima de la existencia y la propia vida, con todo aquello que observa desde una posición elevada, media e inferior. Porque ese algo es una envoltura de todo, y es todo al mismo tiempo y al mismo tiempo todo es parte de él.

Así se consigue una unidad. Así se consigue cada porción de realidad como una concreción finita de toda la energía, que no desaparecerá nunca, del inicio de los tiempos en este Universo.

Necesitaba sentirme parte de algo enorme para que el peso de lo propio, de lo que me concernía a mí mismo y forma parte de mí, fuese una mota de polvo estelar en el confín elíptico de una galaxia. Necesitaba correr hacia la negación, hacia la definición de ser algo tan inmenso que al mismo tiempo es nada.

Aún lo necesito. Aún requiero a la luz y a la energía para que atraviesen mi cuerpo. Para que me hable el Universo, si acaso Yah o Dios sea su nombre, y cerrar los ojos en una suspensión extática donde poder ver lo que soy.

Un suspiro en la eternidad.

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