Entonces

Las palabras no sirven. Las palabras no valen cuando al volver a casa sientes la primavera más triste de tu vida, sientes la ausencia más atroz, las lágrimas más amargas. Ni siquiera sirven entonces las palabras para describir el dolor, el hueco enorme en el pecho, los recuerdos que afilan conforme los segundos afianzan una verdad para la que no tienes un rostro que ofrecer, una voz con la que decirle que la aceptas y la afrontas. ¿De qué sirve entonces la literatura, el posible talento, el genio?

Cuando ha fallado lo esencial y lo demás se derrumba bajo el efecto dominó. Cuando de verdad acecha el miedo, cuando el cansancio es tal que asfixia toda sonrisa. Cuando la fe ciega adormece toda realidad, todo hecho, toda certeza. Qué queda entonces cuando, y lo que piensen los demás poco importa, la tragedia te sigue con cada mirada, con cada búsqueda en un rincón.

No queda nada cuando se te niegan las salidas, cuando tu risa anhela y añora la risa paralela de tantos días, de tantos jadeos tras la pelea en el colchón. De tantísimos suspiros.

Queda la soledad. Vacío. Un vacío lleno hasta el borde de puro dolor, de pura incomprensión.

Una mala racha, dicen, que pasará. Sé que pasará, lo que me angustia es que ignoro cuándo. Pese a que desee más que nada saber el cómo.

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