Caudal

Aún no he hecho nada para neutralizar la amarga sensación que me produce ser consciente de que tarde o temprano tendré que desvincularme del milagro. Saber que tendré que marcharme, convertirme en polvo, renunciar a poder comprender lo que será de este lugar  después de mí.

Me aterra envejecer, el deterioro del cuerpo y la pérdida de consistencia en la mente y todo lo perceptivo que la precede. Quiero ser eternamente joven.

Pienso en ello, en esto, mientras observo sobre el puente cómo el río circula con toda su fuerza. “Ayer no llegaba el caudal hasta aquí…”, pienso. Me fijo un poco más y es cierto. El agua es marrón, está embarrada, y caigo entonces en la cuenta: otro deshielo. Otro ciclo terminando para que comience el siguiente.

Estoy inmerso en esa rueda y me apena tener una cuenta atrás, una puerta de salida. Pero no es legítimo quebrar el ciclo, alterar el equilibrio, ¿verdad? A fin de cuentas eso sería acaparar la porción que me fue prestada del milagro de la vida.

Y eso, por supuesto, sería injusto pero…

Exiguo, breve.

Me he despertado esta mañana, como todos los días, a las siete en  punto. Nada más levantarme he sentido la necesidad de mirar por la ventana y, como si nada, de súbito, he visto la luna llena, en la amanecida que entraba, cortejada por una leve comitiva de negrísimas nubes que buscaban la luz lunar que ellas mismas velaban en su afán de adquirir otro color. Y he sentido un vínculo antiguo, un remanente que subyace bajo la consciencia más analítica y supera todos los envites de lo que se denomina progreso, evolución y tecnología.

Breve, exiguo, ante la imagen de una  luna en almíbar, bañada en ámbar, alzada sobre las siluetas difusas de los edificios próximos. Alta sobre todas las cosas, sobre todos los nombres, regalando un encantamiento.

Una poesía.

Espectros

Parecen una especie nueva. Pero no lo son. Tan solo difieren en la apariencia. No responden a ese viejo cliché de aspecto descuidado, ni al testimonio de la intemperie. Son más como infiltrados en la noche temprana del invierno, cada vez más tardía, intentando sacar algún fruto para el zumo de la supervivencia.

Lo cierto es que han proliferado. A la par que el rumor de la desdicha se atenúa en las altas esferas, el número de integrantes en la legión de la angustia y del hambre, de la soledad, se incrementa exponencialmente. El declive, ya no solo económico, de nuestra sociedad y nuestro tiempo ha conseguido convertirse en un parámetro normalizado de nuestro día a día. Ya no hay sorpresa sino resignación, ya no hay protesta sino acatamiento sumiso.

Por eso se deslizan los nuevos espectros entre la oscuridad y el calor rancio y bochornoso de la vergüenza. Con su ropa decente y sus zapatos limpios se encaraman a un contenedor de basura, a los de cada color, para encontrar algo para alimentar el sueño de la noche, las ganas de caminar por la mañana.

Algunos, he visto, escrutan el contenedor azul en busca de algún libro. Cara afición ahora, tal vez, cuando la miseria te frena a entrar en una biblioteca. La alienación de las personas que se ven aún lo suficientemente cuerdas y lúcidas como para saber que hasta hace dos días eran como quien escribe estas líneas: un afortunado.

A veces me miran cuando los observo. Mientras ellos inspeccionan yo hago lo propio hacia mí mismo y me pregunto “por qué algo así si no es necesario”. Y hasta el momento soy incapaz, lamentablemente incapaz, de hacer algo útil. Por ellos y por nosotros, testimonio fehaciente y eficaz de su vergüenza que también es la nuestra; su miseria, que es también la propia. Ellos, que también son nosotros.

Los fantasmas del siglo veintiuno. Los que rara vez encuentran algo en la basura, y por eso siempre vuelven a revisar, una y otra vez, cada hora o cada dos, el mismo contenedor de antes.

Es

Sentir algo lejano pese a verlo próximo. Notar una tenaza en la boca del estómago estirando hacia adentro un manojo de nervios que desgarra de dolor los músculos exteriores. Saber que algo se ha perdido pero no tener clara consciencia de dónde. Escuchar ruido cuando se anhela silencio y no encontrar sino silencio cuando se busca un susurro largo conocido y sin el cual los oídos no despiertan.

No escuchar nada y tener ganas de llorar sin saber si acaso hay un motivo claro. ¿Acaso hace falta un motivo específico para llorar?

Estar perdido en el tacto de las manos que palpan el aire  vacío y una boca que duele de hablar a la oscuridad y de mantener una postura tensa sin ni siquiera haberse dado cuenta. Reparar en el dolor insistente una vez ha sido descubierto y no dejar de sentir los huesos del rostro sometidos a la fuerza de la angustia.

Ignorar en qué madriguera esconderse, o debajo de qué edredón y sábana meter el cuerpo, para sentirse a gusto de nuevo en un espacio del tiempo que se sabe que nunca volverá a repetirse.

Eso es, en esencia, nostalgia de uno mismo cuando se supo feliz.