Siberia

Con el tuétano congelado al mismo nivel que el corazón no se piensa con certeza. Cruje a cada paso la vida, atemorizada por la cuchilla invisible del cosmos. El propio tiempo.

Debería intentar reconciliarme conmigo mismo; debería intentar vivir sin más, vivir pensando en escribir y escribir pensando en que ojalá me lean en cuenta de estar convencido de que caerán mis palabras en vacuo silencio.

Consigo engañarme diciendo que no puedo.

Por eso me hundo más en el silenci0. En el frío tras el giro de tu espalda cuando te marchas sin decir nada y yo emprendo el camino a casa, de nuevo, solo.

Solo observado por el termómetro de la farmacia que me dice que camino a bajo cero, que escribo a nada, que pese a tener mucho que contar no soy capaz de qué decir.

Me arropa el viento al llegar a mi calle. Si hiciera más frío en esta ciudad tendrían que cambiarnos el nombre por Siberia.

La sangre herida clama con todo el calor acumulado en mis venas contra mis sienes. Bum, bum, bum…

Un acto de fe.

No esperaba que se fuera. Por un momento he pensado que permanecería, que los núcleos más íntimos se fundirían en una redención necesaria y justa. He creído, o supuesto, que la unión atómica de la oscuridad produciría una luz genuina, un equilibrio. Pero no ha sido así. No al menos por ahora.

Sin embargo ha quedado algo de redención, algo de unión satelital en torno a la división más fina y pequeña. Ha quedado una especie de luna girando alrededor de una tierra supuestamente monstruosa y sombría; ha quedado un electrón avivando el átomo que ama y requiere ser amado.

Porque nadie es buen juez para sí mismo, porque se necesita de los demás para la sentencia. Porque condenarse a la soledad desde cualquier premisa es una injusticia esencial y no se debe llegar a ella.

Se necesita a otros.

Es un acto de voluntad. Un acto de fe.

No había puntos para la coordenada.

Hace un par de días intenté echarme un ojo dentro de un tiempo. Intentar mirar al futuro y poder decir ‘sí, ahí tengo un sitio’. Pero no pude. Me di cuenta de que en el espejo, al otro lado y más adelante, no había reflejo para mí. Me vi perdido. Sin coordenadas que definieran un punto que yo debería ocupar; no había yo.

En cualquier caso tampoco es extraño. No encuentro un camino. No sé dónde ha de estar, pero yo no lo veo. El qué haré, o de qué me ganaré el pan sigue siendo una incógnita. Años después sigue siendo tierra de costas esquivas a la que poder arribar. Es devastador en gran medida. No sé adónde voy.

Y está claro que si no sabes eso tampoco puedes saber cómo llegar. Me siento como un híbrido, un mutante, que debe optar por un camino intermedio sin poder intimar con ninguna de las especies que lo componen.

¿Lo peor de todo? Estoy agotado y el viernes de mañana acabará siendo un día vacío en el calendario. Necesito dormir.

Tú hambre, tú reposo;

tú sed, tú alivio.

Tú la senda, las piedras del camino.

Tú todo, tú memoria

y olvido.