Eso no es así; no somos así.

De tal modo ha perdido el hombre su camino que ya no escucha. De tal modo esta desorientado que prescinde de ver más allá de la niebla de sus ojos. Tan hondamente distraído de la vida y la existencia mismas que ignora la percepción de los sentidos y prescinde de constatar el hecho de vivir.

Algún día, tal vez no dentro de muchos años, el hombre conocerá todo lo que ha decidido ignorar con su progreso. El hombre descubrirá que la técnica por la técnica es un progreso vacío, que la vida sin otros es perder el tiempo y que el tiempo sin amor no es tiempo sino pesadumbre y condena.

A lo mejor, en el amanecer, un amanecer aleatorio, de un día sin pretensión alguna nace la idea de luminosa evidencia que congregue a todos los seres humanos en torno al fuego ritual de las imágenes pasadas. Tal vez entonces haya cien personas que reflexionen, y de esas cien se pasará a mil y de esos miles se conseguirán tantas personas dando cuenta de todos los errores que ha cometido el ser humano.

Y consigan decidir, desde sí mismos primero, variar el rumbo y replantearse los credos. Escuchar más a Cristo y menos a lo que dice una élite eclesiástica, ver más a los misioneros y renegar del anillo del obispo; atender más a Buda y abandonar las excusas de que no hay tiempo para meditar; leer las palabras de Alá a través de Mahoma y comprender que la vida es un don sagrado por encima de cualquier fanatismo. Entre otras cosas.

Otras cosas como que el hombre debe comenzar a entenderse de nuevo desde adentro. Que el mundo real no es el actual, que los males de fuera han nacido de adentro. Los problemas tienen una raíz y los hombres han de descubrir que ellos no son dicha raíz sino el planteamiento con el que han dotado a sus vidas.

No somos el problema en toda su extensión, somos todo lo contrario. Lo que ocurre, sin embargo, es que estamos utilizando el medio para salvarnos como el fin de esos otros que despreciaron la esencia del hombre. Ya apenas pensamos, tan solo creemos.

Escuchamos una mentira y no la rebatimos sino que la amoldamos a una creencia conveniente. Creemos que el hombre es malo; creemos que el progreso ha de servirse a cualquier precio y creemos que es progreso aquello que nos dicen que es progreso; creemos que mientras tengamos qué comer es normal, y ley de vida, que otros se mueran de hambre; creemos que no podemos hacer nada por evitar todo esto; creemos que estamos limitados y que así es la vida.

Pero… ¿creeremos que eso no es cierto? ¿Creeremos que la esencia del hombre va mucho más allá de lo que consiga hacer de una máquina, mucho más allá de los metros cuadrados de su casa? ¿Creeremos que la esencia del hombre es, de hecho, comprender al prójimo y a sí mismo? ¿Creeremos que somos dueños de nuestro destino, todos y cada uno de nosotros, y que debemos hacer conscientes de esa verdad a todos cuantos han sido silenciados o anulados por la miseria?

¿Creeremos que somos nosotros quienes podemos, desde esa comprensión y ese esfuerzo, juzgarnos desde la ecuanimidad sin depender de unas leyes que nos alienan y los distinguen de otros que son aún menos humanos que nosotros?

Creo que podemos hacer todo eso; sé que debemos intentarlo.

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