Entonces

Las palabras no sirven. Las palabras no valen cuando al volver a casa sientes la primavera más triste de tu vida, sientes la ausencia más atroz, las lágrimas más amargas. Ni siquiera sirven entonces las palabras para describir el dolor, el hueco enorme en el pecho, los recuerdos que afilan conforme los segundos afianzan una verdad para la que no tienes un rostro que ofrecer, una voz con la que decirle que la aceptas y la afrontas. ¿De qué sirve entonces la literatura, el posible talento, el genio?

Cuando ha fallado lo esencial y lo demás se derrumba bajo el efecto dominó. Cuando de verdad acecha el miedo, cuando el cansancio es tal que asfixia toda sonrisa. Cuando la fe ciega adormece toda realidad, todo hecho, toda certeza. Qué queda entonces cuando, y lo que piensen los demás poco importa, la tragedia te sigue con cada mirada, con cada búsqueda en un rincón.

No queda nada cuando se te niegan las salidas, cuando tu risa anhela y añora la risa paralela de tantos días, de tantos jadeos tras la pelea en el colchón. De tantísimos suspiros.

Queda la soledad. Vacío. Un vacío lleno hasta el borde de puro dolor, de pura incomprensión.

Una mala racha, dicen, que pasará. Sé que pasará, lo que me angustia es que ignoro cuándo. Pese a que desee más que nada saber el cómo.

¿Alguna vez has amado con todo el peso de tu corazón, con cada newton de tus músculos tensados, con cada poro de tu piel, con cada uno de todos los milímetros de tu alma? Si contestas que sí es que de verdad has vivido.

Espigas

Las espigas se mueven perezosas ante la brisa del incipiente abril. Es una extraña quietud que intenta darme paz mientras se produce una tregua en la lucha en la que estoy inmerso. Imploro el retorno de la magia pero no puedo apelar a la justicia. ¿A cuál? No podría comprender, pese a cuanto quiero y deseo, los mecanismos de los hechos y las consecuencias, la maquinaria del cosmos. Me mantengo firme en mi postura puesto que hay algo hermoso en juego. Algo más importante que yo, que las personas mismas, pero que al mismo tiempo me compone y me define.

Aún eres el acento en todas mis palabras y por ello es duro escribir; pero al mismo tiempo alivia. Los próximos días se presentan duros, difíciles, pero he de reconocer que no estoy tan solo como pensaba. Sin embargo no voy a dejar de moverme, de seguir tu rastro en cada uno de los gestos, de los recuerdos, de las imágenes que me llevan de vuelta a ti, al comienzo mismo de mi universo. Trato de prepararme para la peor posibilidad pero a la vez intento encontrar en el tiempo un aliado definitivo que recomponga lo que, a mi juicio, debe permanecer intacto.

Me alivio pensando en los ejemplos cercanos que me dicen que no está todo perdido, que me animan a continuar en la lucha, y me desespero al recordar a todos esos pobres diablos que, de algún modo, consiguen una segunda oportunidad pese a la traición o la deslealtad. Por eso mismo hay un pequeño remanente de calma en mi interior, por eso mismo puedo contener cierto estoicismo ante los acontecimientos; pero la resignación no cuenta como una posibilidad.

Eso nunca.

Porque la vida sigue pero es mucho mejor contigo; porque no considero el éramos sino el todavía somos. Pero al mismo tiempo tenemos nuestro propio camino y es ahí, a la altura de no muy lejos, donde espero, casi es como un sueño, que me digas que has vuelto…

Y yo, entonces, te responderé, mientras te abrazo, que para mí nunca te fuiste.

Feliz primavera

Cerrado por obra de reformas.

Disculpen las molestias.

La negligencia de mi humanidad

Hoy dormirá cobijado por sábanas rígidas de un marrón pálido, enfermizo. Unas sábanas que no ondearán a la brisa nocturna de los primeros compases de la primavera. Con suerte, a lo mejor, se le aparece un techo y duerme sobre suelo duro, aunque al abrigo, y pueda convertir sus sábanas en un improvisado colchón mientras obstaculiza la máquina que esclaviza al hombre, que lo aliena, que supedita su validez a los enteros que quedan en su nómina. Un colchón frágil, de un marrón pálido, de pura muerte. Quiero seguir asombrándome en la angustia, en mi inutilidad para remediarlo, cada vez que mis ojos intercepten la miseria.

Rezo, con mi corazón sostenido en la negligencia de mi humanidad, por que jamás se me antoje como algo normal. La pobreza no lo es; vivir en la calle tampoco.

Su estela derramada en el viento

Corre dando lo mejor de sí. Sus músculos trabajan acompasados en una armonía muy superior a la de cualquier ser humano. Es un auténtico atleta. Sus genes lo definen así desde el mismísimo momento de su concepción, y el sudor que empapa su cuello es el testimonio innegable de que su nacimiento era la llegada de un campeón. Golpeando con su paso acelerado el suelo de la calle alza su gallarda compostura, su elegante figura y su estela derramada en el viento, avanza casi con obsesión.

El sonido es atronador, su rostro inescrutable solo desprende la concentración máxima, la responsabilidad de saber que está por encima de los suyos, por encima de sus hermanos, de su padre incluso. Y corre portando sobre su espalda el orgullo de la madre que lo sacó de sus entrañas para acurrucarlo entre su cuerpo.

Es rápido y es hermoso. Es fuerte. Es perfecto en un movimiento de pura poesía cuando cruza las miradas asombradas de cuantos observan su cuerpo adelantar a la cabeza de carrera. Está más vivo que nunca porque está en el fragor de la adrenalina, de la emoción. Es infinitamente hermoso en su modestia, en su sacrificio, en la entrega.

Es desafortunado.

Su paso, en realidad, no está hecho para ese suelo; su velocidad no es apropiada para una limitación tan grande; los ojos de quienes lo miran, así como a sus hermanos, no son dignos del amor con el que atraviesa el aire suspendido en las respiraciones de los espectadores.

En un instante aciago se golpea contra una valla. El golpe brutal es más ensordecedor que su carrera, que la sincronía de su movimiento y el bombeo acentuado de sus músculos. Cae violentamente y sacude sus extremidades entre convulsiones fatales.

Me alivio al observar que deja de moverse. Me enfurezco.

Maldigo el nombre, ignoto para mí, de esa ciudad maldita que permite el espectáculo. Y mientras los adoquines se quiebran enamorados, sumidos en una disculpa, por el roce de las crines de aquel hermoso caballo me doy cuenta de que hay tradiciones que jamás podrán ser cultura.