Caudal

Aún no he hecho nada para neutralizar la amarga sensación que me produce ser consciente de que tarde o temprano tendré que desvincularme del milagro. Saber que tendré que marcharme, convertirme en polvo, renunciar a poder comprender lo que será de este lugar  después de mí.

Me aterra envejecer, el deterioro del cuerpo y la pérdida de consistencia en la mente y todo lo perceptivo que la precede. Quiero ser eternamente joven.

Pienso en ello, en esto, mientras observo sobre el puente cómo el río circula con toda su fuerza. “Ayer no llegaba el caudal hasta aquí…”, pienso. Me fijo un poco más y es cierto. El agua es marrón, está embarrada, y caigo entonces en la cuenta: otro deshielo. Otro ciclo terminando para que comience el siguiente.

Estoy inmerso en esa rueda y me apena tener una cuenta atrás, una puerta de salida. Pero no es legítimo quebrar el ciclo, alterar el equilibrio, ¿verdad? A fin de cuentas eso sería acaparar la porción que me fue prestada del milagro de la vida.

Y eso, por supuesto, sería injusto pero…

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